“Slice of Life” (De Cuaderno del Otro Lado) Relato por M. Martínez Fdez.

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(De Cuaderno del Otro Lado).

SLICE OF LIFE.

Esos turnos absurdos que marcaban el ritmo de la vida de Zenón, tardes con Eugene y fideos, noches en el depósito y empezar en la mañana como si nada. Todos los elementos necesarios para que Tabita no se percatara de su ausencia hasta transcurridas veinticuatro horas ininterrumpidas.
–¿Dónde estará el majadero ese? –Repetía en voz alta cada cierto tiempo, parecía como si con ello, invocándole, él pudiera oírle.
Estaba molesta, seguía enfadada, aunque no recordaba exactamente por qué, pero eso era lo de menos, tenía un amplio muestrario de razones, si así lo quería, para estar terriblemente disgustada. Recordó la última hazaña del impresentable Zenón. Aunque en aquella ocasión, pese a haber caído en la trampa inocentemente, reaccionó con prontitud. No le dio la satisfacción, como en otras ocasiones, de pasar por confiada e imbécil. No es que hubiese sido original, pero se tomó tiempo en idearla, tuvo que molestarse en encontrar la misiva, redactarla intentando imitar su letra, plastificarla y dejarla en la hendidura con el suficiente acierto como para que, una vez ella introdujera el mensaje, la broma envuelta en plástico endurecido saliese por la acción invasora de las pinzas. Si, le tuvo que llevar un tiempo con el que no contaba, eso, al menos, era de agradecer. Perder unas horas para demostrar que estaba equivocada, que sus fantasías eran motivo de escarnio y mofa, por supuesto era de agradecer.
–Maldito mamón. –Volvió a conjurar en voz alta.
Recordaba como el corazón, cuando la esquinita de la misiva comenzó a aparecer, casi se le sale del pecho. Un tan-tan fuerte, duro y persistente, que rebotaba por las sienes como una pelota de ping-pong. Empujó violentamente para que el papelito, supuestamente enviado desde el otro lado, saliese cuanto antes. Allí estaba el mensaje, sobre la tarima desvencijada que cubría el pobre suelo de cemento, esperando ser leído. Boca seca, esa sensación efervescente de victoria subiendo por las piernas, anulando la razón. Fueron apenas unos cuatro minutos, letra a letra, prendida del extremo de la pinza, el texto se fue desgranando, idéntico hasta que al final, imprimiendo un brusco giro, aparecía un nombre distinto. Sin ninguna duda no se trataba de su propio mensaje que, por acción de oquedades y curvaturas invisibles, retornaba del más allá por carecer del franqueo adecuado. “¿Hay alguien ahí?” Un dibujo algo tosco de un ser humano y una frase final. “Me llamo Tobías”.
–¿Por qué elegiría ese nombre? –Retornaba a preguntar en voz alta.
Lo cierto es que esos breves minutos que duró la ilusión fueron suficientes para que, primero, todos los anhelos aventureros de la mujer quedaran satisfechos, y segundo, y no menos importante, para que se diera cuenta de que el mundo era corto, pequeño, si uno se salía de él apenas se permitía caminar por libre unos breves pasos. La segunda certeza, la mediocridad de lo real, es lo que le hizo no decir nada, no revelarle a Zenón que había caído en la elaborada trampa. Ocultó el mensaje plastificado, si alguna vez él lo buscaba, para comprobar si el cruel cebo continuaba en su lugar, pensaría que los ratones, o incluso la escoba, le habían mandado al diablo. Aquel breve episodio convirtió a Tabita en una persona más reservada, los sueños, las esperanzas todas, se adecuarían al entorno, nada de compartir ilusiones que no poseyeran precio, medida, o longitud, o cuando menos, por etéreas, que tuviesen una fecha de cumplimiento.
La mujer miró por el balcón, la oscuridad había prendido las luces de las farolas y las gentes se afanaban por seguir huyendo hacia sus guaridas. Cada día se repetían los ciclos horarios exactamente iguales, cada semana recorrían el mismo círculo y todos los años, los centros comerciales se encargaban de ir informando de las celebraciones que tocaba festejar. Una intranquilidad sin argumentos se le repartía por la mente y comenzaba a infectar al cuerpo.
–¿Dónde se habrá metido ese descerebrado? –Suspiró al aíre.
Comió, encendió el aparato de televisión y se quedó adormecida viendo las estadísticas de seguimiento que había cosechado “Boreal”, aquel espacio televisivo que tanto interés había despertado en Zenón. Aún le parecía inverosímil…
–¡Por fin recuerdo la causa del enfado! –Gritó de repente.
Así era, increíble o inverosímil, dos palabras que compartían un mismo origen pero que, al parecer, a Zenón le disgustaba una de ellas, tenía una ridícula preferencia por la otra. Discusión absurda, pérdida de tiempo, una más entre otras muchas. Un sonido de sirenas se dejó escuchar, lejano y lentamente creciente. Quitó el volumen del televisor, el mosaico de imágenes se desbarataba y reconstruía cada cierto tiempo, formaba figuras, se arremolinaban en un extremo de la pantalla y salían disparadas hacía un exterior imaginado. Miró el difmóvil, veintiuna y dieciocho horas. Nunca había tenido muy claro cuáles eran los turnos de Zenón, se encontraban de repente en el salón, a veces ella llegaba y él parecía pronto a marcharse, o al revés, ella se acicalaba frente al espejo y un mensajero huraño, con el rostro manchado de hollín, se le acercaba por detrás y le mordía la oreja. Le echaba de menos, y esa sensación novedosa era la que le mantenía inquieta. Nunca la había sentido antes. Era algo inexplicable. Similar, se dijo así misma, a descubrir de repente que falta la aguja pequeña de un antiguo reloj, minutos, sabemos de los minutos, pero ¿y las horas? Qué nos señala las horas.
Apagó el televisor y pensó en escuchar música. Antes gustaba de colocarse los auriculares y aislarse del entorno oyendo alguna emisora de radio. Hacía mucho, y no recordaba a partir de cuándo, que había abandonado esa costumbre. Buscó en la cómoda y al agarrar el tirador se quedó con el frontal del cajón en la mano, todo el contenido se desparramó por el suelo. Le había prometido arreglarlo en multitud de ocasiones, tantas, como resultaba necesario abrir el maldito cajón. Abandonó la idea de los auriculares y encendió la vieja radio, un aparato de museo que un tío de Zenón le dejara en herencia. Manipuló el dial y lo detuvo justo sobre la primera emisora que encontró. Se descalzó, caminó despacio hasta el interruptor de la luz y lo apagó. La claridad externa penetró violentamente, un resplandor blancuzco de farolas y carteles publicitarios le acompañaron hasta el viejo sofá, se tumbó, cruzó las manos bajo la nuca y dejó a la música hacer el resto. Sintió, balanceada por las notas musicales, como si se hubiese producido un reencuentro consigo misma. Un piano, bajo y batería percutiendo con suavidad y el artificial murmullo de fondo de una falsa aguja recorriendo los surcos de un inexistente vinilo. Eso había sido suficiente para que una paz, un regocijo delicado, le hinchiera el ánimo. Ahora estaba tranquila. Los sonidos de la noche llegaban y se amoldaban a la pieza que sonaba, música y murmullos eran un todo. Se alegró de que el cajón siguiera roto, que los auriculares hubiesen salido volando junto al resto de cosas, y al cabreo que ello le produjo. Pensó que tal vez la música estaba concebida así, para ser escuchada en medio de la vida y sus ruidos, no para aislarla entre las sienes. Todo tendía hacía el aislamiento, a mayor oferta de artilugios electrónicos, más grande la soledad. La verdaderamente peligrosa, la desconocida, esa que no sabemos se sienta a nuestro lado. Mezclado con la música escuchó el anacrónico canto de un gallo, el maullido de un gato en celo y el motor de un auto que se detenía en la calle. Se incorporó curiosa, nadie, excepto los organismos oficiales, usaban automóviles. Sin encender la luz, arropada por la música y las sombras, se acercó hasta el quicio del balcón y miró fuera. Efectivamente, un coche con el símbolo del departamento de seguridad, rotulado en la portezuela, estaba estacionado en la acera de enfrente. A través de las ventanas del vehículo podía distinguir dos figuras y el resplandor efímero de una llama. Dedujo que uno de ellos fumaba. Posiblemente, para dejar que el humo abandonara el habitáculo, había bajado unos centímetros el cristal de su puerta, el murmullo de una conversación, las risas reprimidas, le llegaban hasta el balcón como un eco sordo e indescifrable. Se mantuvo unos minutos observando envuelta en oscuridad y notas musicales, aburrida, regresó al sofá y decidió, en ese mismo instante, que dormiría en ese mismo lugar arrullada por la emisora de radio. Se quedó rápidamente dormida.

Cuando la claridad de la mañana penetró por el balcón abierto Tabita ya se encontraba despierta, en la mente aún le rondaba el automóvil que viera estacionado en la acera de enfrente la noche anterior. Nada más poner un pie en el suelo, corrió de puntillas hasta la balconada y pegada a un quicio miró furtivamente afuera. Allí continuaba detenido, el cristal que viera ligeramente bajado, para evacuar el humo de los cigarrillos, ahora estaba completamente subido. Tal vez el fumador, pensó, estaba dormido, o la humedad del amanecer le obligó a cerrar. La radio continuaba sonando imperceptiblemente, los ruidos de las gentes, despertando, poniendo a calentar agua, dejando que la cisterna vaciara el contenido, amortiguaban la música y empequeñecían el ánimo.
–Otro día más. Se dijo a sí misma cansina y lastimera.
Preparó la cafetera y la colocó sobre la hornilla portátil. Deseaba que el gorgoteo del café, impelido por el calor de la llama, comenzará a oírse y, con ello, regresara la normalidad. Mientras aguardaba se encaminó a la ducha desmontable, subió la corredera desde la base y el habitáculo cilíndrico se elevó, penetró en el interior y giró la llave de paso. Una llovizna con aroma a cloro le refrescó la cara y le fue mojando de arriba hacia abajo. Se enjabonó lentamente todo el cuerpo y después dejó que el caudal, intermitente y cicatero, arrastrara la espuma y con ella la noche anquilosada de sofá. Volvió al balcón, esta vez envuelta en un albornoz y sin subterfugios de espía aficionado, de frente, apoyando arrogante ambas manos en la barandilla y mirando cara a cara al mundo. El automóvil, sin nadie en el interior, continuaba dormitando en el mismo lugar, pudo ver, casi de soslayo, como dos hombres con gabardina, a pesar del calor que ya comenzaba a irradiarse desde lo alto, se sentaban sobre unos taburetes del kiosco de Marcel. Les sirvieron algo que expelía un humo denso y caprichoso. Un silbido afónico le llegó desde el otro lado de la estancia, y junto a él, un aroma a café inundo la habitación entera.
Sobre un cajón de madera forrado con papel, con las piernas cruzadas en una pose de funambulista, Tabita sostenía una taza con el asidero partido y daba pequeños sorbos al mejunje. Miró hacia la hendidura de la tarima, el resplandor procedente del otro lado proseguía esplendiendo, limpio, faro libre de obstáculos. Nunca le perdonaría a Zenón que hubiese intentado ridiculizarla dejando un mensaje casi calcado del suyo en la diminuta rendija. Durante unos instantes prosiguió libando sonoramente de la infusión, poco a poco, casi de rondón, una idea improbable, absurda y demencial, se fue abriendo paso por su mente. El episodio de la misiva de ida y vuelta había ocurrido un mes atrás, desde ese día y hasta la noche del estreno televisivo de “Boreal”, Zenón no había mencionado el tema en ninguna ocasión y, era de esperar, si en realidad se tomó la molestia de preparar concienzudamente la broma, que en algún momento sacara a colación la grieta de la tarima, aunque solo fuese para comprobar si ella había mordido el anzuelo. Se necesitó de una discrepancia entre palabras, inverosímil e increíble, para que recurriera a las absurdas ideas de ella y la utilizase como arma arrojadiza, simplemente para agredirla, defenderse de lo irracional de aquella estúpida controversia. Volvió a sorber de la taza, el contenido estaba tibio. Las dudas crecían.
–¿Y si Zenón no era el artífice del mensaje? –Preguntó a la nada.
El difmóvil le advirtió que era la hora de ir pensando en vestirse, un zumbido que imitaba el graznido de un pato urgente disparaba la alerta, apenas contaba con diez minutos para recomponerse, borrar con afeites las marcas del tiempo y la desidia, y salir a todo trapo montada sobre la bicicleta. Masculló un improperio al recordar que, al final fue ella la que la llevara hasta un taller para arreglar el pinchazo. Apagó aún más enfadada la radio, la música era inaudible ahogada por el crepitar acelerado de la mañana. Todo a punto, el mecanismo que activaba todos los días a la ciudad, los individuos que producían quimeras intangibles, el que laboraba con las manos, o se preparaban para ello, cada cual, en su puesto, empezaban a poner en movimiento las imaginarias rueda dentadas de un aparato al que llamaban civilización. La única. La nuestra.
Una vez hubo terminado de retocarse la cara, colgado en bandolera el petate, y hecho inventario por vez última de cada cosa o aparato proclive a provocar accidentes por un simple olvido, la corredera de la ducha bajada, la llave de paso cerrada, la hornilla apagada, la radio enmudecida, cruzó la habitación en dirección a la puerta. En el minúsculo descansillo, colgada verticalmente, se encontraba la bicicleta, la deprendió del arnés y se la echó sobre el hombro en un solo movimiento dispuesta a descender los veinte escalones que le separaban de la calle.
–¿Y si Zenón no había colocado mensaje alguno? –Repitió en voz alta sin proponérselo.
Tabita sonrió sorprendida, era como si su laringe, las cuerdas vocales todas, el propio impulso del aíre abandonando los pulmones a intervalos precisos, la posición forzada de la lengua y los dientes oclusivos, los labios contrayéndose, creando una forma concreta que permitía modular, sílabas, palabras, hubiesen acordado formular la pregunta sin pedir permiso al cerebro, ignorando por completo el concepto más elemental de consciencia. Se detuvo en seco, su mano aferraba el picaporte. Miró el difmóvil, llegaría irremisiblemente tarde si perdía un solo minuto más. Apoyó el biciclo contra la puerta, dejó que el petate cayera a plomo y agachada junto a la hendidura, con la cara completamente pegada a la tarima, intentó asomarse dentro del otro lado. La luz resultaba cegadora, en un primer momento vislumbró entusiasmada unas sombras en movimiento que, poco después, terrible desilusión, resultaron ser sus propias pestañas. Majaderías, simplezas que le harían perder una hora de trabajo y la consiguiente soldada. Al final el mentecato de Zenón iba a tener razón, estaba alimentando continuamente, sin ser consciente de ello, una idea demencial que se transformaba por momentos en obsesión. Alzó la mirada y se encontró consigo misma reflejada en el cristal del balcón, estúpidamente arrodillada, el rostro dejando una marca grasa en la tarima, y los ojos clavados en los suyos, preguntando, suplicando desde el vidrio que lo dejara, que no le obligara más a comportarse como una auténtica desequilibrada. Una lágrima dejó una estrella oscura en la madera, las sombras ahora eran de cristal, salino, triste esencia de sí misma arrebatada en locura. Se incorporó desolada. Aún estaba a tiempo de recuperar la cordura, podía olvidar todo el episodio que durante tanto tiempo le acompañara. Resuelta a dar término a una época insana, buscó en la cómoda, la del cajón desmontable, un poco de masilla que Zenón guardaba en un frasco y que la noche anterior vio rodar junto a decenas de cachivaches. Sellaría el problema, cegaría para siempre la luz de aquel incierto lugar. Tomó un trozo de la pasta y la fue amasando con los dedos, resolutiva volvió a arrodillarse, esta vez sin fe, delante del falso oráculo. Antes de acabar con un pedazo de su ser, de la íntima ilusión que le permitía seguir tirando, cerró los ojos en un acto de contrición por el crimen que estaba a punto de cometer. Necesitaba perdón. Un rasgar de lija, de repente, ascendió desde el suelo obligándola a mirarse los pies, por la hendidura un papel, algo más grande y alargado que el anterior, sobresalía empujado desde el otro lado. Lo recogió como quien recibe una gracia inmensa, un milagro encontrado por casualidad, la respuesta inmerecida a todo el misterio de la existencia. Necesitó sentarse en el sofá antes de leerlo, le temblaban el corazón y las piernas. Escrito a mano, sin plastificar, con una grafía idéntica a la suya, un mensaje desalentador y triste comenzaba a tipografiarse en su cabeza.

“En realidad no espero respuesta, siempre sospeché que ella fue la autora de la otra misiva, una broma, un motivo para reírnos. Apenas la conocía, llevábamos juntos un par de meses y todos mis sueños, las tonterías que me definen, se las fui entregando una tras otra. Ahora resulta imposible preguntarle, despejar la duda, un fatal accidente de tráfico segó su vida y solo puedo enviar este mensaje, absurdo, ridículo, después sellaré la grieta para siempre porque en realidad, no espero respuesta.”.

Tabita comprendió, como si unas nubes grises que lo ocultaran todo fuesen barridas por un fuerte viento, que Tobías era ella, con otra forma, en otro lugar, llorando, rendida y arrodillada, y ella, era ese hombre que mandaba un mensaje desde el otro lado, conciso, triste. Zenón no volvería, porque la muerte se presenta con envoltorios distintos, porque resultaba posible morir y seguir existiendo en un espacio diferente. Resultaba innecesario que aquellos hombres, los de la gabardina, subiesen a contarle la historia de un accidente inverosímil, increíble. Supo que detrás de toda narración, oculta entre el paisaje y las palabras, existe un discurso que nada tiene que ver con lo expuesto, con lo insinuado. No, no volvería. El adorno camufla las verdaderas intenciones.
Tomó el petate, si no se daba prisa llegaría tarde. Cargó la bicicleta en el hombro dispuesta a marcharse, decidida a cumplir satisfactoriamente con el pedazo de realidad que le tocaba sostener.
Entre todos, a pesar de todo, estaban modelando lo real, eso que a nadie gusta. Cuando acabase la jornada, una vez de regreso a casa, descalzada, encendería la radio y decidiría el contenido del mensaje que enviaría a Tobías antes de sellar la hendidura para siempre. Pensaría en qué decirse.

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