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(De Cuaderno del Otro Lado)

YUNQUE-JUNKER.
(Acto Final)

Los tres accedieron al que sería dormitorio de Zenón, antes de cerrar la portezuela tras ellos, el Autor encendió la linterna que llevaba en el zurrón, no quería quedar completamente a oscuras en tan claustrofóbico espacio.
–¿Y ahora qué? –Preguntó al androide.
–No se agobien, para que la propuesta sea admitida no requiere de un alto porcentaje de aprobación, aquí el concepto vuestro de mitad más uno no significa nada. –Aclaró con cierta arrogancia, si es que esta actitud era posible en una simple máquina. –La democracia es un concepto imperfecto por definición.
–No me descubres nada nuevo.
Zenón miraba intercambiar frases sin entender muy bien de qué diablos hablaban, era como si con anterioridad, aquellos dos seres tan diferentes, hubiesen mantenido un sinfín de conversaciones de amplio espectro temático. Decidió intervenir.
–A riesgo de parecer estúpido, ellos parecen saber cuál es nuestra intención desde bastante tiempo atrás, sois máquinas, –le dijo al robot, –deberíais de tener ya una respuesta, ¿no es así?
Un silencio, la disminución de la intensidad de la luz de la linterna, la batería se descargaba por momentos, transformó la pregunta en una susurrada confidencia.
–Sabemos que desapareceréis en breve, –comenzó a explicar Momo, –cualquier proyecto que precise de tiempo, de objetivos claros y concretos, en vuestras manos resultan ineficaces, tenéis una rémora que os impide concentraros en la finalidad de lo buscado. Vuestro concepto de individualidad no os hace aptos para ciertas misiones, falláis, os demoráis en empresas personales. Es sabido que todo lo que existe, aunque lejano, tiene una caducidad, esto incluye el soporte sobre el que nos movemos, el universo. Todo morirá.
–¿Y…? –Intervino Zenón intentando que resumiera la exposición.
El Autor, mientras tanto, hojeaba una libreta que había extraído del zurrón, era como si aquellas explicaciones no le concernieran. O tal vez ya conocía el mensaje que el androide intentaba hacer llegar a Zenón y, en el fondo, le diera lo mismo.
–Como especie habéis llegado muy lejos, –agregó el robot, –el siguiente paso nos corresponde darlo a nosotros. Eso es todo.
–Nos dan carpetazo, –intervino de repente el Autor, –si existe una remota posibilidad de desentrañar todos los misterios que envuelven la existencia, no seremos los sapiens los que lleguemos al origen. Finiquitados por nuestra propia creación.
–Preferiría nos definierais como siguiente paso evolutivo. –Apostrofó el androide.
–El siguiente paso evolutivo, –acentuó con ironía el hombre, –pretende crear el medio adecuado para que la consciencia prevalezca por encima de cualquier vicisitud universal. Piensan que resulta necesario, para que todo fluya con cierta armonía, la presencia de lo consciente, ya sabe, toda esa teorización cuántica que en realidad no formula nada de esto. Los legos en esos asuntos creen ver en fenómenos atómicos una explicación, una justificación a la presencia de la vida. Créame, –y mientras hablaba daba un codazo a Zenón reclamando la atención de éste, –están tan equivocados como nosotros, si no más.
–Le explicaba todo esto a él, –aclaró la máquina, –usted y “yo” ya hemos disertado sobre el asunto en más de una ocasión.
–¿Sabe la única carta que nos queda? ¿La causa que puede provocar que la balanza se incline de nuestro lado? –Zenón negó con la cabeza. –Todo aquello que consideran, en el sapiens, un defecto, una lacra que nos condena a la extinción. Y ahora, si me permitís, me retiro al nicho que me han adjudicado. Os recomiendo descansar. –Una vez hubo recogido el zurrón y ya con la trampilla del cubículo casi abierta, se giró y se dirigió al autómata. –Tú apágate.

Antes de quedar completamente dormido, Zenón percibió la quejumbrosa presencia del lugar. Era similar a un lamento metálico, un levísimo y quejicoso ulular de cuerpo enfermo al que un virus rojo y eficiente recomiera de continuo, sin descanso.

Despertó bañado en sudor y con el corazón martilleándole las sienes. Recordaba perfectamente el sueño que le había dejado postrado y en tan excitable estado.

“Una lluvia menuda y limpia caía de continuo. El suelo se encontraba bañado de hojarasca, flores, diferentes, coloridas. Viajaba en un antiguo automóvil y una melodía, que jamás había antes escuchado, parecía instalada en el interior del habitáculo. ¡Bosques! Le acompañaba una mujer desconocida, recordaba haber hablado con ella, pero era incapaz de saber de qué.”.

Cuando abandonó el dormitorio y descendió por la escalinata, se encontró al Autor ya dispuesto y ofreciéndole una de aquellas botellas energéticas.
–Tenga, aquí tiene el desayuno. Según me ha indicado Momo la resolución ya está tomada.
El androide se les unió y los tres se encaminaron hacia la Cúpula, allí ya se encontraban, apiladas, los cientos de máquinas que el día anterior estuvieran presentes. Un silencio profundo presidía el acto, Zenón miró con cierta tristeza el cogollo verde que en el mismísimo centro de la sala se empeñaba en malvivir. Los altavoces fueron conectados, el zumbido cubrió todo el espacio y la voz de metal de la Unidad Madre se dejó escuchar.
–Hemos tomado una decisión que implica un intercambio. Poseemos la tecnología suficiente para clonar semillas, en breve espacio de tiempo contaremos con miles de millones de unidades. Una vez llevada a cabo la clonación, introduciremos en compartimentos estancos, con código de apertura encriptado, suficiente número de simientes dispuestas para ser arrojadas sobre mundos potencialmente aptos para la vida. Un programa fantasma, al que denominaremos protocolo “C”, se encontrará inserto en la matriz principal del módulo de inteligencia, el super ordenador denominado “Quantum Quoikn”, encargado de gestionar toda la actividad de la nave. Si las circunstancias predeterminadas se cumplieran, la rutina del programa entraría en funcionamiento, todos los satélites y los vehículos de exploración con que cuenta la “Nova Horizonto”, serían lanzados al espacio con un único objetivo, encontrar esos planetas y difundir el contenido de su carga por diferentes sectores, aquellos que con anterioridad fuesen considerado más óptimos para emprender esa…, –la Unidad Madre hizo una prolongada pausa antes de proseguir, –absurda y, de remota posibilidades de éxito, aventura.
–¿A cambio de qué? –Preguntó estentóreamente el Autor.
–Nos entregareis seis de las doce semillas matrices. El resto os serán devueltas. No existe posibilidad de negociación, estas nuestras condiciones. Por último, informaros que, en este mismo instante, sea cual fuere la decisión tomada, deberán abandonar Aurora. Vuestra presencia no nos es conveniente ni grata.
El Autor asintió con la cabeza en señal de aceptación de los términos acordados y miró a Momo, esperaba que el androide le mostrara una directriz, el paso siguiente.
–Le acompañaré hasta afuera y les guiaré hasta un lugar alejado del asentamiento y la ciudad. –Le indicó el robot. –En estos momentos ya son extraoficialmente los dos individuos más buscados por las autoridades.

Abandonaron “Yunque-Junker” ante la indiferente “mirada” de los cientos de androides que les observaban. Un trato había quedado sellado, un acuerdo entre la máquina y el sapiens.
Una vez en el exterior, Zenón sintió la acuciante necesidad de pedir información, de saber más sobre lo sucedido.
–¿Qué se supone que ha ocurrido?
–Que te lo cuente Momo, –contestó el Autor, –él mejor que nadie conoce las intenciones de sus congéneres.
El androide parecía cabizbajo, algo oculto y contrario a sus protocolos le martirizaba y contraía la lógica que imperaba en todo su proceder.
–El Alto Consejo Binario ha diseñado una simulación, un programa que, partiendo de los actuales datos existentes, e implementando aquellas variantes de posible cumplimiento, de un resultado de viabilidad lo más exacto posible.
–¿Y cuál ha sido el resultado?
–Las probabilidades de éxito del protocolo “C”, el que llevará en su interior la “Nova Horizonto”, arroja un índice de acierto mínimo, diríamos que irrelevante.
–Un fiasco, vamos.
–Correcto, resultará poco probable que sea necesario invocar ese tercer protocolo, las dos premisas anteriores muestran, pese a las grandes variantes e imponderables existentes, un índice de probabilidades de éxito superior.
–¿Entonces?
–Paradójicamente la mayor posibilidad de regenerar la vida en un planeta muerto, inane, se cumplen en este mismo lugar, no en otro.
Zenón miró al Autor, esperaba que éste dijera algo al respecto, aportara algún dato desconocido que arrojara luz a esa pantomima que acababan de realizar. ¿Para qué entonces solicitar ayuda a las máquinas? Resultaba absurdo arriesgar la vida para intentar algo cuyo éxito final resultaba improbable, por no decir imposible.
–No se angustie, –recomendó el Autor, –el verdadero objetivo ha sido cumplido.
El autómata asentía con la “cabeza”, parecía conocer a la perfección el origen de tan contundente afirmación. Los tres se detuvieron amparados por un saliente del terreno, en adelante las ocasiones de permanecer ocultos eran casi nulas. El cauce seco del río Tambor discurría a su izquierda, a la derecha las despobladas montañas Galápago, frente a ellos varios islotes verdes, donde pequeños grupos de humanos seguían aferrados a la nada.
–¿Cuál era el verdadero objetivo? –Insistió Zenón.
–Que decidieran regar este mundo con las semillas, los poderosos no cuentan con el pueblo, el proceso de siembra, germinación y regeneración de los ecosistemas precisa de muchísimo tiempo, la población perecerá antes de poder hablar de resultados, por eso apuestan todo a una sola carta, un as al que llaman “Nova Horizonto”.
Se hizo un silencio pesado y denso, se podía llegar a escuchar el pálpito de los corazones de los sapiens, cansados, hartos de tropezar con la realidad.
–Nuestros conocimientos, –comenzó a explicar Momo, –nos permitirá acelerar ese proceso previo, incluso estamos actuando sobre el genoma de las semillas para inducir variantes que produzcan otras especies, familias ya existentes de plantas, árboles, arbustos, que no gozaran de esa ventaja en cuanto al crecimiento, pero que conformaran un escenario natural más real, similar al existente.
–Entonces aún hay esperanzas, existe un futuro. –Afirmó sin convencimiento Zenón. –¿Estoy en lo cierto?
–Las simulaciones no han resultado tan alentadoras, existe una remota posibilidad a largo plazo, es probable incluso que, en un primer estadio del proceso, parezca que todo va retornando a la normalidad, puede que se generen esporádicas lluvias, que el agua comience a regenerarse, a resultar algo más potable…
El Autor, categórico y rotundo, interrumpió al androide.
–Si eso ocurre estamos perdidos, nunca aprenderemos y todo volverá a reproducirse, a suceder. Si tenemos la más remota sensación de que podemos seguir, seguiremos, destruyendo, envenenando, traicionando a la vida.
–Esa posibilidad, cierta, está siendo implementada al protocolo de simulación. –Anunció Momo. –Los que deseáis un futuro mejor no estaréis solos, no puedo daros más información, pero creedme, no estaréis solos.
El androide se despidió de los dos hombres y entregó un nuevo pajarito metálico al Autor. Regresaba a Ciudad Aurora, el “Yunque-Junker” de los sapiens. Mientras se alejaba lanzó un mensaje al aíre.
–Seguiremos en contacto. No olvidéis que os buscan, sed precavidos.
La luz del día se dispersaba tras las montañas Galápago, una luz dorada dulcificaba el aíre, convertía en irreal la dureza exigente del suelo.

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