“Yunque-Junker” (De Cuaderno del Otro Lado) Relato por M. Martínez Fdez. 1/2.

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(De Cuaderno del Otro Lado)

YUNQUE-JUNKER.
(Acto Primero)

Momo parecía desactivado, sus extremidades superiores, una a cada lado del torso, colgaban como metálicas excrecencias.
–Estamos llegando, –anunció el Autor, –es ahí mismo.
Zenón había imaginado una gran puerta, toda de hierro, tachonada de remaches y contrafuertes. pero por mucho que intentaba agudizar la vista, solo era capaz de distinguir un inmenso montón de chatarra que se apoyaba junto a una elevación del terreno, en forma de seta, que el viento y la arena habían ido modelando. Al lado de aquella cotidiana imagen, el androide, “dormido”, parecía estar esperándoles.
–¿Eso es ciudad Aurora”? –Preguntó desencantado.
Desde la distancia solo era posible distinguir una enorme mole de metales oxidados dispuestos en cientos de estratos que, aplastados por su propio peso, descansaban sobre una pronunciada depresión de terreno. Justo al lado, un enorme y deteriorado cartel aún insistía en destacar su antiguo nombre, “Desguaces Yunque-Junker”, y objeto comercial, “Compraventa de Todo Tipo de Piezas de Segunda Mano”. Zenón sonrió, era como si una horda de necrófagos se hubiese ido a vivir al lado de un cementerio. Solo tenían que rebuscar entre aquella escombrera para conseguir cualquier recambio.
El pajarito volador emitió un prolongado silbo y Momo, después de lanzar por el grupo fónico una jeringonza ininteligible, se activó de inmediato.
–Les doy la bienvenida a nuestro secreto y humilde hogar. No ha resultado nada fácil que me permitieran dejarles entrar. –Aclaró. –Pero esa es otra historia, no todos procesamos los datos de igual manera.
Aquel comentario dejó un aroma de incertidumbre impregnando la razón del Autor, sospechaba, desde hacía algún tiempo, que en Aurora no todos “pensaban” igual con respecto a los sapiens. Momo era su valedor frente al Alto Consejo Binario, órgano directivo del asentamiento, y por indicación del androide era conocedor de la indiferencia que despertaban en el supremo órgano ejecutivo. Los humanos les crearon para después abjurar de ellos, expulsados como malditas criaturas pervivían ocultos, siempre con el terrible “temor” de ser descubiertos y anulados.
–Síganme, –invitó la máquina, –y tengan cuidado, a ustedes resulta fácil herirles, frágiles, imperfectos, y a pesar de ello…
La frase quedó inconclusa, un desagradable comentario a juicio de Zenón que, mientras caminaba tras sus dos compañeros, sentía como una aciaga inquietud se iba apoderando de su sentir.
La senda por donde transitaban descendía por una pendiente que parecía morir a los pies mismos del enorme apilamiento. Distinguió un hueco entre el óxido, una oquedad que obligaba a inclinar la cabeza para poder penetrarla. Avanzaron por un largo y desigual pasillo, dedujo que aquella intrincada red de galerías había sido construida con un proceder similar al utilizado por algunos juegos de equilibrio, ir retirando piezas de metal, e incluso antiguos vehículos enteros, intentando no romper la precaria estabilidad en que parecía sostenerse todo. No fue hasta haber caminado varias decenas de metros por los largos y ocres pasillos que se hubo percatado de que, en toda bifurcación del camino, existían unas señales realizadas con pintura. Verde, rojo, azul y blanco, fueron las diferentes tonalidades que distinguió, si bien no todas las galerías presentaban impresos los mismos colores. Momo parecía leerle el pensamiento, una inquietud más que sumar al largo muestrario que arrastraba.
–Cada color muestra una dirección concreta, resulta más cómodo implementar una directriz en nuestros procesadores, se ejecuta y basta, no hay elección posible, por lo tanto, el concepto de error queda anulado.
–Define error. –Le pidió el Autor al autómata.
Momo miró alternativamente a ambos hombres, pese a que su rostro era incapaz de reflejar sentimiento alguno, el parpadeo de sus sensores luminosos indicaba que estaba procesando información de forma alocada y abundante.
–Acción que no consigue lo que es correcto, acertado o verdadero. –Recitó el robot de un tirón.
–No te he pedido que me leas el diccionario, –aclaró, –replanteo la cuestión, ¿qué es para ti un error?
–¡Oh, no! Esa formulación se aleja de los parámetros…
–Tal vez traernos aquí sea un error, –le interrumpió el Autor, –pero eso puede que lo sepas más tarde, o que no llegues a descubrirlo nunca y otros, lejanos en el tiempo, padezcan esa falta de hoy.
Momo le “miraba” “inquieto”, giraba de continuo la “cabeza”, como si esperara que Zenón apostrofara alguna idea que pudiera servirle de asidero.
–Eso que acaba de exponer, ese razonamiento disgregado en lo temporal es la causa de que el ilustre Alto Consejo Binario, –aclaró la máquina, –no sienta necesidad alguna de ayudarles. Su lenguaje resulta impreciso, se necesita mucho pie de página, demasiados asteriscos, para que una idea, un mensaje, resulte exactamente preciso.
–No es nuestra fragilidad la que nos hace interesantes a tus…, “ojos”, –comenzó a exponer el Autor, –es la ambigüedad, ese llamar a cada cosa por un nombre diferente, de doble lectura, la que en el fondo te conmueve.
–¿Conmueve? –Intervino Zenón.
–¿Conmueve? –Repitió Momo.
El Autor rió sonoramente, una cadencia de carcajadas falsas cuya tonalidad e intensidad hizo subir y bajar, varias veces, antes de acallarlas súbitamente.
–Perdonad esta pantomima, Momo sabe perfectamente de qué hablo, el pajarito ha sido un fiel correo de ida y vuelta. ¿No es así?
–Correcto, –afirmó el robot, –todos los registros se encuentran convenientemente archivados.
–Nos copian, las máquinas imitan, intenta componer sistemas lógicos que les humanicen, resultamos, a pesar y gracias a nuestra intrínseca fragilidad, envidiablemente complejos.
El androide mantenía los sensores lumínicos, casi como si se “avergonzara” de escuchar aquella afirmación, en un borroso y titilante brillo.
–Dejemos de disertar, –aconsejó el Autor, –aquí todo escucha, vayamos hacia la Cúpula.
Después de deambular, siguiendo las indicaciones pictóricas, por tres o cuatro corredores, llegaron a un emplazamiento que resultó bastante despejado y amplio, sobre todo en comparación con el resto de los lugares que habían podido contemplar hasta ese momento.
El apilamiento de herrumbrosos automóviles que configuraban la Cúpula había sido construido siguiendo un patrón concreto, los vehículos fueron amontonados permitiendo que los que se iban situado sobre las pilas guías, sobresaliesen lo suficiente como para ir creando una inclinación constante, esa derrota permitía que las diversas columnas de coches que componían tan majestuosa construcción coincidieran en un único punto situado muy arriba. En ese cénit se abría un hueco por donde se renovaba el aíre viciado de Yunque-Junker. Posiblemente el sol del mediodía, a diario, dibujaría una columna de luz polvorienta y rojiza, e iluminaria un cogollo de hierba verde que medraba triste justo en medio.
En aquella ágora del óxido había, al menos, dos mugrientos letreros que anunciaban sendos lugares. Uno compendiaba talleres, centro de control y cubículos estancos en un solo emplazamiento, el otro parecía ser la sede del gobierno local. Un asentamiento de razón binaria, oxidada y sin luz natural, pensó Zenón.
–A parte de nosotros, ¿hay alguien más aquí?, –preguntó el Autor al robot, –aún no nos hemos tropezado con nada ni nadie.
Un burbujeante sonido, remedo de queda sonrisa, emitió el androide, e inmediatamente algunos de los paneles que conformaban los laterales de la Cúpula se fueron moviendo a pedazos y como por ensalmo, aquello que parecían simples láminas de metal oxidado, se mostraron al girar como individuos, trozos independientes que en unión creaban un solo conjunto. Máquinas de todos los tamaños y formas que, al unísono, como un coro desafinado y mal dirigido, emitieron una algarabía de sonidos inconexos, estridentes y carentes de lógica.
Los dos hombres, con las manos, taparon sus oídos, aquella fanfarria resultaba de tan aguda, molesta e hiriente.
Aquella demostración sonora se mantuvo durante algunos minutos, poco a poco, por sectores, los desgarradores sonidos fueron menguando hasta apagarse por completo. Un silencio, más mortal aún que el disonante galimatías canoro, se esparció por la Cúpula, el Autor supo que la Unidad Madre, aquella en la que confluían el resto de los individuos que conformaban tan anómalo asentamiento, había ordenado silencio. Un zumbido eléctrico se dejó escuchar por unos altavoces invisibles al ojo humano, un posterior chirrido y la voz de su Ilustrísima se dirigió a los dos sapiens que en mitad de tan amplio espacio resultaban pequeños, pequeños y frágiles.
–En este lugar resultan innecesarias las presentaciones, –comenzó a decir la ilocalizable voz, –todas vuestras entradas en la red, las interacciones sociales realizadas mediante el difmóvil, o artilugios semejantes, nos son conocidas, y esa información dibuja un perfil bastante concreto, diría que extremadamente acertado de quienes sois. El concepto de privacidad nos es ajeno, ninguna razón de las esgrimidas, ningún reparo en los que apoyáis ese mal inculcado derecho justifica el anonimato de las acciones. Somos quienes somos. Aquello oculto, lo que realizo a espaldas del resto, define más que nada al individuo. Esa información, tratándose de sapiens, nos resulta extremadamente necesaria, deseamos saber con una fiabilidad del noventa y nueve coma noventa y nueve por ciento, con quien tratamos.
Todas las máquinas comenzaron a emitir, por sus grupos fónicos, un traqueteo de vía de tren que intentaba emular unos aplausos. Una claqueta repetida miles de veces, una lluvia de tacos de madera contra un techo de chapa. Zenón no dejaba de observar el entorno, maravillado confirmaba como aquellas máquinas, antiguas, obsoletas en su morfología, estaban parcheadas, reparadas con trozos de chapa procedente de miles de objetos. Algunas aún conservaban la grafía, los logotipos de marcas anunciadoras ya desaparecidas. Un pastiche que unía el ayer con el hoy, una amplia e histórica exposición sobre la publicidad en el pasado, se encontraba en puro presente, integrada en los cuerpos de cientos de escandalosos androides.
Antes de hablar el Autor miró a Momo buscando permiso y aprobación. El robot inclinó la “cabeza” en señal de asentimiento, podía realizar la petición, sin superfluos preámbulos, sin innecesarias explicaciones.
–En primer lugar, agradecer la liberación del tercer juego de ADN de las semillas, gracias, aquel candado hacía inviable el posterior desarrollo. –Con aparatosos gestos de las “manos” Momo le acuciaba a que planteara la petición de inmediato, los caracoleos verbales resultaban para la psique fluorada de las máquinas, espacios sin significancia, vacíos que eran rápidamente llenados por otras labores o directrices. Su atención se esparcía por cientos de miles de cuestiones. El hombre tosió reclamando atención. –Solicito la implementación de un protocolo oculto en el sistema de la “Nova Horizonto”.
Un bisbiseo se esparció por la Cúpula, resultaba más que probable que aquellas chismosas máquinas supieran de qué se trataba.
–No nos es desconocida vuestra propuesta, y esa intención, a pesar de resultar ajena a nuestros intereses, ha suscitado en algunos entes que gozan de cierta individualidad, como es el caso del androide al que llamáis Momo, un interés que no compartimos, pero que no obstante cotejaremos. –El sonido eléctrico iba en aumento, parecía como si las máquinas se comunicaran a una velocidad inimaginable para la mente de un simple sapiens, y como resultado de ese intercambio de información, se suscitara una controversia de difícil y justificable resolución. –Sean por hoy nuestros invitados, mañana, hora décima. responderemos a su ruego.
Un pitido anunció que los altavoces mimetizados habían sido desconectados. Los dos hombres, junto al androide que llamaban Momo, quedaron en mitad de la Cúpula observados por centenares de sistemas de video reproducción. Parpadeos, cambios en la intensidad de la luminiscencia, le hacía creer al Autor que aquellas máquinas les estaban analizando, prejuzgando por sus torpes movimientos.
–Vayamos a los dormitorios, allí estarán más tranquilos. –Propuso el robot.

Las estancias en aquel lugar se limitaban a unos tubos de cemento, apilados unos sobre los otros, a los que habían sellado un extremo y colocado en el otro una portezuela de metal que presentaba idéntico estrago que el resto del emplazamiento, el óxido se estaba comiendo a Yunque-Junker. Se accedía a los mismos por una escalerilla individual y una vez en el interior, el único mobiliario existente era un jergón sobre el duro suelo y un espejo, normalmente fracturado, al que faltaba algún pedazo. Resultaba desolador.

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