sci-fi-post-apocalyptic-36436 (2)

(De Cuaderno del Otro Lado)

SEMILLAS, BOSQUES.
(Acto Final)

Hacía rato que el sol había quedado fuera del radio de visión de los fugitivos, toda la rambla se hallaba sembrada de sombras, azules, grises, mientras la maquinita voladora continuaba avanzando en dirección sur sin detenerse ni un solo instante.
–Creí entenderle que en algún momento dejaríamos el arroyo y penetraríamos en el sector azul. –Expuso con voz fatigada el mensajero.
–Así lo creía yo también, tal vez algún cambio de plan a última hora, o una decisión tomada sobre la marcha los ha llevado a modificar las instrucciones del pájaro. No sabemos qué está ocurriendo ahí arriba.
Según terminaba la frase de desvanecerse en al aíre comprobaron, con estupor, que la rambla encementada terminaba en una especie de acantilado vertical y, por la oscuridad y el vértigo que atesoraba, infinito. El pequeño regato de agua infecta que hacía tiempo se le había unido a la marcha, ahora se precipitaba por el borde abandonándolos sobre la superficie domada y dura del cemento. Se sintieron solos y absurdos.
–Posiblemente nos encontremos en el límite de la ciudad, en sector rojo. Por aquí cerca debe de haber una escalinata metálica que nos conduzca hasta la superficie. –Zenón le miró con perplejidad, ¿posiblemente?, parecía preguntar con los ojos –No me mire así, he recorrido este camino ciento de veces, en el portátil, imágenes transmitidas por algún dron de los bots.
Buscaron la inexistente salida ayudados por la linterna, el pequeño dron hacía tiempo que había desparecido de su vista llevándose con él las pocas esperanzas que les quedaba. Necesitaron más de una hora para dar con la maldita escalera, una sucesión de tramos oxidados que, nada más tocarlos, se lamentaban con gritos agudos y oxidados. Ascendieron con rapidez, pese al terror que les provocaba tanta fanfarria y ruido. Arriba les aguardaba la desolación en forma de tierra muerta, el sucio territorio de nadie, repleto de basura y herrumbre. Frente a ellos se encontraba el espacio que separaba, las últimas chabolas y torretas de vigilancia, del fatídico y mortal secarral. Alto muros de cemento que defendían al resto del mundo de la acción corrosiva de los humanos, se alzaban infranqueables. Acuclillados, desnortados, esperando un milagro, se mantuvieron inmóviles en medio de un enjambre de pestilencia y mugre histórica.
–Mire un momento hacia arriba. –Le indicó el Autor. –Sin ninguna duda estamos en las afueras de la maldita urbe.
Zenón alzó los ojos sin levantar la cabeza, jamás en toda su vida había contemplado nada similar. El cielo, siempre turbio y reflectante, estaba ahora completamente negro y cuajado de millones de puntos de luz, de estrellas.
–¿No resulta espectacular?
El mensajero era incapaz de hablar, recordó, sin saber el por qué, los gestos cotidianos de Tabita, el pelo corto, esa forma tan peculiar de sentarse sobre cualquier superficie, por diminuta que fuese. Ella no podía ver ese cielo, probablemente jamás llegaría a contemplarlo, pese a ello, los dos se encontraban en ese preciso instante separados por el discurrir de un tiempo distinto bajo el mismo indiferente manto. Hacía mucho tiempo que se dijeron adiós, pero resultaba grato poder recordar un pasado, unas imágenes falsamente compartidas.
Un zumbido familiar les arrebató de golpe la magia, el dron con forma de pequeño pájaro reaparecía, los buscaba para continuar con la ruta prefijada.
–En pie, nuestro amiguito parece haber regresado.
Nuevamente los dos perseguidos reemprendieron la marcha, caminaban ahora al amparo de altas montañas de basura, elevados montículos de bolsas destripadas por gaviotas y ratas que, la luz proyectada por el pajarito de hierro, permitía contemplar en toda su obscenidad. Entrañas de detritus y descomposición mojadas por el graso vaho de la madrugada. No fue hasta el alba que pudieron contemplar un paisaje distinto, tras atravesar un agujero abierto en mitad del duro cemento, el desierto se extendía ante ellos mostrando un laberíntico surcar de ramblas y hondonadas. El dron buscó una pendiente practicable y les condujo hasta el fondo de los barrancos, otra vez caminar pegados a las sombras, con la garganta reseca, hambrientos. Seguro, pensó Zenón, que en ese momento Tabita estaría preparando café. Tabita, único nexo recurrente con el pasado. Curioso.
–¿Tiene idea de donde se encuentra esa ciudad de máquinas? –Preguntó, pese a imaginar la posible respuesta.
–Ciudad Aurora le llaman, –explicó el Autor, –y no, nunca he estado allí. Imagino se encuentra bajo tierra, tal vez aprovecharon los antiguos refugios atómicos, esos que nos vendieron a costa de hipotecarnos por diez vidas y que, como era de esperar, jamás llegamos a necesitar. Un negocio redondo, ¡malditos bastardos!
Zenón le miró divertido, recordaba que su familia compró tres plazas, adquirió el derecho a, en caso de guerra atómica, tener un hueco libre de radiación donde marchitarse por toda la eternidad. Estudios posteriores alertaron de la inviabilidad de aquellas trampas mortales. La estanqueidad era nula, las reservas de agua tóxicas y el aíre, que sería filtrado del exterior, entraría en los conductos de ventilación brillante y mortífero, puro oxígeno radiactivo.
–No sé de qué se queja, –respondió Zenón, –la depauperada economía de entonces recibió un nuevo empuje, la construcción, las tecnológicas, todas obtuvieron un trozo del pastel. El crecimiento interior se disparó, la gente podía continuar creyendo en el sistema, le era permitido seguir soñando.
–Si, de eso se trata. No importa saber que esto se acaba, que puede ser tan solo cuestión de unas cuantas décadas más, lo importante es proseguir, sin rumbo, obviando metas. Por eso resulta necesario llegar a Aurora.
–¿Me explicará de una vez la importancia que tienen los robots en todo esto?
El Autor le miró perplejo, se detuvo al abrigo de un promontorio y con un ademán de la mano le invitó a sentarse.
–Descansemos unos minutos e intentaré resumirle la situación. El proyecto en que estuve trabajando, ese que los poderes secuestraron, no es otro que una respuesta, un intento por salvar, al menos, algo. –El Autor posó los ojos sobre el polvo del suelo y negó con la cabeza antes de proseguir. –Nadie se atreve a decirlo, pero la vida basada en el carbono se acaba. El planeta se nos muere, nos expulsa.
–Lo llevo escuchando toda mi vida, y mis padres escucharon lo mismo antes que yo.
–Es posible que dentro de unos cincuenta años nadie más lo oiga. –Dejó escapar un suspiro resignado. –Hay un proyecto, el último, ha sido necesario que varias corporaciones participaran, que los monopolios pusiesen el capital necesario, han fabricado montañas de billetes cuyo valor es menos que cero y la economía, una vez más, ha resurgido pletórica, pero no se engañe, es la última vez que todo vuelve a suceder.
–¿Qué proyecto? –Quiso saber Zenón.
–Están construyendo una mega nave, la “Nova Horizonto”, en ella viajaran decenas de miles de humanos en estado de criopreservación, el destino es un exoplaneta perteneciente al sistema planetario “Estonteco Homaro”, localizado en la galaxia más cercana a la nuestra, el cual parece ser bastante similar a esta casa. Ni que decir tiene que los científicos y técnicos que participan en el proyecto desconocen la probabilidad de éxito del mismo, el sistema de navegación, la criopreservación, incluso la inteligencia artificial que controlará la nave, están siendo construidos sin contar con ensayos previos. Podríamos decir que nos jugamos la última carta.
–Y según usted, ¿qué papel juegan los androides?
El Autor compuso un gesto de resignación, su interlocutor no parecía demasiado avispado, en su defensa se podía argumentar que tan solo se trataba de un pobre negado para sacar conclusiones por sí mismo, involucrado accidentalmente en una historia que le sobrepasaba.
–Carbono, mi querido amigo, nosotros desapareceremos, no así las formas de existencia mecánica.
–Los autómatas heredaran la tierra… –El mensajero habló como quién descubre, de repente, que ya está muerto.
–Exacto, solo ellos, desde aquí, nuestra antigua casa, podrán prestarnos ayuda, llegado el caso y si eso resulta posible y, es más, pretendo que dentro de los protocolos de actuación que se programen para el viaje se incluya de forma oculta un plan “C”. No olvide que el poder sigue utilizando robot, la erradicación fue algo ficticio, solo de cara a la ciudadanía.
–Las semillas.
–Correcto, las semillas. –Repitió victorioso el Autor. –Lo más probable es que todo salga mal, la nave no llegará a su destino, los durmientes perecerán por fallos de mantenimiento y esa esperanza de tecnología y metal se transformará en un descomunal mausoleo, todo será un fracaso, la estirpe humana será segada, aniquilada.
Durante unos minutos ninguno de los dos proscrito abrió la boca, Zenón intentaba digerir tanto horror, el Autor miraba un cielo pálido y sin futuro.
–¿El plan “C”? –Musitó casi en un murmullo el mensajero.
–No se haga ilusiones, no es nada que nos competa directamente, más bien se trata de jugar con una probabilidad entre miles de millones de variantes. Puede que considere, incluso, que no tiene sentido.
–¡Dígalo de una maldita vez!
–Repartir semillas por todos los planetas posibles, implementar unas características mínimas mediante un programa oculto y encriptado, si estas se cumplen y la misión es un fracaso absoluto, a través de las sondas de exploración que llevará necesariamente la “Nova Horizonto”, se procedería a fecundar todos los mundos disponibles, tal vez, y es ahora cuando pensará que soy un demente romántico, tras millones de años de evolución, esos astros den paso a una especie que destaque por su inteligencia. Tal vez, en algún lugar, el hombre termine haciendo las cosas de mejor manera y ese nuevo mundo sea similar, por fin, al que algunos sabios e iluminados soñaron. –El Autor compuso un gesto de contrariedad que dio paso, de inmediato, al abatimiento. –Pero para ello necesito convencer a las máquinas de que nos presten su ayuda.
–¿No cuenta aún con la colaboración de los robots?
–Ayudaron a desbloquear los filtros genéticos que llevaban instaladas las semillas, nada más, en realidad les importamos muy poco, y les entiendo. No nos necesitan, posiblemente sean ellos la evolución natural de la inteligencia consciente, el siguiente paso, y nosotros, por eso mismo, estemos condenados a la extinción.
El Autor se incorporó, sacudió el polvo de la mochila e invitó a Zenón a continuar andando. El pájaro de metal, que se había mantenido suspendido en el aíre mientras tanto, comenzó a emitir leves sonidos, lenguaje de máquinas. Las palabras, pensó el mensajero, que se impondrán y escucharán por todo el universo.
Prosiguieron caminando al abrigo de las sombras, el sol hacía tiempo que se había escondido detrás de las crestas que, ramblas y hondonadas, elevaban en el lado derecho del sendero. Era evidente que avanzaban en dirección sur. Para sorpresa de Zenón, que supuso nadie había previsto la necesidad de beber agua, su compañero extrajo de la pequeña mochila dos botellines que contenían un líquido denso y turbio, y le ofreció uno de ellos.
–Beba, es un compuesto que aporta minerales y enzimas necesarias para la vida, llevo la receta, como podrá imaginar en Ciudad Alborada no abundan los nutrientes elementales, nada de verduras o carne. Mientras estemos allí tendremos que conformarnos con no masticar nada sólido, por cierto, –indicó de inmediato, –continuaremos caminando, aunque el sol se haya marchado, el pájaro nos guiará con su luz.
Según avanzaban, ya con la sola tutela del pequeño dron, las quebradas y hendiduras del terreno se fueron suavizando hasta componer una llanura inmensa. En medio de la devastación, un resplandor excesivo, casi hiriente, se alzaba en la lejanía.
–¿Qué demonios es eso? –Preguntó Zenón, –Creía que fuera de la urbe, en cientos de kilómetros a la redonda, no había ningún asentamiento.
–Y así es, –respondió sonriente el Autor, –no hay nada. Eso que ve brillar es un plató, un decorado que intenta emular un campo de refugiados.
–¿Un plató?
–“Boreal”, el macro programa en directo, ¿no creería que el equipo técnico, los productores y todo el elenco de artistas que participan en esa recreación iban a vivir durante meses en un verdadero estercolero?
El mensajero le miró boquiabierto, no daba crédito a lo que su acompañante insinuaba.
–No sugerirá que los acogidos, el niño, la mujer… –El Autor no le dejó terminar.
–No sugiero, afirmo, hasta el perro es un chucho adiestrado. Todo es mentira, una recreación con guion incluido, convenientemente despojado de aquello que pudiera culpabilizar o señalar a alguien. Resulta hasta cierto punto coherente con el proceder humano, –abundó, –hasta el final seguiremos representando la misma farsa, la economía ha resurgido, nunca hubo tanto papel impreso, los derechos se van perdiendo, pero al menos, existen trabajos mal pagados que permiten seguir respirando. En definitiva, lo de siempre, hasta el mismo final de los días.
–Resulta desolador.
–No lo crea, ya nada me espanta, he aprendido a convivir, sin mezclarme demasiado, con esta raza de simios que llama a sí mismo humanos. –El Autor volvió a sonreír, y en la mueca que compuso, se encontraba oculto un ápice de resignación y tristeza. –No nos demoremos, Momo nos espera cerca de la entrada a Ciudad Alborada, es nuestro único apoyo.
–¿De qué le conoce? –Quiso saber el mensajero.
–Colaboró en el laboratorio y aunque resulte raro decirlo, tratándose de una máquina, de alguna manera congeniamos. Nos hicimos amigos. Era, de todos los allí presentes, el único capaz de sentir, –detuvo la diatriba urgido por realizar una aclaración, –y crea si le digo que me resulta difícil emplear esa palabra, sentir, pero fue Momo el que imaginó las posibilidades del descubrimiento y me lo hizo saber a mí, solo a mí. Cuando los Monopolios cancelaron el proyecto tuvo que escapar para evitar ser desguazado, copió su memoria en la base de datos de un dron semejante a ese, al pajarito, le ayudé a ello, antes de apagarse por competo prometió que volveríamos a vernos y que el sueño, aquello que fabuló en su mente de circuitos impresos, tendría una posibilidad de realizarse. Estoy convencido que Momo distrajo el envase con las semillas, y lo dejó entre los frascos vacíos para que yo lo encontrara.

Siguieron caminando por el surco de luz que el pájaro iba abriendo, en silencio, deglutiendo cada cual el trozo de realidad que le tocaba asumir. Según se alejaban del malsano brillo del plató, el cielo se fue cubriendo de puntos luminosos, las estrellas retornaban a un mundo cuyo final se encontraba cercano.
Cuando agotados se detuvieron a descansar, Zenón cayó en un profundo sueño, regresó al bosque, a la lluvia menuda que nada mojaba mientras una música, jamás escuchada, repetía una cadencia familiar. El antiguo automóvil serpenteando por la estrecha carretera, la mujer que se sentaba junto a él, todo se repetía como una evocación de algo ya vivido que no conseguía recordar. Y al final la luz, esa claridad intensa que los atrapaba dentro de un microbús. Fuera de su cabeza, en este lado, el Autor continuaba despierto, miraba el firmamento sin poder conciliar el sueño, demasiados puntos luminosos le observaban.

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