“Semillas, bosques” (De Cuaderno del Otro Lado) Relato por M. Martínez Fdez. 2/3.

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(De Cuaderno del Otro Lado)

SEMILLAS, BOSQUES.
(Acto Segundo)

Una serie de arcos de alambre, equidistantes, vencidos por el follaje que sobre el lomo sustentaban, creaban una especie de bóveda verdosa que venía a terminar frente a una puerta abierta y, bajo el marco, la figura de un hombre de mediana edad que parecía aguardarle. Vestía una camiseta con algún lema escrito a la altura del pecho, bajo las letras, el dibujo simple de una margarita, de un solo trazo, sin colorear. Pantalones cortos con bolsillos parcheados a nivel de los muslos, sandalias y un sombrero fabricado con algún material vegetal cuyas onduladas alas le ocultaban del sol e impedían ver con claridad el rostro, tan solo era perceptible unas lentes de montura negra encajada sobre la parte inferior de la nariz. Y la sonrisa, enigmática, ni cordial ni maléfica.
–Pase, le espero dentro.
El desconocido desapareció por el vano de la puerta, los claroscuros que dibujaban los miles de hojas expuestas al sol compusieron un truco de magia luminoso que le hicieron evaporarse. Zenón aceleró el paso, parecía temer que de un momento a otro el resto de la casa, el jardín, o tal vez él mismo, terminaran por diluirse en el brillo insoportable de la mañana. Dio una pequeña carrera y entro casi trastabillando en el interior de la casa.
–Tranquilo, hombre, por el momento no hay prisa, la urgencia vendrá posiblemente después, por ahora no tenemos nada que temer.
Lejos de tranquilizarle, las palabras dichas por el desconocido le turbaron, dejaron un poso de ansiedad en las encías.
–Imagino que me trae las semillas.
Como impelido por un resorte el nervioso mensajero comenzó a rebuscar en la mochila, la descomunal visera le caía sobre la frente y los ojos transformando el sencillo acto de buscar, en una labor ardua y difícil.
–¡Aquí las tiene! –Gritó triunfante Zenón. –La cajita que me entregó el autómata y el falso paquete, imagino era esto lo que esperaba.
–Perfecto. –Se limitó a responder el Autor. –Ahora necesito que se quite toda la ropa, incluida esa estúpida gorra, nuestro común amigo necesita abandonar esta casa, si le descubren será asesinado sin contemplaciones.
Zenón miraba al hombre que le hablaba sin comprender nada, desvestirse, común amigo, eran términos que no conseguía interpretar. Una voz, cacofónica, sin acento, proveniente del otro extremo del salón, le iluminó de repente las entendederas.
–Mis más sinceras gracias, su inestimable ayuda ha resultado esencial. –El androide caminaba a su encuentro con una mano tendida dispuesto a saludarle. –Sin usted nada hubiera sido posible, el futuro, los millones de generaciones venideras, y el sueño de llevar vida a otros mundos inertes, se lo deberán por siempre.
El contacto del metal le erizó la piel, el autómata exhibía, sobre el grupo fónico insertado en el rostro, un amago de sonrisa, La mano de Zenón se encontraba atrapada por unos dedos fríos, insensibles y delgados, que le transmitían gratitud, reconocimiento gélido y mecánico. Por un instante creyó comprender la causa que había llevado a proscribir a todos los robots. Los motivos, la justificación que promulgara la aniquilación de toda vida artificial.
–¿Le sucede algo? –Preguntó el Autor.
–¿Desvestirme para que esa máquina huya?
–No existe otra forma segura de hacerle abandonar este lugar. Créame.
–¿Pretende que me vaya desnudo?
El mensajero leyó el rostro del hombre que le condenaba sin remisión a permanecer en la vivienda, mostraba estupor y condescendencia ante la santa ignorancia. La lectura deducida, y más aún las palabras pronunciadas, resultaron ingratas a sus oídos.
–Me temo que nuestra huida tendrá que contar con otros medios, –le aclaró el Autor, –deduzco que no ha sido convenientemente informado de la repercusión de sus actos, y menos aún de las consecuencias a que se ha expuesto. Olvídese de todo, ahora es usted un fugitivo, solo están esperando que abandone el sector verde para detenerle, y en cuanto salga de aquí, los “meta-cazadores” asaltarán la casa buscando a nuestro amigo. Encarcelados de por vida en la Estación Penitenciaria Orbital o…, muertos. No tenemos ninguna otra alternativa. Y ahora, por favor, desvístase, incluida esa absurda gorra.
–¿Dejar la vivienda? –Preguntó asustado Zenón. –¿A dónde iremos?
–No se preocupe, todo está planificado desde hace tiempo, los primeros en abandonarla seremos nosotros, después lo hará Momo, eso nos dará una ligera ventaja. En cuanto al lugar al que nos dirigiremos, al sur, a los espacios desérticos, más allá de la frontera existe una colonia de máquinas, allí buscaremos y encontraremos refugio. –El Autor le miró y en sus ojos se adivinaba un sentimiento mal disimulado de lástima, el mensajero parecía completamente perdido. –Le voy a explicar someramente en lo que anda metido, esas semillas suponen la erradicación del hambre en todo el planeta para siempre y, es más, abre la posibilidad de llevar y expandir la vida a planetas hoy considerados estériles, muertos. Esos pequeños milagros no precisan del agua para desarrollarse, con una base de tierra, incluso inorgánica, y gases de cualquier compuesto, realizan algo similar a la fotosíntesis, lo que les hace crecer, madurar y dar fruto. Como imagino sabrá, todo proceso biológico se basa en el intercambio, y que éste genera normalmente un deshecho, un óbolo, esas plantas expelen oxígeno y vapor de agua. Imagine por un momento un mundo baldío, lleno de gases tóxicos donde la vida resulta imposible, ¿qué ocurriría un milenio después de haberlo cubierto con semillas?
–Entonces, ¿cuál es el problema?
–No sea iluso, el inconveniente son los grandes monopolios agrícolas y de la alimentación, el discurso es sencillo, si hace doscientos años, –comenzó a explicar el Autor, –urdido por los sindicatos se eliminaron los robots vinculados, bajo la absurda excusa de que condenaban al individuo a permanecer en un mismo nivel laboral durante toda su existencia, y que esto, perpetuaba y consolidaba una sociedad de clases, ahora nadie se va a escapar, así como así, del sistema. El orden actual precisa de la escasez, necesita la pobreza. El poder nos dice, os ofrecimos la posibilidad de ser libres y renunciasteis a ello, ahora asumid las consecuencias, no resulta posible volver atrás. Además, mil años son demasiados, mientras tanto de qué viviríamos.
–¿Robots vinculados? –Musitó apenas Zenón.
Unos pitidos rítmicos salieron del sistema fónico del androide, parecía darse, con ello, por aludido.
–Explícaselo Momo, –invitó el Autor, –al fin y al cabo, lo padeciste en tus propios metales.
–Bot vinculado, ¡oh, no! –Tras emitir una serie de sonidos que intentaba emular un carraspeo, el autómata comenzó con la explicación. –En el pasado, a cada ser orgánico capaz de producir le era asignado un robot, el nivel de complejidad y las capacidades del vinculado dependía de los conocimientos adquiridos y las titulaciones profesionales de la matriz, o sea, del ser biológico. Estos entes autómatas realizaban el trabajo destinado a los humanos, laboraban, cotizaba al fondo de pensiones y al poseedor, a la matriz, le eran entregados los bonos intercambiables, el dinero. La tecnología de entonces, hoy proscrita y anatemizada, permitía traspasar los conocimientos técnicos de un cerebro humano a los circuitos fluorados de memoria y almacenamiento de una máquina. Después ocurrió lo de los sindicatos, se promovieron huelgas que pronto terminaron en disturbios y enfrentamientos, al final, tras meses de inactividad productiva y con las economías mundiales empobrecidas, el poder de entonces claudicó. No fue el triunfo de la clase obrera, en realidad hacía decenios que no existían las clases, los monopolios, todas las formas de poder, abrieron los brazos para recibir alborozados a los esclavos pródigos…
–Se abrió de nuevo la jaula, –interrumpió el Autor, –y el animal que llevamos con nosotros comió hasta cebarse, se procuró todo tipo de estímulos químicos, inventó toda una enciclopedia donde glosar lo infame, lo patético y miserable que puede llegar a ser el hombre sin ideales. La humanidad entera se encontraba enferma, enfangada y aterrada, estaba necesitada, para justificar su paupérrima existencia, de las cadenas. Si no queréis ser libres volved al redil, parecían decir los poderes, todo volverá a ser como antes, nosotros determinaremos el futuro, trazaremos los límites.
–No fue así como me lo enseñaron- –Las palabras de Zenón salían trastabillando, oclusivas, descalzas y desencantadas.
–Tuvimos entre las manos la posibilidad de un mundo feliz, resultaba factible, y lo entregamos a cambio de grilletes y programas televisivos. Una mierda.
–¡Oh no! –Masculló el androide. –Deben ponerse cuanto antes en camino, recibo información que asegura que los “meta-cazadores” andan cerca.
–No hay tiempo que perder, ¡desvístase de una vez! –Vociferó el Autor.
El mensajero, con torpeza y pudor, se fue despojando de sus ropas, incluido la estúpida gorra, hasta quedar completamente desnudo. Un gesto de la cabeza de su anfitrión le hizo ver los ropajes que descansaban sobre uno de los sillones.
–Póngase eso, cuando termine bajaremos al sótano y nos internaremos por una galería horadada en la tierra que nos llevará al otro lado del cauce seco, en la zona azul. Pequeñas maquinitas, obsequio de los androides, han estado perforando la tierra durante cerca de un año, preparando, construyendo la huida.
Zenón, mientras se ponía la indumentaria prestada, miraba de reojo al autómata, éste se iba embutiendo sus ropajes con parsimonia y atenta dedicación. Sobre la cabeza, en forma de cubo invertido, se encontraba encasquetada la gorra ridícula, ahora entendía la verdadera función de aquel engendro con visera, ocultar el rostro luminoso y metálico de la máquina.
–¿Pondrá alguien al corriente de lo sucedido a Tabita? –Quiso saber el mensajero. –¿Tendremos oportunidad de reencontrarnos?
La densa mirada del Autor no dejaba opción a la duda, las pupilas parecían comunicar lamentos, adioses eternos.
–Su vida ya no participa del ayer, –respondió, –las autoridades comunicaran a Tabita que usted ha sufrido un fatal accidente, posiblemente de tráfico, le dedicarán un emotivo adiós repleto de frases manidas y la vida continuará discurriendo, a este lado de la existencia, sin su persona. El camino que se abre ante usted solo posee el hoy, desde el mismo momento en que se interne por la galería dejará de tener un pasado. Espero sepa apreciar, en todo su valor, esta magnífica circunstancia. Y, por cierto, entréguele el difmóvil a Momo, él lo necesita más que usted.

Los dos hombres descendieron hasta el sótano, arriba, en el salón, Momo permanecía inmóvil esperando el momento adecuado para abandonar la vivienda. Saldría con movimientos medidos, los ropajes le resultaban molestos y limitaban su capacidad de maniobra. Una vez fuera, montaría sobre la bicicleta y veloz, como tan solo era capaz una máquina, se alejaría del lugar en dirección a la ruta roja, las tortuosas sendas que transitaban los peligrosos arrabales, después la frontera y el desierto.
Los pasos de los nuevos proscritos dejaron de oírse en el salón, deambulaban por la galería ayudados por la pobre luz de una linterna. El Autor se detuvo en seco, abrió una mano y de ella surgió un pequeñísimo artilugio metálico con forma de pájaro que, de inmediato, empezó a volar proyectando un potente haz luminoso que apartaba a golpes sombras y oscuridades.
–Este amiguito nos llevará hasta el mismo asentamiento. Su diminuto tamaño le hace invisible a los escáneres.
El agujero por el que discurrían le resultaba a Zenón opresivo y claustrofóbico, pese a la poderosa luz que les antecedía, al tranquilizador ronroneo que delante de ellos les iba marcando el camino, y a los intrascendentes comentarios con que su acompañante le regalaba, sentía una urgencia, por momentos incontrolable, de abandonar cuanto antes el inacabable túnel. Caminaba y pensaba obsesivo, ver aquellas paredes sin refuerzo alguno, carentes de cualquier forma de viga o contrafuerte, con marcas equidistantes que denotaban el trabajo concienzudo y preciso de máquinas perforadoras, le ahogaba por momentos. Un solo deseo se abría paso en su alma, salir cuanto antes de la redondez tubular de aquella frágil madriguera.
–¿Queda mucho? –Se escuchó así mismo preguntar sin ser capaz de reconocer siquiera su propia voz.
–Lo ignoro, jamás la he recorrido, pero me tranquiliza tener como acompañante a este pequeño guía.
Providencialmente, al fondo, mientras hablaban sobre vaguedades, vislumbró una luz brillante que dibujaba un círculo imperfecto, señal inequívoca de que la salida estaba cercana.

El cauce seco del arroyo se encontraba revestido de cemento, una hondonada natural que separaba dos sectores bien diferenciados de la ciudad y que alguna vez sirvió, cuando aún había lluvias, para encauzar las aguas que descendían desde las lomas cercanas. Todo un compendio del deshecho humano se encontraba representado en aquella rambla domesticada, lavadoras, carritos de bebé, un prehistórico automóvil dorado por la herrumbre, un glosario que hacía referencia al pasado, ese que Zenón había perdido, y que mostraba lo efímero que podía llegar a ser el futuro venidero.
El artilugio volador continuó planeando por la cañada, ahora, a plena luz del día, los proscritos eran visibles para los drones.
–Intente caminar pegado al muro que proyecta sombra, –recomendó el Autor, –aunque nos hayan catalogado como terroristas, últimamente a todo lo que está en contra del poder le ponen esa etiqueta, no tenemos la preparación adecuada para desenvolvernos como tales.
–A usted le definirán así, –parecía que el humor, alumbrados por la claridad solar y fuera del opresivo túnel, regresaba al ánimo del mensajero, –a mí me harán unas exequias casi de estado, recuerde que no hace tanto, un par de días a lo sumo, yo era un héroe, el aniquilador de androides corruptos.
–Tiene razón, ¿Tabita dijo que se llama?
–Si, ¿por…?
–Bueno, para ella será una terrible sorpresa, no sé, asumió el no volver a verla con bastante tranquilidad, como si en el fondo le diera igual.
Zenón no respondió, todo había ocurrido velozmente, aún no había asimilado por completo nada de lo que estaba sucediendo, proscrito, terrorista, seguían siendo términos que se aplicaban a los otros, no a él, a él no.

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