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(De Cuaderno del Otro Lado)

SEMILLAS, BOSQUES.
(Acto Primero)

El sueño llegó transportado en una mezcolanza, un batiburrillo donde cohabitaba el encargo que llegaría a la mañana siguiente y el horror perfecto, de impecable factura, del programa en directo inspirado en la hambruna: “Boreal”. Tabita no cedió, el afectado enfado, su monumental cabreo, parecía apoyarse en algún evento, sucedido dentro o fuera de la cabeza, real o ficticio, que le reafirmaba como ser vivo. No podía entretenerse con las obsesiones de otros, la realidad, en forma de ser mecánico, llamaba insistente a su puerta. Casualidad, premio especial por hacer las cosas bien. Respetaba el horario, intentaba que las entregas llegasen en la hora prefijada. Se saltaba semáforos, buscaba atajos, utilizaba a veces las aceras intentando no detenerse, y ahora le entregaban una mención por su comportamiento ejemplar. –Menuda manada de imbéciles, –pensaba mientras el sueño comenzaba a levantar paisajes. Por unos breves instantes accedió a las imágenes que la sique iba construyendo, el análisis fue posterior, cuando un sobresalto, de esos que a veces le sorprendían en mitad de una pesadilla, le despertó. Con los ojos abiertos como exclusas, mirando el resplandor que por el balcón penetraba, una sensación conocida, extrañamente familiar, estaba asentada ya en alma. No era la primera vez que le sucedía, tampoco el poso dejado resultaba igual. En otras ocasiones, aquello, lo soñado, le resultaba parte intrínsecamente ligada a su persona. Como ese abrigo que jamás usamos, pero es nuestro, nos viste, nos vistió en alguna ocasión. Lejana, olvidada. Sin abandonar la postura, en el mismo filo del futón, con una pierna sobre el suelo, retazos de lo soñado danzaban aún por la memoria. Bosques. ¡Bosques! Jamás, salvo en imágenes, había contemplado uno. Aunque lo hubiese deseado esa posibilidad le estaba totalmente vedada. Según el Ministerio de Calidad Medioambiental apenas quedaba unos cuatro islotes verdes diseminados por el planeta. Reservas integrales. Acceso tan solo permitido a estudiosos y científicos. Existía una creencia popular sobre aquellos supuestos espacios protegidos y era, que se trataba de una falacia, una mentira, otra, para que esa maldita y bien gestionada esperanza siguiera haciendo de las suyas. En su recorrido onírico había visto bosques. Montañas enteras cubiertas de árboles, arbustos, plantas, setas y hongos. Una lluvia menuda y limpia caía de continuo. El suelo se encontraba bañado de hojarasca, flores, diferentes, coloridas. Viajaba en un antiguo automóvil y una melodía, que jamás había antes escuchado, parecía instalada en el interior del habitáculo. ¡Bosques! Le acompañaba una mujer desconocida, recordaba haber hablado con ella, pero era incapaz de saber de qué.
–Te lo mereces, –había leído en la mención encriptada.
Zenón se incorporó hasta quedar sentado, a su lado, entrelazado entre la ligera sábana, estaba el cuerpo de Tabita, tan lejano, quien sabe dónde estaría en ese momento. La sensación que le había dejado lo soñado estaba más presente que el propio instante, le resultaba mucho más cercana. Era como si le hubiesen arrancado de aquel lugar irreal, para después, condenarle a vivir en una realidad distinta, dolorosamente diferente. Abandonó el lecho intentando no hacer ruido, no le apetecía mantener una conversación con nadie, y eso, incluía a la mujer que dormitaba al lado. Se dirigió al balcón, desde fuera llegaba un aíre húmedo y denso, un camión chirriaba recogiendo la basura, voces de los operarios, una sirena lejana que por momentos parecía acercarse para, después, perderse en dirección oeste. Bebió agua directamente del grifo y se volvió a recostar, deseaba, en lo más profundo de su ser, retomar el sueño, volver a los bosques. Y es que en el fondo de su espíritu creía merecerlo.

Se levantaron a la vez, aunque resultaba evidente que no al unísono. El café burbujeó, los vasos tintinearon, el azúcar dejó sobre el mantel de papel rastros indescifrables de dulces diamantes. Las bicicletas se encabritaron por las escaleras y un anodino –hasta luego–, quedó pegado en las bombillas mugrientas del rellano.
No pasaría por la barraca de Eugene, temía que el tal Keeper estuviese allí, o que hubiera dejado un mensaje concertando una futura cita. Directo a la mensajería. Lo temprano de la hora le permitió detenerse por unos minutos en el mirador de Ómnibus, un semicírculo abovedado que apenas albergaba media docena de bancos macilentos y despostillados, Desde aquella atalaya, sin desmontar del biciclo, se podía contemplar una vista parcial de la Vía Pía, a esa hora se encontraba a punto del colapso, los transportes colectivos circulaban uno detrás de otro, casi tocándose. Parecía un gusano que se hubiese tragado a media ciudad y cuyos carteles publicitarios, impresos sobre la chapa, lo hacían multicolor. Zenón miraba con los ojos perdidos, retazos, ya casi migajas del sueño, le mantenían atento y triste. Bosques. Después de asomarse al balcón, cuando se hubo acostado, la fortuna le sonrió de cara, enganchó de nuevo con la fantasía onírica, el automóvil vintage, la mujer desconocida y la banda sonora de violines y violas. Miró el difmóvil, presionó con levedad el pedal que se encontraba más elevado y se puso en movimiento.
Como todos los días se dejó caer por la pendiente que llevaba hasta los sótanos, aparcó el biciclo en los arneses metálicos activando con ello el contador de presencia. Con una precisión casi mágica el reloj se puso a cero, las bocanas expendedoras exhibieron el número de identificación, inmediatamente, comenzaron a expeler los paquetes, Zenón fue pasando el difmóvil por encima de las etiquetas fluoradas grabando, como todas las jornadas precedentes, destinos, y rigurosas órdenes de entrega. Miró la pantalla del dispositivo, ruta verde anormalmente corta, roja inexistente, azul, una sola recogida. Zenón se ajustó el casco, desplegó la pantalla de interacción sobre el ojo izquierdo. Hasta ese preciso instante no se había percatado, pero de fondo, a través del diminuto trocito de vidrio, con las sendas coloreadas en primer plano y levitando sobre el aíre, pudo percibir los ojos del resto de repartidores clavados en su persona como dardos. Murmuraban entre ellos, le señalaban con un ademán de la cabeza. Un aguijón destacaba sobre el resto, una poderosa fuerza visual apartaba ojos, pestañas e intenciones, Mila, apoyada sobre su pierna exógena, garza odiosa, parecía observarle con especial intención. Zenón le devolvió una sonrisa que la obligó a pestañear, aquel gesto la había señalado, descubierto.
Mientras volvía hacia los arneses donde se encontraban las bicicletas, pensó en la contradicción absurda que suponía mantener su identidad en secreto, todos sus camaradas en “Ultracic-Express” estaban al corriente de lo sucedido, Escases de entregas, la veterana mensajera marcándole como un halcón a la presa, las murmuraciones, todo le llevaba a pensar que estaba siendo vigilado. Un instante apenas, la visión de los bosques acudió a su encuentro, tabla de salvación, saeta que señalaba un rumbo obligado. ¿Obligado? Podía elegir, sí, todo dependía del propio albedrio. –Estaba bien eso de engañarse conscientemente, sobre todo si resulta imprescindible para proseguir. –Se decía a sí mismo.
Pedal, cadena, básico y efectivo. Pedalada y el movimiento comenzaba con la cadencia de los objetos fugaces, aquellos que se alejan. Había olvidado la mascarilla una vez más. Sangraría, escupiría gotitas de sangre mezclada con saliva al terminar el día. Atravesar la Vía Pía, los transportes colectivos llevan rostros tristes o aburridos, carril de biciclos, una manada de herbívoros metálicos trotando en dirección a una sabana soñada. Bosques. De alguna forma se le estaba entregando la sagrada posibilidad de mandar a la mierda todo.
La ruta verde transcurrió sin incidentes, un par de entregas, rostros anodinos que pasaban el dedo índice por la pantalla confirmando que, ellos, eran quién decían ser. Ruta azul, recogida en la calle setenta y siete, número de edificio ciento veintitrés, segunda planta, puerta dieciocho, guion “A”.
Dejó el biciclo “amarrado” a un poste sin mensaje, quitó el sillín, el portal se encontraba franco, la puerta no cerraba. Zancadas, peldaños de dos en dos. Antes de entrar en el edificio tuvo la precaución de mirar al cielo, ningún dron lo circunnavegaba, al menos a una altura comprometedora. Pasamanos erosionado y con iniciales grabadas a punta de navaja. Todo se repetía, fuese la época que fuese, los seres humanos refrendaban las mismas tonterías. Frente a la maldita puerta en cuestión detuvo el brazo justo delante del timbre, miraba su mano como quién observa algo ajeno, un documental televisivo sobre la insensatez y la locura, algo parecido a “Boreal”. El dedo índice entró en contacto con el pulsador, una melodía, conocida, repetida diariamente en miles de hogares, se dejó escuchar cristalina y alejada de su origen real, completamente desvirtuada. Fueron segundos, tal vez tres o cuatro, una voz infantil preguntaba sobre intenciones. Comprobó la dirección en el difmóvil por si se había equivocado de puerta, todo correcto, suspiró aliviado.
–¿Qué desea? –Le pareció que se trataba de una niña.
–Mensajería. –Anunció en tono profesional. –Recogida de paquete.
–Un momento, espere. –Ahora era la voz de una mujer quien le invitaba a tener paciencia. –Deme un par de minutos.
Miró a ambos lados del largo corredor, puertas semejantes, hilera interminable de cubículos donde hacinar calcos, vidas sin objetivos concretos, la final de la e-Sport, la compra masiva de víveres en el super de la esquina, tomar una cerveza mientras se ejecuta el tópico de la interacción. Nadie escucha, todos repiten, caen en las mismas miserias, se dejan guiar por lo ya ocurrido, por eso que suponen solo les sucede a ellos…
El sonido de una cerradura al destrabarse le expulsó del pensamiento, la puerta se abrió apenas unos centímetros, una cadenita plateada la mantenía débilmente inaccesible. La pequeña mano de una niña se escurrió entre el quicio, cerrada, morena, como quien ejecuta el final de un truco de magia se giró lentamente y, uno tras otro, los deditos se fueron abriendo para mostrar, sobre la palma una cajita de madera, un cordel mantenía adherida la etiqueta fluorada oficial. Una voz adulta de mujer recitó una dirección, palabra por palabra, se dijera aprendida de memoria.
–Las Acacias, calle, dieciséis, número. –Un brevísimo silencio. –Le espera el Autor, no se demore. Póngase esto, ruego se lo. –Otra mano, esta vez adulta y presumiblemente de mujer, le entregó una extraña gorra de visera descomunal. –Imprescindible, necesario que la lleve puesta cuando la entrega vaya a realizar. No lo olvide.
Y la puerta se cerró de golpe. Zenón caminó cabizbajo por el largo pasillo, al fondo, la puerta de emergencia se encontraba semiabierta, la claridad exterior dibujaba una cuña luminosa sobre el sucio suelo. Salir por aquel lugar resultaba, a su novelesco entender, la forma más segura de abandonar el edificio. La voz de la mujer caracoleaba en sus oídos, la entonación le era familiar, fría, impersonal, casi idéntica a la del androide. Colocó la cajita de la etiqueta, la que le permitiría atravesar los controles de la zona verde, en la bolsa que llevaba en bandolera, justo al lado de la verdadera. Miró la extraña gorra, parecía de broma, el atrezo de un disfraz. Entreabrió un poco más la puerta de emergencia, lo suficiente para sacar la cabeza al exterior, en la esquina estaba la bicicleta, le esperaba fiel y ajena a sus miedos. Unas escaleras, despostilladas y carcomida de herrumbre descendía pegada al muro del edificio. En la calle no había nadie. Un silencio diario, el de las diez de la mañana, se esparcía entre los contenedores de basura. Los malditos recortes del presupuesto estaban convirtiendo la zona azul en un vasto vertedero. Comenzó a descender totalmente horrorizado, aquel enjambre de hierros amenazaba con desintegrarse en cualquier momento. Cada paso dado era un crujir, un retumbo de metal herido, la idea de abandonar el edificio de la manera más sibilina posible se había transformado en una fanfarria delatora y altisonante. Palpó instintivamente el sillín alojado en el cinturón, seguía, como era de esperar allí, solícito y deseando ser útil. En el mismo momento en que sus pies tocaron tierra, todo fue una sucesión de movimientos repetidos y automáticos. Pedalada y sonrisa interior. Buscar la Vía Pía. Resultaba posible que todos los miedos, esos que amontonamos junto a la almohada, los que atesoramos frente al espejo, no fuesen otra cosa que elucubraciones falsas y enfermizas. Pudiera ser que la entrega se efectuase sin ningún tipo de percance, con normalidad. –Maldita palabra. –Se dijo a sí mismo.
Zenón fue flecha, dardo preciso y medido, una aritmética doblando esquinas y perfilando rectas presentidas. Jamás hubo circulado, traspasado distancias, con tan exquisita certidumbre, era no pensar, ejecutar los movimientos tal y como el cuerpo lo recordaba. Un abandono, una negación del pensamiento y la consciencia que le transportó sin incidentes hasta el mismo corazón de la ruta verde. Allí todo distinto, las torretas de vigilancia le auscultaban, escáneres de infrarrojos, ojos de metal muerto le arañaban los adentros y pausado, midiendo cada mínimo impulso de sus pies para no dejarse llevar por el entusiasmo, se encontró detenido frente a la dirección indicada. Calle de Las Acacias, número dieciséis. Una casa de un solo nivel, contrariamente a los usos del adinerado sector verde, no tenía piscina y la edificación tan solo ocupaba una cuarta parte del terreno en que se asentaba, el resto, todo jardín, hirsuto, salvajemente descuidado. En la esquina del vallado de madera un mercenario le miraba, el arma que transportaba se sostenía sobre el hombro derecho con el cañón apuntando al suelo, franca, dando por sentado que la etiqueta fluorada, leída por los sensores nada más entrar en la ruta, le permitía transitar y moverse por aquel lugar. Una sonrisa amable, un gesto indefinido devuelto por los labios del perro alquilado, el chucho de uniforme y gafas tintadas no parecía necesitar mostrarse cordial, no le pagaban para ello. Dejó la bicicleta apoyada al lado de la cancela, en esos barrios no era preciso desensillarla ni encadenarla a ningún poste, nadie en su sano juicio se atrevería a contravenir la más sagrada de las normas, la inviolabilidad de la propiedad privada. Pulsó el botón plateado del interfono mientras se colocaba la ridícula gorra, un ruido arenoso se propagó desde el altavoz y una voz, adulta, modulada, no emitida por ninguna máquina, le invitó a entrar.
–Pase, le estaba esperando.
La simple y cotidiana invitación heló el alma del hombre, toda la inconsciente displicencia demostrada hasta el momento, la fría profesionalidad que le había guiado hasta el final del recorrido, se contraía, se transformaba en cortantes cristalitos de hielo que le impedían hablar. Un retumbar eléctrico destrabó el cierre de la cancela, el portón se entreabrió mostrando un sendero de trazado irregular construido a base de piedras planas y desiguales. Penetró torpemente, tras de sí la portezuela se cerró deslizando un pestillo metálico y falto de grasa por el marco de hierro. A ambos lados del camino la vegetación se exhibía sin recato ni pudor, arbustos variados se mezclaban sin orden, diferentes especies de enredaderas trepaban por los troncos de media docena de árboles cuyas copas, redondas y apretadas, oscurecían el entorno. Zenón caminaba maravillado de tanto verde, recordó el sueño, los bosques que jamás llegaría a ver. Sintió miedo, irracional, de esos que a veces le invadían cuando no encontraba una sola verdad en la que apoyarse. La casa parecía haberse esfumado, seguía caminando y solo un tapiz verdoso, del que ya no era capaz de diferenciar nada, se esparcía incontenible frente a sus atónitos ojos. Otra vez la voz, guiándole, como un faro audible en mitad de una tempestad de clorofila enardecida.
–Un poco más, continúe sin abandonar la calzada.

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