9.- “Artes y Mancias” (De Las Aventuras de Tutúm) Cuento por M. Martínez Fdez.

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9.- ARTES Y MANCIAS.

La urgencia les hizo tropezar y rodar cuesta abajo como dos pelotas de goma. Tutúm cada vez estaba más sucio, llevaba adherido a la felpa briznas de hierba, trozos de ramitas y esas semillas picajosas llenas de púas que intentan parecerse, sin mucho acierto, a las arañas. Gagón por el contrario, cuando algún pequeño trozo de bosque se le quedaba pegado al cuerpo, se constreñía con fuerza, hasta que éste salía disparado como un diminuto proyectil. Sentados en el suelo, los dos compañeros miraban con agradable extrañeza y excitado temor, el derredor con inquisitivo gesto. Nunca antes habían estado en aquel lugar, Pomomo no poseía una forma concreta, los límites de la ínsula se encontraban ocupados por una espesa niebla que ocultaba tierras desconocidas, espacios, en la mayoría de los casos, aún por definir. En ese ir y venir de sus ojillos admirativos, Gagón se tropezó con la perpleja mirada de Tutúm. Le observaba a él con evidentes signos de perplejidad y asombro.
–¿Qué sucede? –Preguntó alarmado.
–Sucede tú, aquí en el bosque estas como más…, –el osito hizo una pausa para agregar de inmediato, –mejor lo compruebas por ti mismo.
A partir de que aquellas alarmantes palabras fueron dichas, todo fue un arriba y abajo, un hacia allí o por aquí, en busca de un aquietado charco, o de cualquier superficie que fuera capaz de reflectar la luz y por ende una imagen. Tras numerosas vueltas sin una dirección concreta, se tropezaron con un pequeño embalsamiento, el arroyo que lo originaba transcurría a través de los árboles sin definir sus riberas, empantanaba el sitio obligando a caminar con el agua hasta los tobillos, pero en aquel preciso lugar se arrellanaba entre unas rocas creando una hermosa y diminuta laguna.
–¡Detente! –Pidió Gagón acongojado, –Voy a mirarme en el agua.
El osito se detuvo absolutamente contrariado, la felpa era una especie de esponja ávida por absorber toda el agua que poblaba el entorno, y su cuerpo comenzaba a parecerse a una bota, una línea oscura le dividía en dos mitades, el margen superior estaba por el momento seco, pero la zona inferior era todo chapoteo y humedad con aromas a juncos y ranas.
–Date prisa, comienzo a anquilosarme. –Le contestó contrariado Tutúm.
Poco a poco, arrodillado sobre una piedra plana, sin querer contemplarse de repente, Gagón se fue asomando al cristal del agua. Cuando el rostro le devolvió la imagen desde la superficie aquietada de la laguna, un terror infinito le invadió por dentro, lo que sus ojos miraban no era otra cosa que la faz terrible de un monstruo, feo, burdo, y para colmo, más inspirador de lástima que de terror.
–¿Eso soy yo? –Quiso saber sin poder dejar de mirar al extraño ser que movía los labios cuando él hablaba.
–Eso eres tú, –contestó sin piedad el osito, –por eso resulta necesario detener al metomentodo de Tantán. Si en el mundo de lo aparente alguien te definiera, te nombrara, quedarías por siempre atrapado en la forma que ahora te contiene.
–Y malviviendo en este terrible bosque.
–Exacto, –apostrofó Tuntúm, –pero siempre sería mejor estar aquí que en sitio alguno, como le ocurre a la Mola de Batana. Y ahora que la nombro… se me ocurre que la intención de dejar pasar a Birlo, e incluso a nosotros dos, no tiene otra razón de ser que intentar el colapso de ambos planos, así ella podría, al menos, tener un lugar donde poder ser.
–¿En el bosque? ¿Junto a todas las aberraciones que el mundo de lo aparente ha creado?
–Ya te he dicho, –insistió el osito de felpa, –preferirías, incluso tú, este lugar, antes que no tener nada.
Gagón era incapaz de deja de contemplarse en la superficie de la diminuta laguna, el agujero izquierdo de las narices estaba pegado al ojo, una de las orejas apenas era un brote y la otra, una larga excrecencia que se doblaba pálida sobre sus espaldas. La boca era un largo hocico negruzco que, al abrirse, mostraba una hilera de dientes grandes, romos y amarillos.
–¿En qué se supone me iba a convertir? –Preguntó angustiado.
–En un asno, un encantador burrito trotón y simpático.
Aquella respuesta dejó un Gagón pensativo y desilusionado. Hasta ese instante jamás había conocido la forma que le iba a contener, tampoco tenía una idea exacta de lo que era un rucho, pero por lo que había escuchado, se trataba de un animal con muy mala fama, inmerecida, pero mala. Tutúm parecía leer el pensamiento de su compañero.
–Ese es el motivo por el cual no deseo dejar mi futuro aspecto en manos de un estúpido niño, si conseguimos que Nelo termine de dibujar el círculo y que su sueño sea más profundo aún, seremos nosotros mismos los que nos daremos forma, –el osito esbozó una sonrisa maléfica y torcida, –podremos elegir cualquiera de las aberraciones que el mundo de lo aparente ha nombrado, y no solo eso, estaremos en condiciones de mezclarlas y con ello, crear algo nuevo, poderoso, letal y único.
Gagón le miró con inquietud, la palabra aberración, ojillos acuosos, letal, temblor de hocico, y poderoso, le producía algo similar a un comienzo de pánico retenido.
–¿Qué seres pueblan el bosque? –Quiso y, a la vez no quiso, saber.
–Licántropos, hematófagos, íncubos, súcubos, espectros variados y entes de diversas mitologías.
El burro incompleto le miró con sorna no exenta de temor, aquellas palabrejas resultaban en apariencia inocuas, definiciones que no escondían un nombre concreto y significativo. Mientras utilizasen una terminología similar podían considerarse salvos.
–Y ahora pongámonos en movimiento, aquí atardece y anochece como antes lo hacía en toda la ínsula, –advirtió Tutúm, –debemos encontrar a Birlo antes que éste contacte con Batana, esa bruja lleva despechada mucho tiempo, su inquina y odio hacia el mundo de lo aparente ha crecido, tendríamos un serio problema si se alía con Tantán.
Miraron entre las copas de los altos árboles la dirección en que venían los rayos de luz enviados por Solaurión filtrados por el follaje, el norte se encontraba justo delante.
Caminaron extasiados y sorprendidos, aquel selvático lugar escondía una belleza profunda. Troncos abatidos cubiertos por mullidos cobertores de musgo, líquenes que, como guirnaldas grises, se mantenían colgando de las ramas, pequeñas lagunas adornadas por piedras verdecidas, nacaradas. Setas de gran tamaño y colorido ropaje, sonidos indescifrables, pequeños, compactos, como si un poblado e invisible quehacer sucediera de continuo alrededor.
Cuando la luz comenzó a menguar, unos aullidos, gruñidos y vocerío, se empezaron a percibir en la lejanía, Gagón buscó de inmediato el contacto directo de la felpa del osito, sucia, muy sucia, y a la vez, reconfortante. Buscaban sin demasiado éxito un hueco, un lugar en el que pasar su primera noche como oribaa mendicantes. La cuesta por la que ascendían, ayudados de las manos, parecía llevarle directa al origen de los vozarrones. Pegaron el rostro al suelo cuando se encontraron a punto de coronar la cima, un resplandor rojizo se elevaba de la vaguada que, al otro lado de la loma, sin género de dudas debía haber. Con cautela asomaron las narices y, tras ellas, los bulbosos ojos, bulbosos y dislocados en el caso de Gagón. Lo que contemplaron les obligó a contener la respiración por temor a ser presentidos. En un claro, iluminado por una gran hoguera, varios seres danzaban describiendo un círculo alrededor de la fogata, el contraluz, la negrura reinante, y un terror profundo, les impedía determinar qué eran aquellos entes danzarines. Un monótono cántico emergía de algún lugar situado fuera del ámbito de luz que proyectaba la lumbre.
–¿Qué son? –Musito con voz temblorosa Gagón.
–No los distingo con claridad, esperemos a ver qué hacen, tal vez sus actos nos den una idea más precisa de a lo que nos enfrentamos. –Sugirió en un susurro Tutúm.
–¿Enfrentarnos? No tenemos necesidad de enfrentarnos a nada. –Protestó el fallido proyecto de asno.
–Es una forma de hablar, una imagen…
–Sé preciso, –le interrumpió malhumorado, –tu manera de hablar me provoca miedos y temores innecesarios.
–Parecen magos, brujos y brujas. –Indicó triunfante el osito.
–¿Son peligrosos? ¿Debemos temer algo?
–Aquí todo puede ser, o no ser, peligroso, –explicó didáctico, –aún me cuesta trabajo determinar cuando algo, en apariencia inocente, deja de serlo.
Abajo la danza y la música continuaban, una melodía envolvente, antigua y rehecha miles de veces con fibras de seres muertos, mantenía a los danzantes girando como peonzas vivas. Fuera del resplandor, en la frontera donde la luz apenas se atrevía a meterse, una voz de cristal roto exclamó una alerta sobresaltada.
–¡Huele a nada! –Retumbó de entre las sombras. –¡Allá arriba!
Los bailarines no se detuvieron, prosiguieron la zambra con más vehemencia, componiendo movimientos sincopados y eléctricos, pero de la oscuridad, como si el cauce de un río aéreo se hubiese abierto de repente, surgió una lengua líquida que ascendió por el aíre y en cuestión de dos pasmos, se lanzó sobre los sorprendidos oribaa. Demasiado tarde para ellos, envueltos en una burbuja de baba transparente y viscosa, mezclados y adheridos al extremo de aquel largo apéndice, descendieron velozmente. La hoguera, los danzantes y las sombras, giraban frenéticamente, la música, intensa y reparada con huesos triturados, se incrustaba en los oídos, todo era revuelta, canción, fogata y, de repente, un quedar detenidos, suspendidos de una gota gruesa y glutinosa que pendía de un labio verdoso y con escamas.
–Os lo dije, no olía a nada, y nada huele así. –Anunció triunfante la voz de cristales rotos. –¿Qué hemos cazado? –Se preguntó a sí misma. –Dos elementales de alto rango. –Se respondió.
El resto del ser, el origen de aquella lengua que les mantenía pegados y oscilantes, comenzó lentamente a abandonar las sombras. Un reptil grande, de ojos saltones y escamas como bellos vidrios de colores, se situó junto a la lumbre. El cuerpo del enorme animal brilló en miles de resplandores, un arcoíris multicolor iluminó la noche ahogando el delicado titilar de las estrellas. El osito comprendió el porqué se mantenía en la oscuridad, la proximidad a cualquier fuente luminosa hubiese delatado su presencia, y eso era lo último que ningún cazador desea.
A pesar de la embarazosa situación en que se encontraban, Tutúm se armó de valor, sabía que achantarse en circunstancias extremas era lo peor que se podía hacer, así que decidió tomar la iniciativa. Siempre era lo más acertado y además concedía algo de tiempo extra que, visto desde el extremo de una lengua adherente y viscosa, no resultaba en absoluto nada desdeñable.
–¿Quién eres? –Preguntó con insolencia.
La bestia comenzó a reír, un sonsonete cóncavo y cavernoso que hacía pendular la gota, en la que se encontraban atrapados, con una cadencia pausada de mecedora de abuela.
–Pregunta qué quién soy. –Repitió con sorna el enorme reptil. –¿Habéis escuchado todos? ¿Qué quién soy?
Y las carcajadas salieron de la boca formando pequeños torbellinos de aíre que, girando al igual que tiovivos, se unieron a los danzantes. Formas turbias que cuanto más se las miraba, más y más adquirían la apariencia de seres humanos, aquellos que poblaban el mundo de lo aparente.
–Soy el Camarlengo Magón, ¿acaso nunca habéis oído hablar de mí?
El osito, con la felpa empapada en babas y el rostro pegado a la gelatina, negó como pudo con la cabeza.
–Jamás antes, nunca jamás. –Recitó todo lo alto que pudo. –Más bien pareces un enorme camaleón, de esos que comen mosquitos y sucias moscas.
–Vaya, vaya, hemos atrapado un elemental contestón. –Respondió el enorme animal sin mover la boca. –Y no como moscas, más bien me anteceden, cuando estamos prontos a aparecer ellas son nuestros nuncios, avisan que llegamos…
–Aún no has contestado a mí pregunta. –Interrumpió Tutúm.
–Soy diverso, múltiple, y cada cual me ve según sus íntimas intenciones, el deseo que le empuja a ellos me otorga forma y definición. –Los ojos del Camarlengo se desquiciaron en varias direcciones contrapuestas. –Sanador me dicen, mago nos llaman, hechicero ardemos, brujos sobre un limpio pedestal de retamas donde las llamitas del miedo arden y bailan.
–Entonces eres el Nigromante. –Afirmó rotundo el osito.
–Me decepcionas, reduces en exceso todo el colorido manto que me envuelve. –Agitó la cola y agregó. –Observa las vidrieras que me visten, los hermosos trabajos del estaño y los cristales de colores. Allí podrás ver las sinuosas formas, las enormes caras de una poliédrica existencia.
Los oribaa, balanceándose en el extremo de la lengua del Camarlengo Magón contemplaron maravillados como, la pedrería de colores que envolvía el cuerpo de aquel enorme camaleón componía vidrieras de catedrales, escaparates de colores que representaban la compleja diversidad de la que aquel inmenso monstruo hablaba.
–Mirad elementales, dimos salud, hojas de hierbas maceramos y destilamos y a cambio, nos devolvieron miedo en forma de fuego. –La carcajada, seca, única, sonó como la campana de un enorme templo. –El gato y la escoba, la vara y el cetro, búho de ojo abierto en la negra noche del embeber conocimiento. Apartar la paja estúpida que oculta los secretos, entonces nos huyen y elevan a cierto, la mentira que esgrimen los asustados necios. –La campana retumbó por seis veces como un prolongado trueno. –Vivimos ofendiendo, la alegría insulta al recato de los mentecatos, al temor de los memos. El baile invita al roce, y el contacto a sentirnos ciertos. El obtuso se deja seducir por lo que en sus ojos es solo reflejo, y olvida lo veraz del alma emancipada, los blancos deseos. El equipaje que transportas ni una onza al peso si en realidad, a lo que más quieres, le deseas libre en el vuelo.
–¿Por qué entonces os desterraron al bosque? –Preguntó con impertinencia el osito. –Si amáis la verdad que otorga el conocimiento.
El Camarlengo Magón, con un chasquido, seccionó la gota adherente que pendía del extremo de su labio inferior y que mantenía en el aire a los dos oribaa. Éstos cayeron sobre el suelo como dos esponjosos fardos, la música se detuvo de inmediato y los danzantes quedaron de repente petrificados. La campana invisible, el imaginario cuenco de bronce que coreaba sones metálicos, lanzó un eco mortecino que se repitió por doce veces. El inmenso camaleón, con su hábito de pedrería apagado, consiguió por un breve instante mantener ambos ojos mirando en una única dirección.
–No hay mayor culpa, imperdonable, que obligar a un ciego a ver. –Sentenció misterioso. –El mundo que imaginaba cierto, los colores cuyos nombres evocaban las cosas, azul el mar, oropel de estrellas, cal viva para Lumara, desnudos ahora se muestran y nada encaja. Imperdonable. –Repitió con tristeza.
–Todo esto resulta muy confuso, –reconoció Tutúm, –creía que el bosque era el lugar donde, el mundo de lo aparente había desterrado, para defenderse de ello, a todo lo monstruoso, las aberraciones y quimeras febriles.
El Camarlengo Magón sonrió sin mover sus petrificados labios, un susurro de serruchos, un quehacer de marquetería, así lo indicaba.
–Parece que vas comprendiendo, –agregó, –y ¿cuál es la conclusión a la que llegas? Yo no puedo decirlo.
–Sólo se me ocurre una posible… –aventuró mientras sentía como Gagón le jalaba con disimulo la felpa de la cola.
–Cuidado con lo que dices, –le aconsejó tembloroso, –su poder es inmenso, no le contraríes.
Tutúm, envalentonado, sacó pecho de borra, la verdad no podía ofender al Magón, si lo que había afirmado era cierto.
–Los monstruos, las aberraciones más terribles, lo abyecto y cruel habita, en realidad, en el mundo aparente de los humanos, no aquí.
El Camarlengo chasqueó la poderosa lengua imitando un aplauso rítmico y lento, los danzantes volvieron a moverse, la hoguera se apagó por completo y la girándula que todos compusieron, se evaporó con los primeros rayos de luz que Solaurión regalaba.
–¿Ya es de día? –Preguntó el fallido burrito.
–Algo más, –agregó Tutúm misterioso, –puede que, en realidad, sea nuestra primer verdadera jornada.
Gagón no era muy despabilado, le miró sin entender nada y encogió sus inexistentes hombros. Al fin y al cabo, ¿qué más daba?

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