9134907-Copia-de-vectores-de-un-grabado-medieval-que-representa-llegar-al-borde-del-mundo-Foto-de-archivo

8.- CUESTIÓN DE APARIENCIA.

Cuando el automóvil enfiló la cuesta, la tarde ya se columpiaba en los postes de la luz y su triste gozo tiznaba al horizonte que, enfadado, mandó tintar los lejanos montes de disgustados violetas y rosados estertores. La emisora de radio repetía a intervalos su particular tormenta de polvo, voces neutras llegaban y se marchaban ahogadas por un aluvión de sonora arena. Petunia apagó el aparato cansada de aquel guirigay sin sentido y se dedicó a contemplar el resplandor que los faros del coche lanzaban hacia delante. La luz se precipitaba al tomar una curva en un vacío nebuloso para regresar, de repente, aferrada a alguna peña o al pretil de la estrecha calzada. La carretera trepaba la montaña caracoleando, a lo lejos, en lo alto, las tímidas luces de algunas casas pintaban un norte hipotético. Una aldea, minúscula y borrada de la memoria de mapas y cartografías, aguardaba indolente la llegada de ambas mujeres. Los años, cansados de ascender, tiempo atrás se detuvieron junto a un cartel publicitario, el óxido y la desidia lo había convertido en una reliquia del pasado, nada nuevo traspasaba aquella frontera imaginaria.
Con la luna desgajada sobre un cielo negrísimo, el automóvil se detuvo en una pequeña plaza, apenas una docena de destartaladas moradas componían la aldea. Los ojos de los hogares, somnolientos, con sus párpados de verdes persianas, observaban como las dos mujeres, arrastrando unas quejicosas maletas con ruedas, se dirigían hacia uno de aquellos hogares. Petunia golpeó la puerta y una anciana, casi de inmediato, les abrió sosteniendo a la altura de sus rostros un cegador candil.
–Vieja amiga, –saludó la mujer, –otra vez por aquí.
–Hace ya más de un año desde la última vez. –Reconoció Petunia.
–Pasad, pasad, –invitó con amable gesto.
La vivienda era humilde y sombría. Un derrotado quinqué peleaba contra las sombras intentando en vano mantener a raya a la oscuridad. El chisporroteo de la mecha delataba, como siempre, su inminente derrota.
–He adecentado una habitación, apenas tendréis espacio donde moveros, pero para dormir será suficiente.
Aquella mujer, de rostro arado por los años, hospedaba a Petunia en las raras ocasiones que visitaba la aldea. Cuando lo hacía, siempre era para peregrinar hasta la cueva donde moraba el Hacedor. Al amanecer partirían rumbo a la montaña. Una senda que ascendía entre retamas, romero y pinares. A mitad de camino se desviarían buscando un barranco arisco y desdeñoso con los extraños, y allí, al pie de una peña, les esperaría paciente y amable la entrada a una cueva, antiguo refugio de cabreros y santones.
–¿Qué ocurre en esta ocasión? –Preguntó la anciana.
–Una puerta inconclusa, de salida y entrada. Desconozco a donde lleva –Petunia suspiró contrariada. –Y un niño como demiurgo, un pequeño enlace entre dos mundos.
–Parece obra de hados, de seres elementales.
–Necesito que el Hacedor lo confirme, –la mamá de Nelo escuchaba hablar a las dos ancianas con atención, –temo se trate de un oribaa.
La anciana que les hospedaba se persignó por tres veces con acelerado ademán. Se incorporó del taburete sobre el que reposaba y tras trastear en la cocina unos minutos, regresó portando un recipiente de arcilla cocida repleto de ennegrecidos agujeros. Colocó el recipiente sobre una trébede y con un palito que previamente hizo arder por uno de sus extremos, arrimándolo a la lumbre de la chimenea, prendió fuego al contenido de la vasija. Un aroma dulzón y empalagoso flotó por la estancia.
–Con los efluvios del incensario dormiréis sin interrupciones, nada ni nadie entrará en vuestros sueños. Si en realidad se trata de un pérfido oribaa, cualquier precaución es poca. –Advirtió la anciana. –Y ahora descansad, yo aún tengo que recitar algunos ensalmos blancos.

El día floreció cargado de algodones, nubes bajas redondas como torundas blancas de hospitales se desgranaban prendidas entre los árboles. El aíre hería ojos y fosas nasales, un frío que el ardor de un camino áspero y tortuoso iba, paso a paso, evaporando. A partir de entonces todo fue subir, mirar un rastro de piedras, de pequeñas y retorcidas plantas surgiendo desamparadas del quebranto de la roca, y el ensimismamiento, un ritmo de timbal en las sienes y de roto fuelle que deja escapar el aíre. Mientras, el paisaje se dejaba escuchar a través del canto sincopado y chillón de algunas aves o en el antiguo rumor que el ulular del viento despertaba en las quebradas. Reclamaba presencia haciendo patente los temblorosos brillos de un sol técnico que con tiralíneas perfilaba hojas, y las telas de araña, con su líquido botín arrebatado al limpio rocío de la madrugada. Entre sístole y diástole la mamá de Nelo miraba aquellos sencillos milagros, y se preguntaba, confusa, en dónde había estado tanto tiempo. Impostora de la vida, se llamaba. Injustamente respirando, ruindad malcarada.
Con las rodillas secas y el alma empapada de reflejos y pensamientos, coronaron un pequeño altozano que, al saberse majestad les regaló, en forma de fuente al pie de un árbol, un primer y necesario descanso.
–¿Queda mucho? –Preguntó la mamá entre ahogos.
–No sabría decir, –confesó Petunia, –el camino, por muchas veces que lo haga, siempre me parece distinto.
Las dos mujeres se miraron sonriendo, ambas sabían que la senda invariablemente era la misma, idéntico trazado, igual esfuerzo, el caminante era lo único realmente diferente. Desigual anhelo, otra razón, desemejante ensueño. Y así los pasos arrastraban tras de sí al pensamiento, una remendada bolsa de buhonero donde cabe y sobra todo.
–Andar en silencio invoca viejos conocidos espíritus. Sus soliloquios, la verborrea con que expresan un peculiar y parcial retazo de lo vivido segmentan al tiempo. –La anciana miró al cielo como si implorase algo. –Fuera el pájaro canta, el agua lava las piedras y al sendero por donde pasa y nosotros, mientras tanto, insistimos en mirar al suelo, lo cercano, y en el pensar prestamos oído al recuerdo.
–Entonces sigamos invocando al ayer, pongámonos en marcha.

Fueron necesarias varias horas más, un montón de imágenes muertas, y la constante insistencia en hacerse presente del pájaro, la piedra y el agua, para que Petunia indicara, alargando el brazo, que en aquella cueva se encontraban las respuestas que estaban buscando.
–Ahí es. –Se limitó a decir.
Desde el interior de la cavidad, el sonido de unos pies trastabillando entre guijarros anunció que alguien venía a su encuentro. Para sorpresa de la mamá, el hombre que hizo acto de presencia no era un anciano, por alguna rara cuestión había creido, durante todo el tiempo, que el Hacedor debía ser un personaje de avanzada edad, de pelo ausente o cano, y movimientos lentos y torpes. Pero no, apenas si rondaba la treintena.
–¡Abuela! ¿Otra vez por aquí? –Saludó con desenfado el Hacedor.
–Ya ves mi niño, la gracia no permite descansos.
La mamá de Nelo los miraba sorprendida, ¿realmente se trataba de un nieto y su abuela? Mientras se abrazaban distinguió incuestionables rasgos que ambos compartían, la nariz aguileña, la forma en que con agraciada torpeza se movían, ese mirar ladeado y socarrón del que sabe y silencia.

El interior de la cueva resultaba acogedor, una placentera matriz pétrea, cuna incuestionable de todo andar, catedral de granito esculpida por el docto transcurrir del tiempo y el cincel artesano del agua, servía de morada al Hacedor. Una sala de medianas dimensiones ocupada por los utensilios que denotan la presencia constante de un humano, era el centro de aquel lítico hogar, una hoguera situada a la entrada de la galería principal evacuaba el humo al exterior y, sobre una cornisa situada junto a las rocosas paredes, la presencia de varios jergones fabricados con paja, insinuaban que aquel eremita no siempre estaba solo.
Petunia le había traído algunas viandas al nieto, chocolate duro de piedra, gominolas de nana vieja, con pelusas y tabas de pollo, la peonza con cordel de fiesta, un cuaderno para colorear dragones de estas tierras, salamandras de coral y pastelitos borrachos de nata fresca. Inevitables cosas de abuela.
–Y bien, ¿qué os trae por aquí? –Quiso saber el Hacedor.
–Un tosco portal, argucias de oribaa y un niñito, demiurgo que, sin saberlo, duerme preso del mal de Pomomo.
El hombre torció la boca y el gesto, parecía preocupado, conocedor de lo que la anciana refería y por ello, un atisbo de contrariedad y temor se le asomó por debajo de uno de sus párpados.
–¿Sabe a lo que nos enfrentamos? –Inquirió directamente a la mamá. –Es un asunto sumamente delicado, ¿cómo se llama el niño? –Preguntó de repente.
–Nelo, se llama Nelo, y no, ignoro a qué nos enfrentamos.
–Yaya, ¿por qué no nos deleitas con una de tus infusiones? Ahí tienes agüita de la fuente recogida con luna llena y un cazo de pedazos de estrellas.
El Hacedor parecía saltar de una cuestión a otra de continuo, saltimbanqui de las frases, trotamundos de las palabras, aquel estar en varios sitios a la vez y en ninguno por mucho tiempo, le recordó a la mamá a su propio hijo. También él migraba de un ámbito a otro, de una cuestión secundaria a otra principal, y así, de salto en brinco, de brinco en salto, terminó dormido en un sitio que llamaban Pomomo. La anciana sonrió complacida y se dirigió hacia la tímida hoguera.
–Os voy a preparar la tisana de la vereda, aquella que cuanto más se anda, a ningún lugar llega.
La complicidad de ambos era absoluta. El Hacedor invitó a la mujer a sentarse en un tosco taburete situado en el otro extremo de la sala, allí la luz era menos intensa y varias velas, acunadas en cuencos, prestaban un tímido resplandor que invitaba a la conversación y a las confidencias. El hombre comenzó a hablar y las palabras iban componiendo una extraña y armoniosa sinfonía en la mente de ella. El mundo renunció a ser plano, las cosas que lo poblaban dejaron de estar en un solo sitio y todo participaba de una misma realidad unívoca. Cinco sentidos limitados, definidos en la utilidad para la que fueron creados. Mirar amarillo de avispas con puntiagudas calzas negras, azul de manantial vivo, verde de olivo verde, sangre cárdena de rojas cerezas, y el sonido del viento llamando a las cosas por su verdadero nombre, álamos, castaña del castañal, las veletas marcan el rumbo del aíre, el viento del sur, cálido caballero de loca cabeza, paladar del limón eléctrico, un rayo de zumo, gota turbia que a la madre estrella se asemeja, ácida en la boca, por que el sol es mujer, y la luna hembra.
–Aquí tenéis la infusión, bebed con cuidado que está caliente, soplad. –Amorosa advertencia de Petunia abuela.
El cálido néctar, dulce y herbal, descendía hacia el estómago dejando un reguero de pequeñas flores, pétalos multicolores que se esparcían y aventados en diástoles, ascendían buscando huecos en la cabeza. Todo era ahora comprensible y doloroso, ajeno y privado, distante y, a pesar de ello, quedaba terriblemente cerca.
Lo aparente transmutaba y agrandaba, Pomomo estaba allí, mezclado con la hoguera y los jergones, dentro de la taza de aluminio y en la comisura del labio, y el niñito, hijo del Hacedor, nieto de Petunia, abuelo de la mamá, traía un equipaje de estrellas y polvo de nebulosas, sin edad, aún nonato. Y el sueño se fue esparciendo y la luz de la fogata era amiga, hermana de otras noches en las que no pudimos estar. La mamá era niña que jugaba a ser mamá y soñó que estaba viva, que acudía cada mañana a un lugar donde otras gentes jugaban a jugar. Todo falso, tan tremendamente falso que se diría de verdad. Ni cielo, ni tierra cantaban, la mar levantaba océanos de fuego y el volcán, paría fuentes de fría agua, arriba y abajo no eran nada, el pie fue mano y la mano aleta con plumas para volar. Todo estaba junto y presente, tan solo era necesario saber mirar, como lo hace el loco, algunos naipes antiguos, el gato y las bolitas de cristal.

Despertó arropada por una manta de lana, grosera y trenzada a mano, el berreo cansino de una cabra descorrió las leves cortinas de sus ojos, una paz interior, semejante a la entrega sin condiciones, remoloneaba alojada en el pecho. Rememoró la infancia, esos minutos previos al comienzo del día, el instante prior a que las frías manos de su madre le recordaran que debía levantarse. Un aroma a viruta de lápiz prendido en las trenzas, el olor a betún de los zapatos. No deseaba abandonar tan acogedor lecho. Leche condensada y aguachirle de café, galletas y un frío antiguo de sables. Apoyada en un codo miró hacia la claridad que se adivinaba al otro extremo de la galería, la silueta distorsionada en humo y luz del Hacedor caminaba a su encuentro. Un fantasma del claroscuro se detuvo junto al placentero camastro, la inconfundible voz del hombre le habló.
–He decidido entrar, buscaré a Nelo y le traeré de vuelta. ¿Qué tal se encuentra? –De nuevo funámbulo de las palabras. –Petunia ha preparado café, por cierto, ¿qué tal le sentó la tisana? –Incorregible bufón.
–¿Se puede hacer eso, entrar en Pomomo? –Preguntó la mamá.
–No es fácil, deberé elegir una forma que no haga sospechar a nadie, y después una especie de ritual, algo parecido a lo que hicimos anoche.
–¿Anoche?
–Si, ¿ya lo ha olvidado? –Quiso saber el Hacedor esgrimiendo una sonrisa socarrona. –No se preocupe, todo lo ocurrido ayer ya forma parte de su ser, nada puede borrarlo, en algún momento, por un instante, regresará en forma de recuerdo ilusorio, no se asuste entonces, de por cierto todo aquello que evoque, aunque dude de su existencia.
–Gracias.
–No agradezca nada, también lo hago por mí, veo que lo ha olvidado todo.
–¿Y Petunia? ¿Está de acuerdo?
–Ella teme por mí, –reconoció el hombre, –en verdad resulta peligroso, pero por desgracia no tenemos otra alternativa. No se olvide del café.
La mamá de Nelo abandonó el lecho como quien parte desconsolado hacia un lugar incierto, la mañana estaba fría, un aíre cortante entraba por la boca del vientre de piedra sin que la hoguera, agonizante, pudiera remediarlo. Caminó hacia el exterior, fuera encontró a la anciana sentada sobre una piedra plana, mantenía los ojos cerrados y el rostro encarado al sol. Al lado una cabra compartía el cálido abrigo de la estrella de la mañana. Recordó algo sobre el sol, un jirón de pensamiento que se quedaba prendido en los arbustos cercanos, deshilachado sin llegar a eclosionar.
–Acérquese, mi hija, comparta con nosotras el calor que nos brinda el sol.
La mujer sentía remordimientos, un pesar de áncora que precisaba soltar amarras cuanto antes, hinchar velas. Y de pesar marinera se echó contrita a la mar.
–No deseo que su nieto se ponga en peligro.
–No se apure, cuando decidí venir hasta aquí contaba con esa posibilidad, es más, –agregó sonriente, –si no se hubiese ofrecido voluntariamente, hubiera pensado que en realidad no era digno de ser el Hacedor.
–Pero, en verdad, ¿qué es el Hacedor?
Petunia acarició el lomo de la cabra, el animal se encorvó y ante los atónitos ojos de la mamá, se transfiguró en un enorme gato negro. La anciana volvió a pasar su arrugada mano, esta vez por el espinazo del felino, que ronroneando y restregando el hocico con insistencia contra la falda de la vieja, volvió a cambiar de aspecto muy lentamente. Junto a la abuela apareció surgido del gato, completamente desnudo y sonriente, su nieto, el Hacedor.

1710144563772.barcode2-72.default.png