GKS1633 f51r (2)

7.- BOSQUES, GALLINA Y FANAL.

Caminaba sin prestar atención de por donde lo hacía, Birlo dejaba que el molinete, desprendiendo doradas chiribitas de fuego, le guiara. Todo a su alrededor eran árboles, rocas, arbustos y enormes peñas por entre los cuales transitar sin la sabia precaución de tomar referencia alguna. Las burbujas que el molinillo desprendía se le iban quedando prendidas entre las orejas, y pasado un tiempo, el oribaa lucía una cabellera de luz que resultaba grata y hermosa a la vista. Era tal la fascinación que sus falsas guedejas le causaba, que se sentía obligado a detenerse cada vez que se tropezaba con un charco, en su reflejo se miraba girando el cuerpecito de uno y otro lado, buscando el perfil más favorecedor mientras asentía complacido.
La senda por la que caminaba era difusa, la hierba pisada de tarde en tarde había dejado un surco borroso que se confundía fácilmente con el resto del boscoso tapiz. Hojarasca y herbaje, flores fuertes y hermosas brotando de subterráneos bulbos, piedrecitas y restos de ramas, un galimatías espeso alfombraba La densa arboleda. Recordaba, y en ese momento le entraba la prisa, que en aquel lugar Nelo no podía ejercer su influencia, entonces su principal afán dejaba de ser el bello aspecto de un Birlo peludo y pasaba a ser el encontrar cuanto antes a Batana, o en su defecto, algún lugar seguro en el que pasar la noche.
Aunque la espesura no dejaba pasar la luz y la claridad era tímida y huidiza, las negruzcas sombras comenzaban a cernirse sobre las copas más altas y descendían como acechantes animales buscando aposentarse sobre la tierra, anunciaban con sus colmillos de eclipses que la tarde se marchaba aburrida y despechada.
–Allí hay luz. –Se dijo así mismo intentando espantar el miedo. –Me acercaré con cautela.
Birlo replegó las orejas de falso conejo, la fulgente melena se deshizo en miríadas de ilusorias luciérnagas, no necesitaba agacharse para desaparecer, con eso bastaba. La escasa altura de su redondo cuerpo le permitía pasar fácilmente inadvertido, a pesar de ser un oribaa de grado medio, ese galardón le era otorgada en exclusiva por el enorme tamaño de sus orejas. No obstante, guardó silencio a la espera de percibir algún indicio sonoro que delatara el posible origen del resplandor. Crujir de bellotas y castañas, no se trataba de una hoguera, más bien aquel lamento parecía provenir de una lámpara o candil que alguien había dejado sobre el tronco caído de un árbol. Pegado al suelo, aspirando el vivificante aroma del musgo y de los caracoles que patinaban sobre un espejo de babas, Birlo se fue acercando lo más que pudo a aquella especie de fanal. El ruido provenía de su interior, olía a nueces y algarrobas, dulce aroma tentador. Las vocecitas ahora se percibían más claramente, diminutos lamentos apenas audibles.
–¡Favor! ¡Ayuda! –Le pareció que clamaban. –¡Auxilio! ¡Favor!
Se estrujó el hocico hasta convertirlo en un delgadísimo tubo rematado por una diminuta bocina y habló por debajo de las hojas, una voz subterránea y sorpresiva que soliviantó a raíces y caracoles.
–¿Quiénes sois? –Preguntó en un silbante susurro.
Se hizo el silencio, el farol dejó de desprender lamentos y quedó completamente callado, la claridad se debilitó hasta hacerse fuego fatuo que, azulino y opaco, danzaba cabriolas alrededor del tronco muerto. Lentamente la luz dorada comenzó a emerger y con ella las minúsculas voces repitieron las demandas de socorro. Birlo estaba confundido, nunca se había encontrado con algo semejante, ni tampoco nadie había referido similares asuntos.
–¡Favor! ¡Ayuda! –Se escuchó por segunda vez.
Un aromático efluvio a grosellas y moras, en esa ocasión, comenzó a desprenderse de la luminaria. Los oribaa no necesitan ingerir alimentos, aspirar la fragancia de frutos y bayas les basta para recomponerse, y aquel balsámico éter reconfortaba a Birlo hasta la embriaguez. Entornó los bulbosos ojos feliz y gratamente ahíto. Sin poder remediarlo volvió a hablar.
–¿Cómo puedo ayudaros? –Preguntó esta vez.
En aquella ocasión la luz se mantuvo viva y las voces, lejos de callar, respondieron con una pregunta extraña e inusual.
–¿Se te puede comer?
Birlo quedó perplejo, ese tipo de cuestiones nunca se la había preguntado nadie, incluso jamás, se lo preguntó ni él mismo.
–Creo que no. –Respondió avergonzado.
–¿Estás seguro? –Insistieron las vocecitas. –Porque si es así, aléjate de aquí cuanto antes, nos espantas las presas.
–¿Sois voces cazadoras? –Se interesó el oribaa.
–En absoluto. –Respondió con amabilidad el aroma a castañas, –Somos el cebo. –Contestó enérgica la fragancia a moras. –Atraemos a los incautos. –Confesó en un sibilante susurro el perfume a grosellas.
–¿Y quién es el cazador? –Quiso saber Birlo.
–La terrible Ululadona, mitad gorda gallina, mitad… –Callaron de repente.
–¿Mitad qué? –La curiosidad de los oribaa no tiene límite.
–Mitad cualquier ser… –corearon algunas vocecitas. –o cosa. –Asintieron las otras. –Y tú ¿qué eres? –Repitieron todas.
–Un oribaa, un mediano hado.
–¡Silencio que llega! –Gritó una macedonia de frutos encarnados. –¡Favor! ¡Ayuda!
El oribaa se redujo hasta convertirse en una manchita translúcida sobre el humus que tapizaba el bosque, parecía un charquito de rocío derramado y las orejas, como dos cañas recomidas por los líquenes, yacían blanquecinas y laxas una a cada lado. El fanal brilló con fuerza.
El suelo retumbó una, dos, tres veces, todo se agitaba con cada paso que daba la Ululadona. Dos burbujitas quedaron temblando sobre el charco, parecían a punto de eclosionar y romperse. Los ojos bulbosos de Birlo miraban hacia todos lados esperando ver, de un momento a otro, la terrible figura de tan monstruoso ser. La más atroz de las decepciones dibujaron ondas concéntricas en el charquito, diminutas olas que se estrellaban en los límites y recorrían las cañas desfallecidas de sus orejas. El animal atroz, el devorador despiadado del fanal, no era otra cosa que una especie de oronda gallina con expresión confusa y torpe. Eso sí, de las plumas de su cola surgía un arrebol brillante, un fuego seco que parecía hecho con recortes de papel.
–¡Jailigigil! –Cloqueó el raro animal.
Una lluvia de hojas cayó de las ramas superiores de los árboles, una pedrisca de trozos de nidos, de avellanas y estorninos desmayados. Después arañó el suelo con una de sus charoladas patas y, decenas de lombrices y gusanos decidieron, de repente, salir a toda prisa de viaje para visitar a un familiar lejano.
–¡Cof, coc, cof! ¿A qué huele aquí? –Preguntó al farol. –Hablad pequeños resplandores fatuos.
–¡Oh, excelsa emperatriz! –Coreó un unísono aroma a madroños. –El camino trajo a un insulso personaje, tan, tan, tan enclenque y falta de sustancia que, el simple resplandor de Lumara lo evaporó.
–¡Jailigigilay! –Requetecloqueó enfadada. –¡Mentís! ¿Por qué me mentís? Lumara no ha salido hoy, está muy enfadada. En todo el sur de la Ínsula de Pomomo reina desde hace días el déspota Solaurión, cruel lagarto volador con su carrito de oro y fuego, su tartana cargada de carbunclos astados. Toros que embisten las sombras, que cornean sin piedad búhos y gatos, escobas aeronáuticas y dulces gigantes mansos.
–¡Creed, no mentimos, favor! –Suplicaron los fuegos fatuos. –Creed, estaba aquí y cuando tu lírico canto entraba por nuestros oídos soñados, ¡plaf! oribaa desaparecido como por ensalmo.
–¿Oribaa decís?, lacayos.
Si hubiesen tenido ojos los incautos fatuos se hubiesen mirado, si boca, entre ellos murmurado, pero solo tenían cortezas de fósforo, ligeras nieblas de metano, por eso esplendieron por respuesta diminutas figuritas con aspecto de hados. Aquellos seres etéreos abandonaron el fanal en apretada fila y descendiendo por el tronco derrotado, caracoleando entre mirlos, de tan lívidos, blancos, y tristes agujeros de gusanos desahuciados, tomando el delator camino que concluía junto a un charco. Los ojillos bulbosos de Birlo flotando, observaban aterrorizados como aquellos traidores se acercaban y comenzaban, con una llamita de cinco dedos, a señalarlo.
–Vaya, vaya, cof, coc, –comenzó a cloquear, –un trozo de rocío me mira de soslayo, sin pestañas ni párpados.
Con un ale-hop y bluf airado, Birlo se recompuso de un salto, las orejas crecieron, enhiestas se mostraron, y bajo dos auditivos y largos apéndices, un oribaa enhebró como pudo una frase terriblemente asustado.
–Su majestad, –mientras lo decía compuso un gesto de entrega y humildad que remató con una prolongada y torpe reverencia, –antes de nada, indicarle, para evitar fatales errores, que no soy comestible.
La oronda gallina le observaba divertida, sus ojos, enfadados entre sí, miraban cada uno a un lado distinto, lo que provocaba en Birlo una enorme desazón. Era incapaz de decidir a cuál de los dos dirigirse mientras hablaba, así que decidió alternarlos, unas veces miraba al izquierdo que oteaba el lado derecho, y otras al derecho, que insistía en no perder de vista al negro cielo.
–¡Callad! –Vociferó Ululadona. –¿Acaso desconoces la prohibición? El pacto que acabas de romper.
Birlo, más Tantán que nunca, se sintió morir. Él, tan discreto e insignificante, según aquella gallina con cola de cartulina, acababa de transgredir alguna norma de vital importancia, un pacto del que no sabía nada.
–¿Qué pacto? –Preguntó un montón de temblorosa gelatina con orejas.
–Los oribaa tienen prohibida la entrada en el bosque, –comenzó a graznar la bizcorneada gallinácea, –en este lugar viven los mitos, aquellas leyendas que, de tanto ser repetidas a lo largo de los siglos por el hombre, han tomado corporeidad y autonomía, vida propia, sin la ladina necesidad de ningún ente o hado.
–Favor, ignorancia, La Mola de Batana no me advirtió de nada. –Declamó suplicante el orejudo.
–¡Jailigigilay! –Lanzó al aíre en forma de chirrido la Ululadona. –Ese maldito pastiche pretende algo, e imagino que la propia Batana lo ignora.
De las ramas altas volvieron a caer todo tipo de bayas y pequeños frutos, ardillas conmocionadas y pájaros confusos y desquiciados. Mientras tanto, de manera sibilina y disimulada, los fatuos fueron de puntillas caminando hacia el farol, cuanto antes se quitaran de en medio, mejor.
–No entiendo nada. –Se disculpó Birlo. –Solo intento que alguien me explique para qué sirven, en realidad, los bosquejos.
El enorme animal dobló las patas y se recostó sobre un mullido lecho de tierno musgo, miró en el interior del fanal, por si se podía llevar al pico algún aperitivo y decepcionada, se dispuso a instruir a Birlo sobre lo que, según su opinión, estaba sucediendo.
–Escucha, mi sustanciado amigo, –comenzó a decir en un tono inesperadamente conciliador, –escucha y mira.
La cola de la Ululadona creció y se abrió de repente como un enorme abanico, era como contemplar las bambalinas de un gran escenario donde, figuritas hechas de papel, comenzaron a brotar de la nada. La voz cacofónica del enigmático animal, mientras tanto, iba narrando una historia que, los personajes de papiroflexia representaban animadamente. La misma Lumara olvidó su enfado, y hecha un gajo apenas, prestó su lechosa luz para iluminar algunas escenas.
“Hace muchos, muchísimos años, el mundo de lo aparente convivía con el universo de lo imaginado, seres de toda especie, forma, condición y tamaño, vagaban de un lado al otro ocupados en sus propios asuntos y salvo, conflictos naturales de intereses encontrados, lo real fluía agarrado fuertemente de la mano de lo soñado. Entonces sucedió que un poderoso ser, temeroso de que aquel intercambio deparara en conocimiento y que este saber, en las adecuadas manos, terminara por eclipsarle, sembró temor y odio en el corazón de los hombres. Entonces una terrible guerra, que se prolongó en el tiempo y que aún mantiene algunos frentes, estalló imparable. Seres con alas, oscuros y luminosos, enanos y gigantes, híbridos zoomorfos y todo tipo de dislates, se enfrentaron dispuesto a llegar a la aniquilación total.”.
La Ululadona hizo una pausa, volvió a mirar el interior del fanal, por si acaso, y elevando uno de sus desnortados ojos guiñó a Lumara. El bosque se oscureció por completo, una densa niebla negra fue emergiendo del suelo y depositándose sobre las cosas sin apenas rozarlas. Los fatuos abandonaron el farol y, nuevamente en hilera, remontaron el cuerpo orondo de la bestia, caminaron por el lomo para detenerse justo frente al escenario. Sus formas, que imitaban pequeños cuerpecitos humanos, tomaron asiento. Un público azul y morado, apenas brillante, se balanceaba con suave atención en la imaginaria platea. Un haz de luz, denso, se diría que sólido, dibujó un círculo en el escenario, uno de los origamis, que parecía representar a un barbudo viejecito, se colocó justo dentro del redondel y la voz de torreznos de la gallinácea le prestó aliento y dicción.
“El impulso primero, el empuje sin forma ni cuerpo que todo lo alienta, cansado de tanta muerte intercedió. Separó los mundos, condenando a ambos a subsistir sin las gracias y dones del otro, creando un vacío que nada lo repara, una ausencia desconocida por olvidada que deja la mirada perdida y el corazón ausente. Y en medio de ambos reinos levantó la Ínsula de Pomomo, en ella también edificó frontera, de un lado los oribaa, seres a caballo entre ambas geografías, sin alma, más cercanos al universo de lo soñado, y del otro, en el Bosque Arbaro, los seres que el mundo de lo aparente ha instaurado, aquí vivimos refugiados y a salvo de nuestros propios creadores.”.
Los fatuos prorrumpieron en un gélido aplauso que esparció por el aíre chiribitas azulinas, Lumara, con un suspiro de cal disolvió la ácida niebla y la cola de Ululadona decreció y se cerró como un tosco abanico de coloreadas cartulinas.
–No creas que he representado todo esto para ti, –reconoció la bestia, –a veces, para entender las acciones ajenas, preciso recordar el origen primero de las cosas.
–¿Y has sacado alguna conclusión? –Preguntó con auténtica curiosidad Birlo.
–La Mola no pertenece a ninguno de los dos mundos, –respondió la extraña criatura, –es fruto de la propia Batana y sus profusos amoríos, por eso subsiste en la frontera, si intentara adentrase en cualquiera de ambos universos simplemente se desharía.
El oribaa, al escuchar la razón imaginada por Ululadona, sintió compasión por el recompuesto ser que le obsequiara con un bello molinillo.
–¿Y qué pinto yo en todo esto? –Quiso saber Tantán.
–Tu presencia aquí rompe el pacto, las aguas pueden mezclarse, enturbiar y contaminar las dos realidades. Si ambos mundos volvieran a encontrarse tal vez un ser como Mola pudiera existir. A lo mejor Batana pueda explicarte algo más.
La enorme gallinácea de ojos enfadados se puso en pie, sacudió su cuerpo con violencia y una oleada, de viento cálido, esparció semillas y ratones en todas direcciones.
–Y ahora sigue tu camino, si lo deseas puedes pasar la noche cerca de aquí, pero lejos del fanal, –le advirtió, –tengo muchísima hambre y me espantas la cena.

1710144563772.barcode2-72.default.png