Pompei-Sappho

Plática en la casa solariega.

Mira la conseguida paz,
los exquisitos tributos
esquilmados por honorables edictos
se amontonan en imposible inventario.
La labrada copa eliges
de tallado vidrio para el paladar
agasajar del anciano
que en la calurosa tarde
de la canícula te acompaña.
La mar contemplas de tus jóvenes
conquistas olvidando fronterizos
tratados, de sangre y bronce bárbaras
bacanales donde camaradería en sudor,
valor y distancia, dieron al embriagador
hechizo del tálamo, o el aciago
hogar de adustos progenitores.
Abre los ojos y mira el resplandor
todo que a sus hijos invita Roma.

Los castaños bucles de la frente,
la noble línea patricia, la esmerada
educación con que interrumpe,
armada tan solo por blancos y esbeltos
dedos, el calmo sosiego de la fuente,
mientras bello epigrama musita
apenas presentida.
Dorado brazalete, glauco cuello
del perfume amante insinuado
en el incólume albor al labio
o a la torpe e inexperta caricia.
Grato sería, de la Baética hoy lejos,
libación de su fresco humor
y al deseo propicio gustar.
Inquietado el estanque oráculo parece
en su reflejo a la mirada,
imprevista alza la delicada barbilla
desbordada en siena la miel
entre tupidas pestañas.

Inaugura sonrisa de alondras
un ajetreo que inquietud jamás
ante las parcas consintió el invicto guerrero.
Abre los ojos y escucha al sabio
platicar del mustio viejo.
El cálido néctar de las vides
imperiales aspira y en su justa medida
devuelve el amable y cortés gesto.
A la vida pues sonríe,
a las fragantes humedades que del infértil
ocaso de consejos y diatribas alivian.
Mira el ajustado talle al ceñidor enmarcado
de una geografía curva y soñada
la vaporosa gasa.

El ojo abre y no olvides,
porque después volverás ya anciano
al humilde consuelo de la palabra.

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