Lion-faced_deity

6.- PUERTAS DE IDA, TAMBIÉN DE VUELTA.

La señora Petunia, ataviada con su gorrito de lana y apoyada en un bastón de empuñadura labrada, vestida toda de riguroso negro, llegó portando un maletín que, a la mamá de Nelo, le recordaba los usados por los antiguos doctores, esos que llevaban un espejito cóncavo en la frente. Mientras avanzaba hacia el salón miraba curiosa hacia todos los lados. Dubitativa arriba, abajo vacilante, a la izquierda apreciativa, a la derecha fisgona, parecía se encontrara recorriendo un museo, la casa natal de algún insigne prócer. Los ojillos vivaces y esquivos se escondían, sin lograrlo, tras el brillo de unas gruesas lentes. Eran tan rollizos los cristales que sus ojos cubistas se desbordaban fuera del marco de las gafas. Caminó entre las sillas precedida del papá de Nelo que, como si fuese el guía de la exposición, con un elegante gesto de la mano le ofreció asiento justo al lado de mamá.
–Mi querida niña, ya me han explicado, –su voz eran cascabeles, jóvenes, inocentes y de cristal, –no podemos estar seguros, pero hoy solventaremos entre las dos, todas las dudas que seamos capaces de resolver.
El papá se sintió excluido, sus pasos recorrían el desierto efímero de la realidad, porque alguien, él mismo, debía continuar manejando el timón de un navío desarbolado que al pairo recorría agrestes acantilados. Fuera la tarde se apretaba contra los cristales, buscando, ansiando la tenue luz que por las ventanas se filtraba.
–Ahora tomemos te, sin azúcar por favor. –La mamá, solícita, comenzó a verter el agua caliente en tres tazas, –y hábleme, diga todo aquello que se le ocurra.
Mientras el agua se tintaba, acuarela de hojas secas, y un efluvio suave se mezclaba con el aíre, la tarde se rindió retirándose al escabel de las farolas y fue la noche, por once horas, la emperatriz gobernante. El papá había accedido confiando en que el fracaso, la falta de resultados evidentes, alejara esos pensamientos supersticiosos y malsanos. La razón, el dios cojitranco al que profesaba su devoción, pondría las cosas en su lugar, esos huecos medidos y numerados de donde, la superchería, no debía haber salido jamás. Demasiadas horas a solas con Nelo, demasiado planeta y satélite orbitando sin fin el sol de la enfermedad.
–Hable querida, sin medida, sin trabas.
En la penumbra, los monstruos de la sinrazón retornaban fortalecidos, y fueron sombras, sonidos inexplicables, fuerzas que mueven objetos cotidianos, inocentes y, por ello, doblemente malvados. Mientras la mamá soltaba todas las miasmas que le abotargaban el pensamiento, Petunia extrajo del maletín un pequeño objeto, un péndulo de metal prendido a una fina cadena. Entre los dedos de la mujer basculaba, rotaba, giraba lentamente, se enardecía y frenético bailaba. El hombre miraba impasible, la mano de la anciana sostenía el artilugio y el juicio de él le advertía de la falacia, del escaso esfuerzo que, según las leyes de la física, era necesario ejercer para que aquel péndulo hiciera lo único que mejor sabía hacer, pendular.
–Está bien, no continúe, –dijo Petunia, –ahora subiremos a la habitación del niño, parece ser que todo lo que ocurre tiene su origen allí.
–¿Puedo encender la luz? –Pregunto el papá.
–Claro, mi hijo, la oscuridad no es buena y, además, al contrario de lo que todos creen, no resulta preciso un ambiente crepuscular para que esas fuerzas se manifiesten.
Mientras subían las escaleras, con Petunia y su bastón a la cabeza, el péndulo parecía enloquecer. Giraba descontrolado, era una estela plateada orbitando a escasos centímetros de la mano de la anciana.
–Nos acercamos al origen. –Anunció la mujer. –Sin ninguna duda el daño se encuentra en el dormitorio.
La mamá titilaba ligeramente como la tenue llama de una vela mecida por la brisa. Un escalofrío, incontrolado, recorrió las espaldas del papá de Nelo que le obligó a sentirse absurdo y estúpido.
Una vez se detuvieron frente a la puerta de la habitación, con un chasquido seco, el péndulo salió disparado, liberado de la cadena recorrió el espacio a gran velocidad hasta impactar contra la pared más cercana. El dios cojitranco del papá se encogió de hombros y miró para otro lado. Salvo una quiebra impuesta por cansancio de los materiales, la energía necesaria para que un eslabón… El papá del niño dejó de razonar. La madera de la puerta presentaba unas extrañas marcas verticales, costras ennegrecidas, excrecencias turbias. El dios musito la palabra humedad al papá de Nelo.
–Ahora voy a abrir, –anunció Petunia, –ha llegado el momento de comprobar qué se esconde detrás de todo esto.
El picaporte no cedía, tal vez la madera embotada impedía que se destrabara el mecanismo. El papá forcejeó con el pomo hasta que un prolongado crujido se fue abriendo paso entre el silencio, una ligera abertura mostró la oscuridad del interior de la estancia. Olía a cerrado, a fermentos dulces y empalagosos, higos secos, uvas pasas. Una andanada de viento helado empujó desde dentro y el portazo retumbó como un cañonazo seco y vehemente.
–No nos quiere aquí. –Explicó la anciana. –Pero no nos rendiremos, ¿verdad?
Ambos asintieron con la cabeza, mudos. El papá, sorprendido de comprobar como la puesta en escena de la anciana conseguía, a veces, hacerle partícipe de aquel ámbito siniestro y circense, y la mamá, la mamá de Nelo no tenía dudas, las sabias entrañas no suelen equivocarse. Y de allí provenía el dolor y la ausencia, de lo profundo de la carne, de ese lugar material que tanto se asemeja al alma.
Nuevamente resultó necesario empujar con fuerza la puerta, la madera rozaba contra el suelo e iba dejando surcos de arado en la tarima. El interior del dormitorio estaba completamente a oscuras, un gélido ámbito parecía envolverlo todo, un frío que calaba los huesos y hacía expeler nubes de vapor por la boca. El dios cojitranco se marchó para no volver nunca, o al menos, por el momento.
La anciana rebuscó en el maletín y extrajo una vara de zahorí, se situó en el centro de la estancia y sosteniéndola por sus dos brazos, comenzó a girar lentamente. El extremo de la rama cabeceaba ligeramente, cuando Petunia se halló justo enfrente del armario, una fuerza autoritaria y mezquina empujó la vara hacia abajo hasta tocar el suelo.
–Ahí se esconde.
–¿En el armario? –Preguntó angustiada la mamá.
–No, justo detrás, –aclaró la mujer, –posiblemente en la pared. Si mi instinto no me engaña, y no suele hacerlo, se trata de un portal, básico, peligrosamente inconcluso. Los peores. Quien lo haya levantado tenía mucha prisa o era un neófito inconsciente.
Con gran esfuerzo, pues se trataba de un robusto mueble antiguo, el papá fue despegando el ropero de la pared, primero un lado, después el otro. Cuando hubo conseguido retirarlo lo suficiente como para poder observar la pared, con asombro descubrieron que, Petunia, según criterio del papá de Nelo, era bastante diestra en presentir humedades. Las varas de zahorí buscan agua, bajo las piedras, ríos que transitan subterráneos, invisibles al ojo. Y en aquella ocasión había señalado, con precisión inequívoca, una gran mancha producida por la condensación que se produce, inevitablemente, en una habitación cerrada, en una estancia orientada al norte y sin ventilación alguna. Pero Petunia insistía en ver otra cosa.
–Ahí está, –anunció triunfante, –esa es la causa, tal y como sospechaba se trata de un portal, rudimentario, inacabado.
Ante aquel anuncio, el papá se sintió impotente e irremediablemente vencido, miró los ojos de ella, de la madre, y contempló un paisaje de luz, de esperanza recién nacida. Supo que, desde ese mismo momento, en adelante, tendría que continuar recorriendo el mundo en soledad. Calles, facturas, aceras repletas de desconocidos transeúntes que caminarían esquivos hacia sus asuntos. La vida insulsa, la que abastece las despensas, enciende las luces de las calles y festeja los triunfos deportivos.
–¿Qué tenemos que hacer? –Preguntó angustiada la mamá.
–No soy una experta en esta clase de asuntos, –reconoció Petunia, –resultan muy complicados, cualquier error, el más mínimo fallo, podría dejar a Nelo atrapado por siempre en ese lugar.
En la pared se podía contemplar un círculo imperfecto, de trazo irregular y, en su interior, una mancha que lo ocupaba todo, negruzca, nebulosa. Con imaginación y esperanza, incluso se podía entrever algunos símbolos o caracteres aún indefinidos. Letras, o rostros terriblemente angustiados, era posible imaginar cualquier cosa.
–Conozco a alguien más versado en estas cuestiones, pero dudo que quisiera ayudarnos, hace tiempo que renunció al contacto con los humanos.
–Pero tratándose de un niño, de ayudar a un inocente… –Propuso la mamá.
–Vive lejos de aquí, en la montaña, solo. –Los ojos de Petunia se tornaron soñadores, la voz de cristal se hizo torrente, cascada y brisa en el boque.
El ulular de un búho se escuchó lejano, a través de las persianas, atravesando el vidrio, el repetido lamento llegaba claro y nítido.
–Sabe que hablo de él, –avisó la anciana, – tened cuidado con lo que pensáis, sed indulgente con aquello que no comprendéis y tened fe.
Petunia miró directo a los ojos del papá, esbozó una sonrisa dulce, casi como la que inevitablemente florece en el rostro ante un acto sin maldad, inocente, de un niño.
–Usted no tiene la culpa, pero no podrá acompañarnos en este viaje.
–¿De qué diablos habla? –Preguntó el hombre terriblemente contrariado.
–Su mujer está dispuesta para continuar, lo dice el silencio que acaricia con los ojos la alcoba, lo oigo en las palabras que se quedan detenidas en la garganta y escuecen, pero usted…, –Petunia hizo una breve pausa, –sus pies soportan el barro del camino, son de arcilla, necesitan un lugar en el que asentarse, fijo, estático, no está hecho para el vuelo.
El marido miró a la esposa y vio a la mujer, a las vides en vísperas del otoño, a las naranjas caídas junto al árbol, a la carne efímera que construye con paciencia e ignorancia una nueva alma eterna. Y pese al dios cojitranco recién invocado, comprendió.
–Si le parece bien, mañana mismo iremos a buscar al Hacedor, tal vez podamos convencerlo de que nos ayude.
La mamá asintió sin dudarlo. Salieron de la estancia cada uno por un lado distinto, cerrando tras de sí la única puerta que estaba entornada, y la habitación quedó helada. El armario mudo cerró sus ojos de tablas y soñó bosques, la cama, sabiéndose desheredada, compuso mares de edredones donde navegaban, barquitos de sábanas y olas de alcanfor plisadas. El círculo latió entonces, un corazón negro palpitando, buscando vivir, como ansían todas las cosas.

Tutúm iba delante, el imperfecto Gagón le seguía a duras penas, malhumorado gesticulaba agitando al viento sus bracitos incompletos. Llevaban largo tiempo caminando, mientras tanto rumiaba una idea que no dejaba de martirizarle. No le convencía mucho la idea de ir hasta la Ciénaga del Norte, el bosque era peligroso, muy peligroso, de ello les había advertido en más de una ocasión el Maestre.
–¿Quieres tener una forma concreta? –Preguntaba el osito. –Pues ya sabes, tenemos que ir hasta el final. –Le respondía al viento.
–¿Nos dejará entrar La Mola de Batana?
–¿Acaso piensas pedirle permiso? Entraremos de cualquier manera. –Afirmó categórico Tutúm. –Nunca hemos estado tan cerca de conseguirlo, reconozco que el bosquejo no es perfecto, por eso resulta necesario acabar con esto cuanto antes, ya estoy harto de tener que estar dentro de este cochambroso muñeco.
Gagón se colocó, con gran esfuerzo, al lado del osito, y cogiéndole por el hombro le obligó a detenerse.
–Allí está el boque. –Anunció señalando con el muñón izquierdo. –Y al lado está Mola, ¿ves su tétrica sonrisa?
–No sé qué temes, si Tantán ha conseguido entrar ten por seguro que nosotros también lo lograremos. –Afirmó convencido Tutúm.
Gagón dejó que el osito de felpa tomara la delantera, en esa clase de circunstancias prefería tener un papel secundario, a falta de un terciario. Después de todo se encontraba metido en aquel asunto gracias a Tutúm y a su obsesivo deseo de ser algo distinto de lo que era. Ser un oribaa, según afirmaba, era ser menos que nada.
–¿Le hablarás? –Preguntó circunspecto.
–Solo si resulta imprescindible.
–¿Y cómo lo sabrás?
El osito le miró apesadumbrado, Gagón no resultaba ser el compañero ideal para ese tipo de aventuras, hubiese preferido que le acompañara alguien más despierto, pero no había encontrado a ningún hado que poseyera un bosquejo, aunque estuviese incompleto, salvo a él.
–Lo sabré si nos habla. –Respondió malhumorado. –Y deja de preocuparte, cuando consigamos que Nelo construya el círculo completo, perfecto, controlaremos la puerta, tanto para la ida como para la vuelta.
–¿Notará nuestra ausencia?
–No lo creo, –afirmó convencido, –está muy ocupado construyendo cosas, los pequeños oribaa no dejan de seguirle y festejar cada ocurrencia que tiene, por estúpida que esta sea. Y ahora calla, Mola nos observa.
Los dos hados caminaron distraídamente hacia la entrada ojival del bosque, despacio y sin apartar la mirada de la senda, pero una voz rota, de cantos rodados, dirigida sin ninguna duda a ellos, les detuvo en seco.
–Últimamente este lugar está muy concurrido. –Un ruido de papel, madera, y trozos de hueso, comenzó a desplazarse en dirección a los dos oribaa. –¿Qué buscáis? ¿A quién habéis perdido?
Tutúm se recompuso, por un momento aquella voz se le había metido por dentro, rebuscando, indagando sobre razones y motivos, deshilvanando algunos hilos de las costuras que mantenían unido al osito de felpa.
–Buscamos a un amigo perdido. –Mintió con rapidez.
–Si lo habéis perdido, ya no será un amigo. –Le respondieron unos labios finos y encarnados. –Es lo que suele ocurrir con los amigos cuando se pierden.
El oso de sucia felpa se sentía confuso, la forma de hablar de Mola le nublaba el entendimiento.
–Lo que quiero decir…
–Lo que has dicho, –le interrumpió la grotesca marioneta, –es lo que debías decir, no intentes cambiarlo, pues entonces mentirías.
Mola comenzó a escarbar en el suelo con unas de sus amarillas y escamosas patas de ave, echaba la tierra hacia atrás formando un pequeño montoncito a sus espaldas. Tuntúm observaba en silencio, si era preciso, estaba dispuesto a salir corriendo hacia la puerta y penetrar en el bosque sin permiso.
–Buscamos a un congénere, un oribaa mediano que atiende al nombre de Birlo.
–Tan…, tan…, tanto lo necesitáis. –Recitó Mola.
Gagón y el osito se miraron estupefactos. Aquel espantajo recosido parecía saber bastante más de lo que a simple vista se podía suponer. Tuntúm no estaba dispuesto a perder más tiempo con aquella demencial plática.
–Solo deseo saber si necesitamos permiso para entrar en el bosque. –Respondió malcarado. –Si no es así, deseamos marcharnos ya.
La pata gualda de Mola comenzó a lanzar la tierra con violencia hacía atrás, los cantos rodados que anidaban en su voz se fueron transformando en bramidos, un torrente sonoro, mezcla de rugido y graznido de ave, salió violento de la encarnada boca de labios finos. Estaba obligada a advertir a todos los caminantes de los peligros que entrañaba adentrarse en el bosque, y no omitió el forzoso mandato. Pero lo hizo con tanto furor y horrorosa entrega que, aterrorizados, los dos oribaa entraron al galope en el bosque sin escuchar palabra alguna. Un eco le seguía a corta distancia, un retumbo que hablaba de gigantes y seres imposibles pisaba sus sordos talones.

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