5.-“Caminos” (De Las Aventuras de Tutúm) Cuento por M. Martínez Fdez.

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 Hieronymus Bosch “El Bosco” (La Tentación de San Antonio, detalle) 1450-1516.

5.- CAMINOS.

Nunca imaginó que aquel simple entretenimiento pudiera resultar tan divertido. Muchas veces, en sus encubiertas andanzas por el mundo de lo aparente, había visto aquellos artilugios prendidos de las ramas de los árboles como frutos incomestibles y de extraño aspecto. Jamás los había visto en acción, andar de esquina en esquina, aprovechando siempre el abrigo de las sombras para evitar ser descubierto, le había sustraído esa posibilidad. Ahora, en cambio, podía ver sus pies de felpa cuando ascendía, y como desaparecían, creando un pellizquito en el estómago, cuando descendía. Tutúm amaba los columpios.
Nelo había explicado a todos los oribaa, y creedme si afirmo eran muchos, el procedimiento a seguir para que el balancín no solo mantuviera el movimiento, si no para que, la velocidad y cadencia fuese progresivamente aumentando. Aprendían pronto, aunque esto no evitó que algún que otro hado, arrastrado por el entusiasmo y la excitación, saliese disparado por los aíres como alegre bala de cañón.
Mientras se columpiaba Tutúm le daba vueltas a la sesera, resultaba curioso, cuando menos, que tanto el bosquejo como Tantán, hubiesen desaparecido al mismo tiempo. El demiurgo era capaz de hacer aparecer cualquier cosa que nombrara, pero para ello resultaba preciso que no estuviese ya creado. Antes de subirse al balancín estuvo pidiendo a Nelo cosas, la primera que se le pasaba por la mente, y todas, y cada una de ellas, habían surgido de la nada ante sus sorprendidos ojos de pasta en el lugar exacto hacia el que el niño señalaba. Todas no. En un par de ocasiones introdujo, entre balones, maracas y oropéndolas, la palabra bosquejo, pero el pliego de papel no se hacía presente. Lo único que logró, y en verdad no resultó poco, fue que la aparición de decenas de oropéndolas balanceándose aferradas a sus nidos, le trajeran a Nelo el recuerdo de los columpios.
Balsámicos balanceos. El niño hizo crecer, justo al lado del tocón donde residía Maestre Pashaa, un enorme árbol repleto, en toda su altura y perímetro, de largas ramas horizontales apenas adornadas en sus extremos, por tupidos ramilletes de hojas multicolores. Y de cada uno de aquellos extensos brazos había colgado gran cantidad de columpios y hermosos nidos de oropéndolas.
Sentados uno frente al otro, colgados los balancines en ramas enfrentadas, Gagón y Tutúm solo podía entenderse cuando el balanceo de la ida les hacía coincidir por un breve espacio de tiempo.
–¿Has vistOOO a TantAAÁn. –Preguntaba el osito de felpa apresuradamente.
–No, en tOOOdo el díAAA he llegAAAdo a verlEEE. –Respondía Gagón lo más rápido que le era posible.
–SospEEEcho que la desAAAparición del bOOOsquejo tiene quEEE ver con él.
–¿Para qué podríAAA quererlOOO?
El resto de los oribaa, los que se balanceaban como locos en los otros columpios, les miraban con sus bulbosos ojos a punto de salir disparados del cuerpo. Los vaivenes prolongados de las vocales y el frenético balanceo que mantenían les excitaban poderosamente y sin mediar explicación, ni acuerdo tácito, las decenas de hados que se repartían suspendidos del gran árbol comenzaron a soltar frases sin sentido, eso sí, prolongando innecesariamente a grito limpio las vocales con que se tropezaban. Un galimatías chillón, una polifonía sin orden ni concierto ascendió por los aíres obligando, a las pobres oropéndolas, a revolotear entre las ramas y buscar cobijo entre los coloristas copetes de hojas que se repartían en los extremos de las ramas.
–Tal vez quiEEEra uno parAAA él solOOO. –Propuso Tutúm. –No desEEEo preguntAAAr a NelOOO, podríAAA sospechAAAr algo.
–No creOOO que si lo tiEEEne sepa usAAArlo. –Respondió Gagón.
–EntoncEEEs deberá bUUUscar ayudAAA.
–¿A quiEEÉn podríAAA pedrirsEEEla?
–SolOOO se me ocurrEEE alguien cAAApaz de prestAAArsela. –Aventuró el osito. –La viEEEja BatanAAA, la que habitAAA la CiénagAAA del NortEEE.
–TendremOOOs que ir AAA verlAAA. –Sentenció amenazante Gagón.

“Al papá de Nelo mamá le habló del picaporte, de la fuerza oscura que sin dientes lanzaba dentelladas, de los ruidos, los pasos de calcetines, de esa presencia turbia y esquiva, del miedo, de las sombras que al alba merodeaban. A él, el mundo se le contrajo, a las cinco y diez de todas las tardes el universo entero se desplomaba, polvo y ceniza en los labios, el salón ruinas, escombros en la almohada. A las ocho de la mañana el hoy recomponía calles, el auto buscaba sin saberlo su espíritu oriental de caravanas, los semáforos impartían dictámenes, sin alas, verticales luces de la guarda.
Consultó al sacerdote, éste le habló de misales, de resplandecientes patenas y repitió seiscientas veces la palara esperanza. La psicóloga, con su moño traspasado en tinta azul y sus gafas de araña, por respuesta escupió grageas, píldoras verdes, pastillas que encerraban bosques calmos, suaves playas de arena tostada. Junto a un amigo buscó abrigo en el alcohol y su cansina sinalefa de palabras encadenadas, después demorar la llegada, que las cinco fueran las ocho, que las ocho fueran nada. Anticipar partidas y adioses, vagar por un tablero de losas blancas y negras buscando enrocar el dolor, demorar llegadas. Perdido en la borrosa ciudad que anuncia, el justo lugar, donde nadie le necesitaba.”.

El camino se estrechaba por momentos, las descaradas flores sonrientes que desde el suelo le saludaban, tachonando profusamente ambos márgenes de la vereda, menguaban en número y color con cada nuevo paso dado. Birlo supo por ello que se acercaba al lindero que separaba el bosque del resto de la ínsula de Pomomo. Los efluvios de Nelo se diluían según se aproximaba a tan extraño paraje, el poder del novicio demiurgo era incapaz de competir con las ancestrales fuerzas que entre la arboleda moraban. Una vez más el oribaa elemental sintió miedo. No sería la última.
El bosque era una pared impenetrable de troncos apretados, un muro de madera viva, los árboles se erguían unos al lado de los otros, codo con codo, rama con rama, erigiendo una muralla insalvable. Miró en todas direcciones hasta advertir que, un poco a su derecha, se abría una especie de pórtico ojival bastante estrecho, y justo al lado de éste, una figura difusa parecía montar guardia. Con prudencia Birlo se dirigió en dirección a la extraña presencia, según se acercaba pudo distinguir con mayor claridad su aspecto. No era un oribaa, su cuerpo le pareció hecho de retales, retales del mundo de lo aparente y de otros lugares desconocidos. Aquel ser abrió su enorme boca con labios, rojos, grandes y perfilados, y formuló una simple pregunta en un tono neutro.
–¿Qué deseas? –El sonido de sus palabras recordaba al producido por multitud de guijarros arrastrados por el agua. –¿Acaso quieres entrar?
Birlo permaneció en silencio unos instantes, el personaje que le hablaba resultaba siniestro, las diferentes partes de su cuerpo estaban unidas por imperfectas costuras, un pespunte grueso las unía cuyas puntadas utilizaban, a modo de hilo, todo tipo de materiales, cuerdas, raíces, lanas, también unos gruesos y babosos cordeles que rezumaban un líquido gelatinoso y dorado. El cuerpo de marioneta estaba compuesto de parches, piel seca de tambor, papel impreso, plumas, pelos, uñas y pezuñas, madera, picos y escamosos trozos de patas, raíces bulbosas y secas yerbas por cabello. Todo unido por una aguja de hielo, de madera, de hierro oxidado. Los ojos cerrados, cosidos los párpados con finas hebras de brillante plata, rostro lampiño y cetrino de niño enfermo, y sobre aquella cara de vientre de sapo, la descomunal boca sonriendo, labios carmesíes, delgados de batracio.
–Busco a Batana, la oribaa que habita en la Ciénaga del Norte.
–¿Qué deseas de ella?
–Hacerle preguntas.
–Entonces la harás feliz, no responde a nada, más gusta devorar cuestiones bien formuladas, le encanta tragar dudas.
–¿De qué puede servirme eso? Necesito respuestas.
–Te confesaré que solo se alimenta de preguntas que sirven para algo. –Birlo le miró dubitativo. –Si sabes preguntar, la propia cuestión te dará la respuesta. Batana asegura que las incertidumbres llevan implícita la solución.
–Pareces conocerla muy bien.
–Ella fue quién, hace ya demasiado tiempo, me abandonó en este lugar. Dijo que la esperase, pues no tardaría.
–¿Quién eres? –Preguntó Tantán.
–Su hijo.
Birlo quedó perplejo, de todas las posibles respuestas, esa era la menos esperada.
–Los oribaa no tenemos hijos. –Afirmó resolutivo.
–Batana existió antes de la aparición de este bosque, cuando lo aparente y lo elemental convivían. Me gusta creer que tal vez, entonces, las cosas eran distintas, de otra manera.
–¿Ella dijo que eras su hijo?
–Si, y también me habló de mis padres.
–¿Tus padres? –Preguntó Birlo incrédulo.
–Por aquel entonces Batana era amante de un constructor que, con cañas de riberas y lazos de tumbas saqueadas, hacía volar cometas. También lo era de un sastre manco cuya clientela estaba formada tan solo por pierrot y polichinelas. Se enamoró después de un fabricante de títeres y marionetas que, con ayuda de sus pies y manos, manejaba cuatro crucetas. Tiempo después perdió la cabeza por un relojero loco que atrasaba tardes y adelantaba penas, y bebió los vientos, y vomitó huracanes, corriendo tras el rastro del corazón de corchea de un clarinetista que solo tenía una oxidada trompeta.
–¿Y cuál de todos es tu padre?
–Ni la misma Batana lo sabía, así que determinó que mi forma, mi cuerpo, tendría un pedacito de cada uno de ellos. Prometió que cuando supiera, “a cierta ciencia”, cual fue el principio de mi origen, sufriría una metamorfosis de polilla, y entonces adquiriría una forma única, sin costuras ni retales. Por eso aguardo aquí, sin cansancio, a que mamá regrese.
Birlo se encontraba extasiado escuchando tan apasionante e increíble historia, sentado sobre el suelo, atentas y erguidas las orejas de falso conejo, veía gesticular a la enorme boca, y detrás, prendido por dos puntadas, el cuerpo articulado del fascinante ser que esperaba por siempre a la entrada del bosque.
–¿Y cómo te llamas?
Un silencio puntiagudo, de alfileres y rotos dedales, flotó pegado a un suelo de bastidores y arpillera.
–Me llaman la Mola de Batana.
El cándido oribaa no entendía, el por qué, pronunciaba su nombre con tanta tristeza. Las palabras cayeron de los rojísimos labios blandamente, un chapoteo de sílabas formó un charco oscuro delante de sus amarillos pies de enorme pájaro.
–¿Y tú? –Preguntó el atormentado ser.
Birlo no quiso pronunciar su verdadero nombre, en sus oídos sonaba como un gozoso tamborileo, breve y alegre, que podía dañar el corazón remendado de Mola. Prefirió ofrecerle el otro, el que se le clavaba en las espaldas como las diminutas uñas de las zarzas.
–Tantán, me llamo Tantán.
–Pues bien, Tantantán, –anunció gozoso Mola, –en este bosque no resulta difícil perderse, ni terminar atrapado en el ruidoso estómago de un gigante.
Dicho aquello, el raro ser giró su cuerpo para evitar que Birlo pudiera ver lo que estaba haciendo. Un ruido de papel rasgado, un sonido de piel desgajada, de lata recortada, acompañaban los movimientos que Mola estaba ejecutando. De repente se volvió y, entre sus dedos de madera, hueso, nácar, engarzados entre sí por delgadas anillas de chapa, se alzaba un molinillo de viento. Su triste aspecto, la deplorable forma y torpe acabado del juguete, alertaron a Birlo de que aquel artilugio había sido construido con trozos vivos del cuerpo de Mola.
–Ten mi regalo. –La grotesca boca resopló y el molinete comenzó a girar frenético. –Guiará tu andar por el bosque, mostrará la senda a seguir hasta la Ciénaga del Norte, te llevará ante Batana.
El pequeño oribaa, con la abertura que suplía a la boca abierta del todo, y las orejas de falso conejo puntiagudas, se extasiaba al ver la cantidad de imágenes que, como un vilano sacudido por el viento, desprendía el molinillo a cada vuelta que daba.
–Gracias, –balbuceó azorado Tantán, –no te olvidaré, hablaré con Batana para que se dé prisa en encontrar a tu verdadero padre.
–Muy agradecido, –respondió Mola inclinando la cabeza, –pero no es necesario, ella es sabia, sabe lo que hace.
El ser volvió a girarse, Birlo, según se acercaba a la ojival entrada al bosque pudo ver como, entre los hilillos de plata, los que cosían sus ojos, brotaba un líquido negruzco que imaginó eran lágrimas. Lodo del cenagal que, en el lacrimal de retales dejaba, redondas canicas de barro por legañas.

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