Codex-Rohonci-Facsimile-bar (2)

Páginas del Codex Rohonczi.

LAS TRIBULACIONES DE BIRLO.

Miraba esquivo las angustias de Tutúm, éste se quejaba de lo penoso que era vivir en una casa a la que, de repente, le desaparecían habitaciones y, sin esperarlo, le crecían otras, donde el mobiliario se encontraba en penitente mudanza.
–Aquí mismo, hasta hace un momento, había un arcón, ¡puf! –se lamentaba el osito, –ahora un estante. ¡No encuentro nada!
Birlo se pregunta qué era lo que un oribaa necesitaba encontrar, pues por propia experiencia sabía que él no precisaba casi de nada, de hecho, vivía como el resto de sus congéneres, en un agujero, eso sí, seco y tibio, practicado directamente en el suelo. Otros oribaa, los menos, moraban en los troncos de algunos árboles centenarios, esos a los que el tiempo les hace bostezar de aburrimiento y para ello, abren una enorme boca cavernosa repleta de hamacas de arañas. Algunos lo hacían en oquedades rocosas, en los ojos que el agua y el viento, con paciencia vegetal, alumbran en la piedra viva y dócil. Era posible que no llegara a entenderlo, siendo como era un oribba elemental de esos que solo precisan para subsistir de un poco de agua de rocío irradiada en luna. Tutúm, en cambio, era de ese tipo de hados que pululaban por el mundo de lo aparente como si nada y que, además, era capaz de regresar con un poderoso anfitrión de la mano. Birlo suspiraba resignado.
Aquella tarde, un ratito antes de que volviera a amanecer en Pomomo, recordad que desde la llegada de Nelo jamás anochecía, se encontró con Tutúm. Éste sostenía entre sus manos de felpa un trozo de papel mugriento, lo miraba como quién contempla algo precioso e inspirador. Birlo, agitando sus orejas de falso conejo, se puso a saltar por detrás del osito intentado ver la maravilla que, al parecer, extasiaba a Tutúm.
–¿Es solo un círculo? –Preguntó terriblemente desilusionado.
El osito giró la cabeza y, con tono didáctico y condescendiente, instruyó de inmediato al estilizado oribaa elemental.
–Es el comienzo, el centro que se encuentra en todos lados y cuya circunferencia no se haya en ningún sitio. –Miró a Birlo esperando encontrar en sus bulbosos ojos el brillo de la admiración.
–Este círculo no es muy…, perfecto, por lo tanto…
–¡Por lo tanto pamplinas! –Le interrumpió Tutúm enfadado. –Es un símbolo, una representación…
–¿Lo pintó Nelo? –En esta ocasión fue Birlo el que cortó al osito, esos enojosos detalles no le interesaban en absoluto.
–Sí, –recalcó Tutúm evidenciando, con un gesto torcido de su boca de borra, lo poco que le gustaba que ignoraran sus sabias enseñanzas, –ahora deberá dibujar otro en el centro.
–No dijiste que el centro…
–¡Diantres! Limítate a mirar y callar, eso es lo que mejor sabes hacer.
Birlo no tenía la culpa de ser tan, tan, tan elemental, aquel tan-tan que a veces le salía de la boca, en una nefasta ocasión fue aprovechado por Gagón para componer una chanza divertida que todos alegremente festejaron y que supuso le adjudicaran, de por vida, tan, tan, tan humillante apodo. –¿Quién te lo ha contado? –Escuchaba a veces. –Tantán lo refirió. –Ah, bueno, entonces…
Al fin y al cabo, pensaba para consolarse el orejudo oribaa, Tantán era muy parecido a Tutúm. Pero no, esa ligera apreciación solo parecía advertirla él.
En esas interesantes disquisiciones y diátribas se encontraba cuando apareció, inadvertidamente, el desparecido Gagón. Estuvo a punto de salir corriendo para abrazarle y preguntar por su inesperada desaparición, pero se contuvo cuando advirtió que Tutúm no parecía sorprendido, más bien al contrario, era como si estuviese esperándole. Birlo se contrajo hasta hacerse una bolita, una pequeña pelota con dos leves protuberancias, nunca controló por completo aquellas largas orejas de falso conejo, y dejó que una ligera pendiente le llevara al pie de unas raíces que dormían sobre la tierra.
–¿Dónde lo has dejado? –Escuchó preguntar al osito de sucia felpa.
–Detrás del armario, pegado a la pared, tal y como dijiste.
–¿Lo descubrirán?
–No creo, apenas suben a la habitación, la mamá a veces entreabre la puerta y mira dentro, suelta un mudo caudal de lágrimas y vuelve a cerrarla. –¿Y tú? –quiso saber Gagón, –¿Avanzas con el bosquejo?
En respuesta Tutúm le mostró el pliego de papel, el imperfecto círculo dibujado con irregular trazo.
–Se pasa el día cambiando la forma de la casa del árbol, me está volviendo loco, disimulo quejándome. –Resopló contrariado. –Y para colmo, Tantán, no deja de acosarme con estúpidas y elementales preguntas.
Al oír aquello, a Birlo se le partió en dos la esencia básica, esa gotita dorada que todos los oribaa llevan dentro. Sus “amigos”, sus únicos “amigos”, también le llamaban por ese despectivo sobrenombre. La bolita en que se había convertido apenas era capaz de contenerle, las orejas de falso conejo se debatían intentando airadas zafarse. Apretó, necesitaba seguir escuchando.
–Esta tarde, porque ahora nunca anochece, –aclaró con un lamento, –seguiré engatusándole con la historia de darme forma y así poder abandonar el interior del sucio osito de peluche.
–Ve poco a poco, –aconsejó Gagón, –no olvides lo que le ocurrió a mí anfitrión, si aquella niñita no llega a asustarse, ya lo habríamos conseguido.
La bolita Birlo, lejos de ensancharse airada, se empequeñeció aún más. Esa era la vez primera que sus orejas se habían aplanado por completo y fruto de ello, y de misteriosas fuerzas que lo controlan todo en silencio, rodó por la pendiente hasta detenerse, con violento golpe, junto a un grupo de espadañas que le miraron molestas y sorprendidas.
Birlo se estiró con un desperezo insonoro, las orejas emergieron tristes y arrugadas, todo en él se sentía así, rugoso, atribulado. No sabía de qué hablaban Tutúm y Gagón, pero le sonaba mal. Acudir al Maestre Pashaa, para que le aclarara qué podían estar maquinando sus “amigos” era algo impensable para un oribaa elemental. Y, además, ¿qué podía decirle? El viejo Maestre acumulaba muchos años en su interior y se quedaba dormido de continuo. Sus borrosos párpados acumulaban polvo de siglos y eso le impedía ver con claridad la luz primera de las cosas. Las orejas las tenía cegadas de tanto escuchar al tiempo, ese minúsculo ser que solo precisa de sí mismo para hacerse gigante. Y después de todo, Gagón y Tutúm eran oribaa de primer orden, de seguro solo buscaban el bien para los de su especie. Birlo estaba confuso y dubitativo. Ser tan, tan, tan poco importante tenía sus menguas, –se repetía para sí mismo, –pero, a la vez podía reportarle ciertas ventajas. Ser Tantán era no ser nadie, y en “nadie” se fijarían si preguntaba, a “nadie” verían, si miraban, ir de un lado a otro buscando información. Lo primero que debía hacer era averiguar para qué, en realidad, servía un bosquejo, y a esa pregunta solo podía responderle Batana, la oribaa chiflada que habitaba la ciénaga del norte. Pensó en ponerse de inmediato en camino, pero antes debía coger aquel imperfecto círculo y esconderlo, así impediría que, durante su ausencia, lo terminaran de completar. Sospechaba que se estaba metiendo en un lío, pero era incapaz de detenerse. Apretó con fuerza nuevamente y se fue transformando en una bolita gomosa y dúctil, y botando, brincando, rebotando, ascendió la cuesta que bajara sin esfuerzo. La suerte le miró a la cara, la casita estaba desierta, la escala pendía dejándose balancear por una brisa niña, pequeña y nueva. Liberó las orejas del interior de la pelota en que se había convertido y ayudado por ellas, ascendió hasta alcanzar la cambiante morada de Nelo. El osito de felpa tenía razón, aquello era una auténtica locura. En la sala principal se amontonaban gran cantidad de enseres y objetos diversos, pudo distinguir peonzas, paraguas de colores, canicas de cristal de agua, pero no el bosquejo.
–¿Buscas algo?
Birlo perdió de inmediato su esférica forma y estirado, espigado y con las orejas de falso conejo enhiestas, tartamudeó sin ver aún a quién contestaba.
–Tan, tan, tan solo quería ver una vez más el círculo. –Mientras respondía atropelladamente iba girando los bulbosos ojos hacía el lugar donde la voz parecía provenir.
Allí, para su alivio, solo estaba Nelo, el niño se afanaba en ir recogiendo del suelo todas las canicas para, después, introducirlas en una bolsa de tela.
–Quiero enseñarles a Tutúm y a sus amigos cómo se juega a las “bolas”. –Le explicó Nelo sin alzar la mirada. –El bosquejo está ahí, ¿no lo ves?
El pliego de papel se encontraba sobre una cómoda de madera, pero no estuvo en ese lugar hasta que el niño señaló en aquella dirección y pronunció la palabra que le definía.
–¡Hasta luego! –Se despidió Nelo lanzando una sonrisa revienta maldades y dando un salto por una abertura que se abrió de improviso en mitad del salón.
Todos los objetos que encontraban sostén en el suelo se mantuvieron estáticos, posados sobre la nada. Birlo no lo pensó, si lo hubiera hecho “nadie” hubiese cogido el pliego de papel, ni absolutamente “nadie” tan, tan, tan inconsciente lo hubiese enrollado con mimo y cuidado para, después, salir de allí corriendo como viento que lleva el oribaa.
Sin dilación, casi a hurtadillas, intentando que “nadie” le viera, se dirigió al viejo camino de los Orates, la senda que se internaba entre densos bosques poblados por extrañas criaturas, restos del pasado, virutas de un ayer donde el mundo de lo aparente vivía mezclado con el de los hados. Nunca “nadie”, jamás, tuvo tan…, tan…, tanto miedo.

“En este lado las mañanas transcurrían perezosas, un ritmo diario de sábanas cambiadas, de vuelta y vuelta, esponja de los siete mares y jabonosa agua. Mamá sostenía su mano, pequeña, y le hablaba. Cuentos verdaderos donde él era héroe, villano de cicatriz hermosa, de esas que gustan a las muchachas, Alí-Babá y alfombras, papagayos y remotas islas, de la ignota Persia, del gotero diamantino gota a gota se columpiaban. Los cuarenta ladrones se llevaron sobre camellos de seis jorobas el botín más preciado, la luz que alumbra los ojos, el viento que domesticado construye palabras. Ningún “ábrete Sésamo” fue repetido con tanta y tanta ansia. Y Sésamo-Nelo jugando en otras lunas desoía, le daba distraído y dolorosamente feliz la espalda.”.

Cuando la tarde se angostaba, el autobús venía puntual a recogerla del hospital, recorría la ciudad deteniéndose de a poco frente a una panadería, dentro un mundo de corteza y migas sucedía cotidiano y ajeno, después se paraba al lado de un pequeño supermercado de barrio, la mamá de Nelo miraba a las personas que por los pasillos del arroz y las legumbres transitaban, para ella eran sombras de mirar ausente, ajenas a la hercúlea prueba de sostener día a día el pálpito de la ausencia. Después era la calle conocida, el desconchón de la esquina con sus harapos de papel anunciando cosas, siempre iguales, idénticas y amablemente cotidianas. Los dedos rebuscando, palpando y reconociendo la llave perdida en el bolso, cerradura y el olor tuerto de lo cerrado. A esa tardía hora de poco servía abrir ventanas, todo era tiniebla conocida, oscuridad visible de la mesa y sus sillas, esa penumbra familiar y pegajosa que evita tropiezos.
Con los ojos cerrados, intentando buscar olvido en el impuntual sueño, esa tarde se recostó sobre el sofá y dejó que los mínimos sonidos que se esconden en todos los muebles, al mantenerse en silencio, se atrevieran a hablar. La luz, sintiéndose ignorada, hacía bastante rato que se había marchado de puntillas cuando unos pasos, amortiguados, sigilosos de calcetines, se dejaron oír arriba, en la habitación de Nelo. Ella se incorporó con violencia, por un instante su mente le engañó y le hizo creer que nada de aquello había ocurrido, pero tan solo fue eso, un pequeñísimo instante. Un trozo de madera en medio de las olas de tan amargo naufragio. Pronto retornó la realidad a poner las cosas en su sitio, eficiente, cumplidora, colocó a Nelo en un hospital, puerta y ventanas cerradas, y a ella sola en la casa. Sola y amarga. En ese puzle terriblemente perfecto algo no encajaba, un ruido sin sentido ni origen dejaba un rastro por un techo que arriba eran esperanza y suelo. El latir del corazón competía en vano intentando acallar ese ritmo, desbridado galopaba arenas y playas, orillas tres veces fotografiadas, un recuerdo de un domingo del ayer, también, junto al pálpito se desbocaba. Las manos buscaron un lugar al que aferrase, ese “algo” que nunca en serio, jamás como entonces, llamó miedo. Los dedos de los pies se postularon manos y con el pulgar a tientas buscó los zapatos, el tableteo del tacón y la suela, un movimiento sincopado que la calzó sin ayuda y comprobó que las rodillas no son tan fiables como esperamos. Erguida en mitad del salón miraba la oscuridad de las escaleras intentando, no deseando ver ni seguir escuchando nada que oliera a falsa esperanza. ¿Y si en realidad todo había una cruel pesadilla? Una pesada invención de la mente, como cuando soñamos la muerte de un ser querido y despertamos aliviados, felices de que todo sea mentira, un regalo del que no somos capaces de sacar provecho, y olvidamos el dolor didáctico, ese que fue tan real.
Arriba el sonido se hacía más fuerte, el desgarro de las patas de un mueble contra la madera del suelo se esparcía como un profundo lamento. Caminó en dirección a las escaleras y pulsó el interruptor de la luz. Un resplandor blanco se esparció benefactor y sagrado, el sortilegio de ruidos quedó mudo para, poco a poco, retornar lento. Breves golpes en la madera, como si alguien, al sentirse sorprendido, empujara los muebles más despacio. En ese instante aceptó lo inevitable, tenía que averiguar qué estaba sucediendo en la habitación de Nelo.
Comenzó a subir las escaleras, sentía que “algo”, del otro lado de la puerta, la presentía a ella también. Esa certeza que acompaña lo misterioso y que una vez ha sucedido, al otro día, deja un rastro de huellas insinuadas en la arena, un aroma rancio que somos incapaces de explicar y demostrar porque el mar, con su borrador salado, lo ha ido emborronando.
Cuando llegó frente a la puerta tomó el picaporte y con lentitud lo fue girando, adelantó previsora un pie, tal vez necesitara cerrar de repente. No resultó preciso, una vehemente fuerza, un violento desprecio le cerró la puerta en la cara con un golpe seco que le provocó un hondo retumbo en el alma. El metal del pomo era un camino de ida y vuelta, a su través creyó percibir la maldad que del otro lado le expulsaba. Aléjate decían las sombras. No era un sueño, no se iba a despertar. Supo, en ese mismo instante, asistida por todos los recuerdos que desde la ameba primera hasta el hoy le llegaban, que “eso” estaba allí, siempre estuvo, y era real.

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