1A0 (2)Páginas del Manuscrito Voynich.

CORTOCIRCUITO.

Nelo no paraba de darle vueltas, por mucho que se esforzaba en que el tiempo se estirara como un chicle, sus estancias en la ínsula de los oribaas resultaban demasiado cortas. Aún no había empezado a dibujar su bosquejo, y el de Gagón seguía sin aparecer. Birlo, en un descuido de Tutúm, le había confesado al niño que su amigo se mantenía oculto porque le provocaba una terrible vergüenza mostrarse a medio terminar. Nelo apretaba las ceras contra el papel y estas se deshacían, dejaban un polvillo de diferentes colores sobre la superficie blanca, inmediatamente le pasaba un dedo por encima y se mezclaban los pigmentos componiendo un arcoíris algo irreal y hermoso, después resoplaba. Una idea, algo loca, le rondaba la cabeza, debía hablarlo con Tutúm osito de felpa.

En su habitación, haciendo luchar a dos muñecos, seguía con ese pensamiento burbujeando en la sesera, el niño pensaba que, si lo repetía, lo coreaba incansable en el interior, Tutúm terminaría dándose por aludido. El oribaa le miraba de vez en cuando de forma transversal, sentía esa idea como una onda expansiva ocupando toda la estancia, pero se negaba a hablar sobre ello. Lo deseaba más que nada, pero no sería él quién, ni siquiera, lo planteara.
–¿Cuándo empezaremos el bosquejo? –Por fin se atrevió a preguntar.
–El próximo sábado, –respondió el oribaa intentando hacer creer, con su indiferencia, que estaba enfrascado en otros asuntos más importantes, –ese día te levantas algo más tarde, tendremos un poco de tiempo extra.
–Sería bueno dormir un rato largo…
–Tu mamá te despertaría. –Respondió Tutúm empleando ese mismo tono desapegado con que hubo contestado antes.
–Estaba pensando…
–¿Sí? –Preguntó de inmediato el osito, no deseaba que el niño dejase sin terminar la frase, y menos aún la idea.
–Se me ha ocurrido un truco para dormir más tiempo.
–¿Qué clase de truco? –Quiso saber Tutúm mientras miraba con indolencia sus falsas uñas de hilo negro.
–El cortocircuito nos podría ayudar.
–¡Albricias! –Gritó en su interior el oribaa.
La palabra había sido dicha, aquella que ya imaginó, la que en sueños fue dejando caer dentro de la sesera del niño, el proverbial cortocircuito, acudía presto en socorro. Tutúm pensó que no solo era un oribaa dichoso por tener un anfitrión, sino además porque éste, podía permanecer como dormido durante un espacio de tiempo mayor que el resto de los habitantes del mundo de lo aparente. Dos veces afortunado.
–¿Y eso como se hace? –Inquirió el osito, esta vez algo más interesado.
–Cuando me pongo nervioso, muy nervioso, todo desaparece de pronto, después… –Nelo calló de repente, parecía como si con solo recordarlo, un sudor frío comenzaba a envolverle, a cerrarle la mente.
–Lo noto, –confesó el oribaa, –tu poder es muy fuerte, con solo desearlo podrías activar el cortocircuito, inténtalo. –Le animó.
El niño cerró los ojos con fuerza y apretujó los puños. El rostro de la doctora desfiló frente a la pantalla rojiza de los párpados apretados, el árbol de las ardillas y del pájaro negro donde todo eran manchas, desfiló girando como una peonza, nebulosos churretes de lápices de cera, cartulinas de colores recortadas formando vocales.
–¡Lo conseguiste!
Nelo abrió los ojos, a su lado, con una enorme sonrisa enhebrada en el rostro de felpa, Tutúm le miraba satisfecho y feliz.
–Puedes hacerlo a voluntad, tienes el don de cruzar de un lado al otro con el solo anhelo. Me siento muy agraciado por tenerte como anfitrión. –Reconoció Tutúm y el niño, al escuchar aquello, se sintió orgulloso.
Jamás nadie le había dicho nada semejante, su trastabillar de sílabas, esa forma en que las palabras se quedaban atrapadas entre los dientes, le hacían parecer torpe. Su mamá le animaba cuando se quedaba encasquillado, pero nunca dijo nada parecido, y papá…, papá solo parecía triste y desilusionado. En más de una ocasión, desde su habitación, había escuchado conversaciones que, sin nombrarlo siquiera, hablaban de él, charlas angustiadas que usaban palabras que no entendía pero que parecían pesadas, llenas de culpas, frases que le alejaban, le llevaban a lugares llenos de batas blancas y cablecitos capaces de dibujar líneas quebradas sobre un papel inquieto, un pliego repleto de rayitas numeradas que no paraba de correr hacia ningún lado.
–¡Deja de pensar en eso! –Le recriminó el oribaa. –Nos has traído de golpe a la ínsula, en un soplo. Te aseguro que es algo que hacía muchísimo tiempo no ocurría. Tu poder es asombroso, ahora podremos hacer el bosquejo con tranquilidad, como realmente debe hacerse. No quisiera acabar como el pobre Gagón.
El niño era feliz, la ínsula, repleta de tibios colores y de flores de caprichosas formas, parecía más bella que nunca.
–¿Cuánto tiempo necesitamos? –Preguntó Nelo sin poder dejar de mirar lo asombroso que a su alrededor era todo.
–¿Realmente importa? –Quiso saber Tutúm. –Mira todo esto, es tu fuerza la que está haciendo que la ínsula renazca. Recordarás como la vez anterior los colores no eran tan vivos, el movimiento de las cosas era más pausado, ahora todo hierve, crece, se renueva, y este milagro sucede gracias a ti. Eres único.
El ego de Nelo se inflaba como un gran globo rojo, flotaba enorme por encima de los cientos de oribaas que, salidos de la nada, acudían curiosos e inquietos deseosos de saber qué estaba ocurriendo. Un griterío, un murmullo laborioso y compacto, comenzó a entonar un canto, un himno de alabanza por lo dones recibidos. Aquel coro de voces se esparcía como una marea, se agrandaba ocupándolo todo, el niño, aunque no entendía el idioma utilizado en el cántico, imaginaba hablaba de él, de su poderosa magia, de las gracias llevadas a una tierra que, al parecer, hasta entonces, agonizaba olvidada.

En la ínsula de Pomomo, en la que jamás oscurecía, pues ese era el deseo del niño, los pájaros cantaban y sus gorjeos eran sonidos de arpas y flautas, los peces podían correr por la hierba, y las flores surgían con solo dar un paso. Un arcoíris de ceras multicolores brillaba en una esquina del cielo, y en la otra, una luna con cara de vieja jugaba con cinco estrellas. Un río atravesaba la bendita tierra de Pomomo, en sus orillas crecían sabrosas bayas, frutos apetitosos de imposibles colores y sus aguas eran azules, azul limonada.
–Va siendo hora de que conozcas mi… –Tutúm quedó pensativo antes de continuar, después rectificó, –…nuestra casa.
–¿Tenemos una casa? –Preguntó con entusiasmo el niño.
–Así es, algo humilde, un bonito aguje…
–¿No estará sobre un árbol? –Le interrumpió Nelo.
–Esto… –Titubeo el osito para, de inmediato, volver a rectificar. –Exacto, sobre el árbol más hermoso de toda Pomomo.
De inmediato, con un rugido cómico de bocinas, cascabeles y carracas, del suelo emergió un enorme árbol que fue creciendo hasta que su copa desapareció entre una densa multitud de nubes blandas y algodonosas. Las ramas se esparcieron al igual que las varillas de un paraguas, simétricas, equidistantes, pompones verdes se prendían de sus extremos, cogollos verdes de cerúleas hojas coloreadas. Y sobre la rama más sólida una casita de madera, azules las paredes, ventanas blancas. Una casa de cuento con tejas rojas, tal y como alguna vez Nelo, en sus más olvidados sueños, imaginara.
–¡Es preciosa! –Exclamó maravillado el niño. –¿Cómo se sube a ella?
Una escalinata de cordel, de hilos, de tomizas a mano anudadas, descendió desenhebrándose en espiral hasta tocar el suelo. Tutúm era el primer sorprendido, los deseos, en la cabeza del niño, se transformaban en ideas y, éstas, en palabras. Sonidos de vocales y consonantes materializando cosas. Birlo, espigado de asombro, comprimido de estupor, tironeó del brazo del osito para llamar su atención. Éste le miró contrariado, no quería perderse nada de lo que estaba ocurriendo. Casi en un susurro el larguirucho oribaa le musito algo cerca de la oreja. La felpa estaba sucia y olía a siestas y manzanas.
–Pudiera ser que Gagón, para adquirir una forma menos… embarazosa, no precisara de su bosquejo.
–¿Qué insinúas? –Preguntó algo contrariado Tutúm.
–El poder de Nelo es muy grande, tal vez si…
–¡Jamás! –Negó expeditivo el osito. –¿Te has vuelto momo? Precisamente por eso, por la energía que atesora, se hace preciso una guía, el bosquejo sirve para que no se desmande la idea. Sin un patrón modificable, maleable, pudiera salir cualquier cosa, cualquiera…
Birlo bajó los ojos avergonzado, el sabio oribaa de la felpa sucia tenía razón, el ser llegado del mundo de lo aparente resultó ser un demiurgo, y como todos los pobladores de ese mundo turbio, ignoraba la potestad creadora que encerraban las palabras.
Desde arriba, almibarados de entusiasmo, los gritos de felicidad de Nelo descendían a trompicones desde una de las ventanas blancas de la casita. Un tropel de burbujas emociones, de picajosa soda, aterrizaba en los oídos de los dos oribaa.
–¡Es exacta a la que imaginaba! –Vociferaba el niño.
Los dos duendes se miraron. En sus globosos ojos se pintaba estupor e inquietud. Unas sombras aún indefinidas. Posibilidades inquietantes.
–Debes tener mucho cuidado. –Advirtió temeroso Birlo.
–Lo sé, tenemos que conseguir que Pomomo sea una fiesta perpetua, una aventura interminable. Le queda mucho por aprender, resulta necesario que adquiera más conocimiento sin que, por ello, pierda la engendradora inocencia.
El larguirucho Birlo suspiró agitando las orejas de falso conejo, de todas las tareas penosas, agotadoras e inciertas, que a un oribaa podía encomendársele, esa, la de instruir a un demiurgo sin rebasar el límite óptimo del saber, era la más difícil e ingrata.
–¡Subid! –Reclamó Nelo a grito limpio. –Hay papel y multitud de lápices de colores, empecemos a hacer el bosquejo.
Los dos hados volvieron a mirarse.

Un sonido compacto y blando, reconocido y mil veces mentido, se escuchó reverberar sobre el suelo de la buhardilla. Un eco de silencio, pequeño y mudo, mudo, dolorosamente pequeño, bajó las escaleras en urgencias tropezando. El plato rozó el filo del fregadero, sus ojos de loza, atónitos, no podían creer que abajo, por siempre, le esperara el polvo y el blanco olvido de las cucarachas de charol. La mamá de Nelo dejó al aíre escaparse, un viento suave y constreñido que huía de la boca. Las manos en jabón tintadas resbalaban por el pasamanos, los pies, de rápidos, parecían correr descalzos. Arriba la imagen temida, el títere de Nelo arranado sobre el piso, con la vida descoyuntada y los ojos enharinados de blanco. Después las sirenas y las luces inflamando los escaparates de las calles ajenas, reflejando un tiovivo rojo, caballitos de cartón piedra apartando al humo y a los grandes paquidermos de gas-oíl. La ambulancia lanzaba al viento su plañidero cántico y en su vientre de gasa, Nelo, sumergido en un mar negro, era buzo amarrado a una bombona de oxígeno, dormido capitán de una fragata con ruedas, sin ancla ni cadenas. La mamá de Nelo sostenía su mano, suelta, fría de distancias, y el vehículo era un torbellino de ruidos, imágenes clavadas con alfileres, con agujas hipodérmicas y esparadrapo. Un coma, una ausencia de cuerpo presente, el dolor de las fotografías por los cajones olvidadas, los ovillos de lana que entrega en prenda el invierno, castañas. Toda la pequeña vida de aquellos primeros días desfilaba por la frente de la mamá de Nelo. Incluso recordó lo que por sabido estaba olvidado. El vientre redondo en otoño, en verano los abiertos gajos de vida. Sandía dulce del parto.
A la caída de la tarde, junto a la enorme cristalera del largo pasillo, el doctor de las lentes esquivas diagnosticaba lo imprevisto, sin motivo ni causa evidente, Nelo se había escapado por una puerta entreabierta. La puerta que conduce, menos a éste, a cualquier lado.
–No se encuentra en peligro, sus constantes están estabilizadas, –repetía sin convicción alguna, –solo cuestión de tiempo, tal vez mañana…

–¡Aquí soy feliz! –Gritaba el niño tumbado sobre la hierba.
Birlo y Tutúm no dejaban de mirarse.

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