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II.

UNO Y OTRO LADO.

La doctora del moño en equilibrio había dado permiso para que Nelo, durante dos horas al día, acudiera todas las mañanas a la guardería. La interacción resultaba esencial, según afirmaba. Aquella noticia supuso para el niño que el presente se empequeñeciese de repente y que un sapo molesto y pesado se quedara a vivir en su estómago.
La víspera de su primer día de guardería el sapo creció hasta ocupar toda su barriga, el animal se removía en su interior impidiéndole dormir. Desde la cama veía a Tutúm mirando indolente el techo de la habitación, completamente ajeno a sus terribles padecimientos. Intentó engañar al sueño colocando la cabeza a los pies de la cama, después se situó sobre el costado contrario al que solía colocarse, y nada, las horas transcurrieron lentamente y solo los ruidos que provenían de la planta baja le informaron en qué momento de la noche se encontraba.
Papá y mamá cenaban. Se cepillaban los dientes. Papá roncaba frente al televisor. Mamá trasteaba en la cocina.
En una de esas revueltas se encontraba la sesera de Nelo cuando al doblar una esquina, de repente, se encontró en medio de un sueño. Al parecer debía haberse quedado dormido sin darse cuenta.

El niño caminaba por un sendero que atravesaba todo un bosque, junto a él, orgulloso y petulante caminaba Tutúm. El que los otros oribaa pudieran verle caminando al lado de su anfitrión, le llenaba de satisfacción.
De la hermosa floresta que crecía a ambos lados del camino, asomaban a su paso multitud de oribaa que emergían curiosos de entre las hojas y las diminutas flores. Los había de todos los tamaños y formas imaginables.
Feliz y henchido Tutúm caminaba por el sendero observando de reojo a los zarrapastrosos oribaa que emergían de la verdura. Hacía muchísimo tiempo que ninguno de ellos conseguía un anfitrión, y más aún, que éste paseara por la isla compartiendo su sueño con todos. Los duendecillos más jóvenes comenzaban a ver en Tutúm una especie de héroe legendario. Todos querían saber cómo había conseguido realizar tamaña proeza, pero el ladino geniecillo se reservaba para sí mismo el procedimiento seguido.
Nelo no cabía en su asombro, era perfectamente consciente que se encontraba dentro de su propio sueño, pero todo en él resultaba absolutamente real y perfectamente tangible.
Cuando llegaron al claro del bosque donde se encontraba el Viejo Tocón, Tutúm se sintió completamente emocionado, todos los habitantes de las islas se encontraban allí reunidos para vitorearles y mostrarles su total agradecimiento.
El viejo Pashaa esperaba subido sobre el muñón de árbol que era su vivienda, se mostraba satisfecho del oribaa que avanzaba sonriente acompañado de su anfitrión. Hacía gran cantidad de lustros que en el reino insular no se contemplaba semejante estampa. Los llamados tiempos modernos estaban acabando con la antiquísima tradición que vinculaba a cada niño humano con uno de esos seres elementales: los oribaa. Cuyo principal y único cometido era conseguir que su anfitrión adquiriese el don supremo de la imaginación cósmica. Gracia fundamental que completaba el alma de todo ser humano y sin la cual, su espíritu fenecía junto con el cuerpo material cuando le era llegada la precisa e inapelable hora de la muerte.
Pero todo aquello a Tutúm le daba igual, seguía sin detectar entre la abigarrada muchedumbre la presencia de Gagón. Que en realidad era lo que más deseaba.
–De nada servía ser el héroe del reino si tus amigos no podían verlo. –Pensaba para sus adentros el homenajeado oribaa.
Mientras el Maestre lanzaba a los cuatro vientos la glosa que ensalzaba los retos, que al parecer Tutúm, con maña y arrojo había conseguido vencer, éste no dejaba de buscar con la mirada a Gagón y al pequeño Birlo. Ninguno de sus dos amigos se encontraba entre el público que había asistido a tan merecido homenaje.
Cuando por fin el Maestre finalizó el discurso de agradecimiento, empleando extrañas y redondas frases como: nueva era o comienzo de ciclo, se ofreció un ágape a todos los asistentes.
Los oribaa, nada más ser pronunciada la última palabra del discurso, se lanzaron en tropel sobre Nelo, hacía demasiado tiempo que nadie del mundo de lo aparente les visitaba.
–No te preocupes, –dijo el niño desde el suelo– resulta divertido.
El oribaa dejó a su anfitrión derribado y cubierto por completo de jóvenes duendecillos que subían y bajaban por el cuerpo de Nelo como si se tratara de un auténtico tobogán viviente.
Tutúm, mientras tanto, se dedicó a ir preguntando a todo conocido con el que se encontraba sobre el paradero de Gagón, pero nadie parecía saber en qué lugar se encontraba. No fue hasta que se tropezó con Birlo, que parecía tener mucha prisa y al que se vio obligado a retener, para que dejara de moverse, cogiéndole por sus enormes orejas, que tuvo alguna idea sobre los motivos que mantenían a Gagón desaparecido.
–¡Alguien le ha robado su bosquejo para colorear!
–¿Estás seguro de ello? Gagón es muy olvidadizo, tal vez lo haya dejado en algún rincón de su agujero.
Birlo negaba con la cabeza mientras se balanceaba en el aire suspendido de las orejas.
–Lo dejó al lado de la puerta de su agujero, yo lo vi. –Y mientras decía esto señalaba con dos minúsculos dedos sus dos ojillos saltones. –Alguien se lo ha llevado.
Tutúm dejó caer a su amigo que, como una pelota de goma, se mantuvo durante un rato alegremente botando.
–El problema es que no nos queda mucho tiempo. –Advirtió Tutúm.
Desde el suelo Nelo miraba hacia los dos oribaa, apenas llevaban una hora en aquel lugar, no era posible que quedara poco tiempo, las noches eran largas, a veces más que el día.
–Aún quedan algunas horas. –Indicó el niño.
–Te equivocas, aquí el tiempo transcurre de forma distinta…
A Nelo no le dio tiempo de escuchar nada más, un leve cosquilleo por el cuello le indicó que su madre le estaba despertando como solía hacerlo cada mañana, con arrumacos y carantoñas matutinas. El día se presentaba difícil y complicado, su asistencia a la guardería era motivo suficiente para sentirse desgraciado y doliente. Pero la esperanza de poder dormir una siesta aquella misma tarde, de las que siempre fue un declarado enemigo, pintaba un ligero resplandor de esperanza al final del largo túnel que tendría que recorrer en tan aciago día.

La mañana transcurrió tal y como había temido, sentado en una ridícula silla, alrededor de una mesa de patas muy cortas, intentando colorear un dibujo con auténtica penuria de materiales, e intentando por todos los medios pasar desapercibido. Las ceras de color amarillo parecían haber desaparecido del universo. –Pasar desapercibido– Cuestión esta que la señorita de aquel terrible lugar se entretuvo en desbaratar. Nada más acceder a la triste habitación que pretendía, sin conseguirlo, resultar familiar y agradable, aquella joven llamó la atención del resto de pequeños reos para hacerles notar, como si ya de por si no resultara evidente, que se incorporaba un –amiguito nuevo–, y que, por ello, debían mostrarse amables y comunicativos.
Nelo, una vez terminaron las presentaciones, consiguió sentarse en un lugar alejado del centro de la clase y se enfrascó en colorear unos feos dibujos con la loable intención de que las interminables dos horas a las que había sido condenado, transcurriesen lo más rápido posible.
Mientras frotaba con el lápiz de cera sobre el papel, recordó el bosquejo que había extraviado Gagón. El niño no tenía muy claro qué importancia tenía la pérdida de un simple dibujo para colorear, allí mismo, amontonadas e iguales, se encontraban gran cantidad de hojas de papel dispuestas a ser pintarrajeadas sin que pareciese que tuvieran valor alguno. Tenía que preguntarle a Tutúm por tan misteriosa cuestión.

Aquella tarde, después del almuerzo y ante la sorpresa de mamá, Nelo quiso dormir una siesta. La madre achacó el inusual deseo al cansancio que podía haber supuesto para su hijo la novedad de interactuar con otros mocosos. Así que le acompañó hasta su cuarto y tras mantener la palma de la mano sobre la frente de Nelo, por si en realidad aquella urgencia por acostarse se debía a unas décimas de fiebre, le dejó felizmente tumbado y arropado con un beso de mazapán colgando de la mejilla. Nada más entornar la puerta y escuchar como sus pasos se perdían escaleras abajo, Tutúm oso de felpa, saltó de la cómoda donde se encontraba descansando y se acercó hasta el lecho del niño.
–No sé si deberíamos esperar a la noche, apenas si tendremos una hora y media. –Le indicó de inmediato Nelo.
–Ya te he dicho que el tiempo allí no es igual que el del mundo de lo aparente.
–¿Qué es un bosquejo exactamente? –Preguntó el niño.
Tutúm se cogió las manos, miró al suelo, elevó después la vista hacia las rendijas de luz que filtraban las persianas, carraspeó con intensidad y en un tono que pretendía docto, comenzó a explicar lo que era un bosquejo.
–El bosquejo es uno de los bienes más preciados que puede poseer un oribaa. Gagón hace mucho tiempo tuvo un anfitrión, –aclaró Tutúm, –una niña que habitaba tu mundo, el de las apariencias, ambos comenzaron a crearlo noche tras noche…
–Pero ¿qué es? –Insistió Nelo.
–Un dibujo al final, un boceto al principio. Las imágenes que dan forma definitiva al oribaa y hacen crecer en el anfitrión el poder de la imaginación cósmica.
–¿Imaginación cósmica? –Preguntó el niño completamente confundido.
–Vosotros, los ciegos habitantes del universo aparente, desconocéis el poder que en vuestra alma habita. –Explicó Tutúm. –Podéis, con solo imaginarlo, crear las cosas más increíbles. Basta con que le deis un nombre y una forma, y eso, sea lo que sea, cobrará vida tarde o temprano.
–¿Entonces…? –Comenzó a decir con titubeos Nelo.
–No obstante, sin la adecuada intervención de un oribaa, y espero aclarar con ello tu embrión de pregunta, –interrumpió Tutúm, –vuestro poder puede resultar altamente peligroso, diría incluso que terrorífico.
–¿Y qué le ocurrió entonces al bosquejo de Gagón?
–La niñita estaba enferma, el bosquejo quedó incompleto y Gagón a medio terminar. No imaginas lo frustrante que para cualquier oribaa puede resultar eso. –Aclaró de inmediato. –Su único consuelo es que el boceto por ambos imaginado alguna vez esté terminado, y ahora, para colmo de males, lo ha perdido.
El rostro de Nelo mostraba una tristeza infinita, ¿qué forma tendría aquel pobre oribaa? ¿Sería un monstruo parecido a los que en la televisión se mostraban los viernes por la noche? ¿O tal vez fuese similar a los muñecos de felpa que aparecían en aquellos estúpidos programas infantiles?
–¿Cómo podemos ayudarle? –Preguntó el niño.
–¡Un momento! –Reclamó altanero Tutúm. –No olvides que eres mí anfitrión, no debes intervenir en los asuntos de otro oribaa. Encontrarte ha sido toda una proeza, somos uno, no tres.

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