1.-“Doctoras, moños y oribaas” (De Las Aventuras de Tutúm) Cuento por M. Martínez Fdez.

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I.

DOCTORAS, MOÑOS Y ORIBAAS.

Nelo llevaba tiempo sospechando que, dentro del mugriento osito de peluche, su preferido a la hora de dormir, se había colado sin permiso un oribaa. Mientras jugaba por su habitación, con aíre distraído y poco convincente disimulo, se giraba de repente en dirección del muñeco, en un intento por cazar al esquivo duende. Nada que hacer, el peluche le miraba desde el arcón de los juguetes con sus opacos ojos despostillados. Aquel espíritu debía ser bastante desconfiado y al parecer nunca permitía a nadie que le sorprendiera, salvo que ese fuera su deseo.
El juego al que se entregaba Nelo con tanta devoción tenía confundida a mamá.
–¡El niño pasa demasiado tiempo solo! –Le decía a su marido en tono de queja.
–¡Hum…! –Contestaba el hombre mientras leía el periódico.
–Había pensado en que sería conveniente que al menos, durante la mañana, Nelo fuera a la guardería, –insistía la mamá, –solo dos o tres horas, así interaccionaría con otros niños.
–¿Hem…? –Respondía esta vez el papá.
Desde su habitación, la buhardilla situada en la planta de arriba, el niño intentaba descifrar el significado de aquella terrible palabra, interactuar.
A sus oídos y limitado entender, sonaba a problemas, problemas acompañados de una bata blanca, dificultad por ordenar en la sesera las palabras y que estas, al columpiarse después en la boca, salieran en el orden justo y adecuado.
La mujer de bata blanca hacía preguntas que, con solo cruzar la habitación, se deshojaban como flores secas. Ella le miraba con aquella sonrisa, enorme y forzada, que los mayores pintan en sus caras cuando pretenden llegar al alma de un niño.
–A ver Nelo, presta atención a mis palabras. ¿Cómo se llama tu amiguito invisible? –Preguntaba invariablemente la doctora que sostenía sobre su cabeza un moño atravesado por un bolígrafo rojo.
El niño era incapaz de dejar de mirar la equilibrada composición que surgía como una aleta de la cabeza de la doctora, la madeja de cabellos perfectamente ovillados y aquella estilográfica, que cual varita mágica, provocaba tan milagroso equilibrio. Solo alguna que otra hebra se mostraba díscola, pero eran esos insumisos cabellos los que hacían que el peinado imposible, resultase aún más emocionante y bello.
–¿Acude cuando le llamas, o viene solo?
En realidad, nunca hubo un amigo imaginario, se trataba del esquivo oribaa que se mantenía en silencio y sin mostrarse porque no quería ser descubierto.
Al papá de Nelo no le parecía una buena idea lo de la guardería. La doctora había hablado de una especie de cortocircuito que de pronto, y sin aviso, se producía en la sesera del niño.
–¡En la guardería no saben cómo tratar este tipo de situaciones! –Argumentaba el hombre.
Y Nelo, que no tenía la menor idea de lo que significaba interactuar y cortocircuito, sentía una felicidad indefinible al saberse salvo, por el momento, de aquella otra palabra que sonaba a aparcamiento de automóviles, a trastero donde se mete aquello que no se necesita: guardería.
Todos los días martes, de todas las semanas del año, junto a su mamá, Nelo visitaba a la doctora Tatana, y las seis de la tarde se llenaba de moños y preguntas raras. El niño solía jugar a aquel insulso y aburrido intercambio sobre una media hora más o menos, después comenzaba a encontrar más interesante cualquier cosa que ocurriera al otro lado de la gran ventana que tenía a sus espaldas la mujer de la bata blanca.
El majestuoso árbol, que de seguro, era la residencia de alguna familia de ardillas, o el manojo de ramitas amontonadas que indicaban, que más arriba, habitaba un gran pájaro negro.
Los cortocircuitos de los que hablaba la doctora, debían de ser algo que escocía los ojos como el amoniaco, pues la mamá de Nelo, según éste observaba, se le llenaban los ojos de lágrimas al oír aquella extraña palabra, lo mismo que cuando limpiaba la grasa del horno.
Después de aquel martes, caminando de la mano de mamá, Nelo pensaba en lo que la mujer, que sostenía sobre su cabeza con tanta habilidad aquella madeja de pelos con tan solo un lápiz, había dicho.
–Es posible que vaya a más.
Y la mamá debió de recordar la parrilla, o tal vez el traje azul que se ponía papá para arreglar el coche, porque sus ojos, sin cortocircuito ni amoniaco, se llenaron de lágrimas, de muchas y transparentes lágrimas.
Sin saber muy bien el por qué, Nelo decidió en ese mismo instante, que el escurridizo oribaa debía de presentarse, sin excusas, como mandan las reglas de urbanidad.

Mientras escuchaba, lejanas y sin sentido, las palabras que intercambiaban abajo en el salón, mamá y papá, Nelo cogió por una pata a Tutúm, el osito de felpa, y lo metió en un cajón junto a los calcetines y las camisetas.
–¡No saldrás de ahí hasta que no te presentes!
Y sin agregar nada más Nelo bajó las escaleras, era la hora de la merienda.

Transcurrieron dos días completos, con sus tardes, sus noches y sus momentos divertidos. Nelo jugaba en la habitación haciendo excesivo ruido, reía a carcajadas intentando demostrar al oribaa que fuera, lejos de los calcetines ordenados por parejas, todo era mejor.
Fue entonces, y solo entonces, cuando desde el interior del cajón sonaron unos golpes malhumorados. Una voz ronca y diminuta se dejó oír amortiguada por el algodón de las camisetas.
–¡Está bien! ¡Abre de una vez, este lugar resulta asfixiante! –Se escuchó vociferar dentro de la cómoda.
Nelo miraba asombrado como el cajón tremolaba hasta tal punto que el mueble entero se agitaba y temblaba produciendo un sonido de redoble de tambor.
Extendiendo todo lo que daba de sí el brazo, apenas rozando el tirador con la punta de los dedos, el niño abrió el cajón con tanto ahínco que éste terminó sobre el suelo creando una confusión de calcetines y camisetas. Bajo una de éstas se apreciaba un redondeado y pequeño bulto.
Allí debía de estar el oribaa –Pensó Nelo.
En realidad, el niño nunca había visto uno de esos duendes, es más, jamás se había molestado en imaginar cómo podrían ser. Armándose de curiosidad más que de valor, aferró un extremo de la camisola y la fue levantando muy despacio. Lo que se mostraba ante sus ojos resultó ser bastante decepcionante. El duende apenas era dos enormes ojos pegados a un montoncito de materia informe, parecida a la gelatina que preparaba mamá, y una línea irregular pintada justo en el centro, que Nelo imaginó debía ser su boca.
–¿Qué sucede? –Preguntó con impertinencia el oribaa. –¿Acaso esperabas otra cosa?
Nelo no sabía qué responder a la pregunta del geniecillo, no quería ofenderle, pero en realidad sí que esperaba otra “cosa”, no estaba muy seguro de qué, pero resueltamente algo diferente, más terminado.
–¡No intentes mentirme! Tus ojos confirman mis suspicacias. –Advirtió el duende.
–¡No…, no esperaba nada! –Mintió con soltura el niño.
–¡Siempre la misma historia! –Se lamentaba el oribaa– Esperan que aparezca un ridículo personajillo ataviado con un bonete rojo y con la cara cubierta por una minúscula y frondosa barba. ¡Y claro, se sienten defraudados ante la realidad!
–Pero es que no tienes… –Nelo se detuvo en mitad de la frase, seguía intentando no agraviar al compungido duende.
–¡Sí, no tengo brazos, ni piernas, ni casi de nada! ¡Pero te aseguro que esto que ves ante ti es un auténtico oribaa! ¡Ni más ni menos!
–¿Acaso aún no has crecido del todo? –Preguntó con inocencia el niño– ¿Eres un bebé oribaa?
El duendecillo le miró con gesto avieso, no tenía claro si la pregunta resultaba tan cándida como a simple vista parecía, o por el contrario, aquel niño se burlaba con descaro de él.
–La incultura de la que haces gala es proporcional a tu tamaño. –Sentenció el hado. –Los oribaa precisamos de la imaginación de nuestro anfitrión para tener una forma definida. ¿Acaso no lo sabías?
Nelo, ni lo sabía, ni llegaba a entender la mitad de las cosas que aquel montón de gelatina le estaba contando.
El oribaa dando pequeños saltos se encaramó sobre la cama del niño. Éste le miraba con cierta expresión curiosa, no entendía cuál era el procedimiento que debía seguir para que aquel montón de gelatina adquiriera una forma concreta.
–Me parece que deseas hacer preguntas. –Convino certeramente el duende.
Nelo no afirmó ni negó aseveración tan rotunda, pero sí, necesitaba saber cómo aquella masa informe terminaría convertida en un auténtico hado.
–¿Cómo hago para que te salgan las patas?
El geniecillo le miró espantado, llamar patas a sus futuras extremidades le originaba una terrible duda. ¿En qué querría convertirlo Nelo?
–A ver, vayamos por partes, –dijo el oribaa, –últimamente tenemos bastantes problemas para conseguir un “anfitrión”. Los niños se asustan nada más aparecemos por sus dormitorios, posiblemente la culpa la tengan esas historias sobre monstruos y espíritus negros que se han puesto tan de moda.
El niño le miraba prestando toda la atención de que era capaz, y creame, en su caso resultaba toda una especial deferencia hacia el hado. Si en aquel preciso momento se hubiese encontrado sentado frente a la doctora del moño funambulario, su sesera ya se habría marchado, hacía bastante tiempo, por el ventanal del gran árbol.
–Lo más fácil y sencillo, para empezar, es que me acomode dentro de uno de tus peluches preferidos.
Nelo asentía, con bruscos movimientos de cabeza, completamente maravillado.
–Y por lo que he podido deducir, imagino que preferirás que sea en aquel sucio oso de felpa. Por cierto, ¿cómo se llama? –Preguntó curioso el duende.
Al fin y al cabo, aquella ansia por conocer era normal, durante bastante tiempo ese iba a ser también su nombre.
–Tutúm, se llama Tutúm.
El oribaa parecía complacido, a lo largo de su extensa vida le habían llamado de formas más ridículas y espantosas. Tutúm, después de todo, no estaba tan mal.
–Me parece perfecto, y ahora, con tu permiso, procederé a meterme dentro del relleno. Si eres de los que se marean ante imágenes desagradables, puedes mirar para otro lado. –Advirtió precavido el hado.
Nelo le miró horrorizado. Cuando los médicos le sacaban sangre terminaba siempre sobre una camilla sudando y sin saber qué había sucedido antes que la luz se apagara en su cabeza.
–Es broma… –Confesó con sorna el travieso duendecillo.
La masa informe de grandes ojos imitó, con la irregular boca que tenía en el centro de su cuerpo, el redoble de un tambor. Y agregando un ¡tachán!, compuso un triple salto mortal desde la cama y terminó adherido a la sucia felpa del peluche.
–Realmente está pringoso este oso, –advirtió el geniecillo, –costará un poco más deslizarme por el tejido, pero te aseguro que nada impedirá, después de vagar tanto tiempo sin un “anfitrión”, que desde hoy vuelva a ser el gran oribaa que en realidad soy.
–Tutúm. –Rectificó Nelo.
–Eso es, –dijo el duende, –disculpa mi error.
Rectificó de inmediato el genio y componiendo previamente un nuevo e imaginario redoble de tambor agregó pletórico y henchido de gozo.
–¡El gran Tutúm que seré!
Una vez la voluta de gelatina hubo penetrado por completo la felpa del peluche, éste cayó de lado quedando completamente inerte. Nelo miraba expectante al muñeco deseando que de un momento a otro se levantara y comenzara a andar.
Los hasta entonces opacos y erosionados ojos del juguete fueron los primeros en cobrar vida, poco a poco comenzaron a adquirir un brillo inusitado y, sin tener párpados que los protegieran, tan solo una simple línea horizontal trazada sobre el plástico, comenzaron de repente a parpadear.
Tutúm se incorporó de improviso, casi de un salto. Lo que hizo que el niño, sorprendido por el gesto, saltara a su vez.
–¡Ale-hop! –Gritó el osito. –Un poco incómodo sí que es, pero a pesar de ello, ya estoy aquí.
–¿Tutúm? –Preguntó Nelo aún con la boca abierta por el sobresalto.
El oribaa dudó un instante al oír aquel nombre, pero recordó de repente que ahora ese era su apelativo.
–¡El mismo! –Contestó mientras en la cara del peluche se dibujaba una sonrisa bastante tétrica y siniestra. –Disculpa por la mueca, pero aún no controlo a la perfección este maltrecho peluche. Me tira un poco de aquí.
Mientras decía esto, el duende señalaba hacia la parte posterior del muñeco. Exactamente sobre el lugar donde se situaba un pequeño pon-pon que al parecer era la cola.
–Cuestión de tiempo que me acostumbre.
Con torpeza y algún que otro tropiezo, el peluche comenzó a andar por la habitación del niño. Se veía obligado, a cada paso que daba, a buscar apoyo en cualquier objeto sólido y consistente que encontraba.
–Antes de continuar con esta divertida demostración de torpeza, debo advertirte de dos circunstancias esenciales. –Dijo en tono misterioso el oribaa. –La primera y más importante es que, ¡jamás!, es decir, ¡nunca!, deberás hablarle de mí a los mayores.
Como si quisiera con ello hacer más categórica aquella afirmación, Tutúm cayó al suelo y volvió a levantarse a toda velocidad, intentando hacer parecer, con ineficaz disimulo, que se trataba de una caída a propósito, un gesto teatral y cómico.
–Y segundo, –agregó mientras se recomponía, –de ahora en adelante cuando te dispongas a dormir por las noches, no debes temer nada, ni pesadillas ni terrores. En tus sueños estaré siempre presente, acompañándote. Así que saca provecho de esa ventaja y sé valiente y decidido.
Mientras el osito hablaba Nelo sonreía divertido, aunque el origen de aquella sonrisa no eran las palabras que Tutúm iba desgranando. Su hilaridad se debía a los movimientos que el peluche intentaba realizar y que quedaban detenidos en mitad de un gesto. Resultaba evidente, viendo aquello, que el oribaa precisaba de bastante práctica para poder controlar los movimientos básicos del peluche.
Aquella noche el niño durmió sin que ningún sobresalto o pesadilla le inquietara. En realidad, cuando despertó a la mañana siguiente, completamente descansado y feliz, no recordaba haber soñado nada, y menos aún que, en ese inexistente sueño, hubiese estado presente Tutúm.
–No siempre se recuerdan los sueños. –Fue lo que respondió el osito cuando Nelo preguntó sobre ello. –Pero te aseguro que hallas estado donde hallas estado, allí me encontraba yo, no lo dudes nunca. A ti también te hace falta algo de práctica.

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