“Los Días Previos” (De Cuaderno del Otro Lado) Relato por M. Martínez Fdez

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(De Cuaderno del Otro Lado).

LOS DÍAS PREVIOS.

Las convocatorias comenzaron a llegar a finales de abril. Una simple carta remitida por el Ministerio de la Ciencia Externa donde te identificaban, primero por el nombre y, después, por el número personal de designación ciudadana. El difmóvil recibía un aviso que incluía un código alfanumérico, en la oficina de correos más cercana, mostrando y acreditando ser el auténtico destinatario del envío, te entregaban un sobre sellado, en su interior la misiva y una tarjeta fluorada con código impreso. El texto sencillo, inequívoco, una invitación para acudir el día y a la hora señalada, al Centro Primario de Recepción y Evaluación Psico Mecánica. Los escritos fueron enviados con suficiente antelación, mucho antes de que el colapso total fuese una realidad indiscutible, nadie sospechó que aquella misiva era una invitación para abandonar un mundo que moría irremediablemente, salvo los buscadores profesionales de conspiraciones gubernamentales que merodeaban por la red. Veinte mil comunicados, ni unos más, ni uno menos. Cada vez que, por alguna circunstancia, el remitente no era considerado apto, una nueva invitación era expedida.
Tras los análisis previos, y la posterior certificación de idoneidad, al afortunado se le ofrecía un contrato gubernamental de carácter indefinido para desarrollar la labor, previamente redactada en el acuerdo, y una plaza no intercambiable en la “Nova Horizonto”. La nave que surcaría el espacio rumbo al sistema “Estonteco Homaro” y cuyo destino final era el exoplaneta “Nova Hejmo”, aquel que la sonda “Esploristo-332” definió como apto para la vida humana.
Los medios de comunicación encontraron un filón interminable en la noticia, llenaron horas y horas de programas televisivos, millones de páginas en todo tipo de webs, entrevista a los elegidos, debates sobre viabilidad del propósito y una emisión radiofónica especial que buscaba connotaciones esotéricas y místicas para algo que era pura ciencia. La humanidad parecía estar dando una vez más lo mejor de sí misma. La idiotez superaba todo lo anteriormente imaginado o conseguido.
Cada corporación, lobby, monopolio o estado, dependiendo del aporte económico o técnico que hubieran prestado al proyecto, podía designar a un porcentaje de representantes en la expedición. Científicos de todas las disciplinas, técnicos en todas las materias. obreros especializados y militares, componían la tripulación que en año y medio partiría rumbo a lo desconocido. La humanidad era grande, un orgullo desmedido, universal e injustificado, lo invadió todo. Un orfeón mundial cantaba enardecido los logros del sapiens, un coro de voces de sonora polifonía cuyo armónico canto era el de un cisne moribundo y agónico.
Camisetas con lemas galácticos, series de dibujos animados, llaveros, tarjetas, grupos musicales interpretando loas a la gran odisea, toda la mercadería posible saturó el comercio del mundo entero. Los colonos espaciales tenían una única misión, preparar el futuro gran éxodo de toda la población mundial a la nueva casa, “Nova Hejmo”, y todos, absolutamente todos, lo creyeron.
Nadie jamás hubiera imaginado la enorme engañifla que se había gestado alrededor de la mayor migración humana y, menos aún, viendo a Ignatius Kder, el comandante en jefe de la gigantesca arca “Nova Horizonto”, entrevistado, plasmado su rostro en fotogénico plano de tres cuartos con fondo de estrellas, inaugurando edificios públicos, eventos deportivos, asistiendo a conferencias, serio, metódico, como corresponde al director de pista de un fabuloso circo supranacional.
Cuando las luces se apagaban y el servicio de guardaespaldas comprobaba con probada eficiencia tecnológica que la habitación del hotel se hallaba libre de micrófonos o indiscretas cámaras, Ignatius, con la camisa arremangada, apoyado en la balaustrada del balcón, miraba al cielo, vacío, sin puntos luminosos. Tan solo se dejaba ver la lechosa claridad de urbe tintando el infinito. El comandante imaginaba que esa señal áurea, la demostración de la existencia de mentes pensantes sobre la faz del planeta, en poco más de un año dejaría de verla. Posiblemente era uno de los pocos seleccionados que conocía la verdadera realidad del proyecto, no intentaba apoyarse en falsas expectativas. Habían muerto doscientos treinta y siete cerdos en las pruebas de criopreservación, el corazón se paraba transcurridos siete días y aquellos pocos animales que habían conseguido sobrepasar las dos semanas de supervivencia, al despertar se mostraban erráticos y desquiciados. Querían morir. El módulo de inteligencia, el super ordenador denominado “Quantum Quoikn”, encargado de gestionar toda la actividad de la nave, incluyendo a sus residentes, funcionando a un veinticinco por ciento de su total capacidad, sufría un sobrecalentamiento extremo que no conseguían hacer menguar. Eran muchos los frentes abiertos y solo disponían de once meses para dar por terminado el trabajo.
¿Qué se podía esperar de tanta premura? Pese a la retórica pregunta que de continuo se hacía el comandante, una cosa tenía clara, el día señalado para el lanzamiento, a la hora exacta prevista del despegue, la “Nova Horizonto” abandonaría el planeta rumbo a cualquier lugar. En quince días comenzarían a realizar pruebas con seres humanos vivos pese a la gran mortandad de cerdos y, el maldito ordenador del demonio, estaba convencido de ello, sería enfriado, aunque tuviesen que sumergirlo en hidrógeno líquido. En el fondo daba lo mismo.
Sobre la cama el libro antiguo que le regalara Ophelia, un volumen impreso en auténtico papel, como antaño. Una historia escrita un milenio atrás, cuando aún lo humano se recreaba en el tiempo vivido, hablaba con voz pausada y se sentaba a contemplar el mar un día cualquiera por la tarde. Ignatius sonreía por dentro, en las bodegas de carga de la “Horizonto”, convenientemente empaquetadas, se hallaba la memoria de la humanidad en diferentes soportes. Todo un compendio de la lucha titánica de unos pobres animales por huir de su esencia verdadera, por negar el origen del que partieron. Tratados, obras de arte, sinfonías y poemas, literatura, religión, el empeño humano por disfrazar lo natural con ropajes de espíritu, de alma. Gastronomía, moda, lógica difusa, ciencia infusa, el sapiens apenas se había empinado sobre los dedos de los pies para mirar las estrellas y, ahora, era expulsado de la cuna, de la casa.
–Hoy héroe, mañana el mayor traidor de toda la historia. –Pronunció en voz alta al micrófono del IDMA.
Aquella idea le obsesionaba, le habían informado de las escasas probabilidades que tenían de alcanzar el objetivo, y de la devastación que dejaba atrás. En menos de una década la poca tierra fértil que aún subsistía en el planeta quedaría huera, improductiva. El proceso de tratamiento artificial para la potabilización del agua entraba en sus últimos ciclos, cientos de años sin lluvias habían dejado unas reservas acuíferas millones de veces reutilizadas, un líquido espeso, transparente gracias a la química, cuya densidad no le hacía absorbible por organismo vivo alguno. Los potentados, las eminentes cabezas de las tres corporaciones políticas mundiales, algunos dictadores y deportistas, habían construido refugios para salvaguardarse de la hecatombe. Cámaras de criopreservación interrumpirían el devenir de sus días cuando lo consideraran oportuno, esperarían el regreso de los nuevos colonos para ser rescatados. Fuera un desierto de muerte y terror infinitos.
–¿Qué necesidad había de advertirle al moribundo de la cercanía de su inminente muerte? –Susurró al implante con un hilo de voz para no olvidarlo, iba a necesitar más de una justificación cuando quedara a solas.
Se tumbó sin desvestirse y cogió el libro, acostado bocarriba lo sostuvo delante de sus ojos con el brazo extendido. Leyó en silencio:

¿Dónde comienzan los orígenes? ¿En qué lugar se forjan los principios de todas las cosas? Es un pasar suave que suma elementos, que funde en su plástica hechos y personas, aptitudes y semblantes. Remontar del día a día, dejar una figura de arcilla en un estante, y cada semana, los lunes, ausentar el polvo inevitable. Una sucesión de percances en la talega, un cajón repleto de billetes de autobús, de viajes con retorno, folletos de hoteles, planos de ciudades. Autocares que revientan a los erizos del atardecer, y un transcurrir de gasolineras, de estaciones, de fondas donde restaurar el cuerpo, de camas gritonas donde apaciguar al alma. Y el engaño, la manta que nos salva de los febreros, el paraguas que, plegado, escondemos cerca y disponible. La mentira de no querer mirar, de hacerlo y no ver, arneses, estribos para columpiar el galope, fusta para no ceder, levantarse y encarar primaveras y veranos. Presentir las hojas que, inevitables, buscaran el consuelo del barro, del trillado camino de las riberas. Un amoroso puñalito, ahí al lado, cercano y doméstico. Presente confuso y lleno de celadas, una certidumbre de desiertos y camellos. ¿Dónde surgió la orogénesis de estas cordilleras? ¿Qué dolores de cíclopes parieron las cumbres y sus veleidades? Traiciones de tardes de súplicas, de lecturas y señales. Y dejar caer los despojos…

Cayó en un profundo sueño y el libro, sin alas, voló de su mano a la colcha, anidó entre las arrugas del paño y también durmió.

La mañana le despertó con su ritmo desquiciado, los guardaespaldas esperaban en el pasillo, dentro de la habitación, sosteniendo una bandeja cargada de apetitosas viandas, le acuciaba con frases y palabras sueltas Emmaline,
–Es preferible que desayunes aquí, abajo está todo lleno de reporteros y admiradoras. –alzó los ojos al techo antes de terminar la frase, –jamás imaginé el poder de atracción que podía despertar alguien que no volverá jamás.
–Tal vez en eso radique el encanto. –Aventuró el comandante.
–Puede que sea eso, vivimos tiempos extraños, extraños y maravillosos.
Ignatius tomó asiento mientras la delegada del Ministerio de la Ciencia Externa posaba los manjares sobre una pequeña mesa circular. La mujer miró la pantalla del difmóvil y comenzó a relatar la apretada agenda que les esperaba. Era necesario seguir recaudando papeles y voluntades. Parecía como si los creadores de aquel inmenso engaño quisieran, a base de pasearle como un mono de feria, implicar al mayor número posible de magnates, presidentes de gobierno y jerarcas de toda índole. Cuando hubo terminado de relatar todos los eventos que les aguardaban, mostró una encantadora sonrisa de suficiencia y, triunfante, anunció el resultado de la gestión personal que el hombre le había encomendado.
–Tengo buenas noticias, el sábado, tal y como pediste, puedes desviarte de la ruta establecida, tendrás el día libre, eso sí, –agregó con el dedo índice extendido, –dos guardaespaldas tendrán que acompañarte.
El hombre sorbió el café, miró fuera y sonrió. Sería una sorpresa.

Tres interminables días después, tras absurdas sesiones fotográficas, tediosos coloquios y aburridas conferencias, dentro de un automóvil gubernamental de lunas tintadas, abandonó el último hotel en el que se hospedaban con el corazón henchido de gozo y el alma flotando dentro del habitáculo, como una nube extraña y a la vez familiar. Regresaba, tras varios años de ausencia, a la casa de su padre. Necesitaba despedirse, decir adiós a todo lo pasado, a ese tiempo que, sin haber siquiera puesto un pie en la nave, se le antojaba muerto, ajeno. Recordar era inventar, ver la vida imaginada de otro Ignatius. A veces pensaba que aquellas sensaciones, la contradictoria emoción que le embargaba, era el resultado de todas las pruebas realizadas en el Centro Primario de Recepción y Evaluación Psico Mecánica, inducir al sueño a varios individuos para después conectar entre sí sus IDMA, no podía reportar nada bueno. En un par de semanas tendría que pasar de nuevo por ese trago, no resultaba nada agradable.
Miró fuera, la carretera avanzaba recta en dirección al islote I-32, una de las pocas manchas supuestamente fértiles que rodeaban, como motas insignificantes, a la gran urbe. Reductos que aún no había muerto del todo y donde, unos pocos afortunados, malvivían rememorando viejas usanzas. Recordó como al principio, mucho tiempo atrás, el gobierno en el poder quiso expropiar las parcelas para ponerlas a disposición del bien común, cuando la prensa de entonces, la de verdad, descubrió las auténticas intenciones, construcción de viviendas de lujo, cesaron en su empeño. Poco después se reveló que el terreno estaba envenenado, acumulaba radiación, plomo, mercurio y otras lindezas, pero los residentes, pese a estar irremediablemente intoxicados, se negaron a marcharse, y entre aquellos locos románticos y suicidas, se encontraba su padre.
Habían dejado atrás el puerto de aguas enlodazadas y el polo químico cuando, la voz imparcial de uno de los guardaespaldas a través del intercomunicador del vehículo le anunció que en cinco minutos llegarían al destino. Ignatius tragó saliva y en un acto reflejo, ¿recordado?, frotó el lomo de ambos zapatos, alternativamente, contra las pantorrillas.
Discurrieron por la antigua alameda hoy desierta y sembrada de patéticos esqueletos de árboles para, después, embocar el viejo puente sobre el cauce seco del río Tambor. Siempre le pareció graciosos ese nombre, sobre todo aplicado a un barranco por el que solo transitaba un regato sucio y estéril. Le resultaba difícil asociar aquellas imágenes con las que atesoraba, magnificadas por unos recuerdos construidos a base de imágenes, libros y viejas películas, estampas de un mundo aún verde, tristemente esperanzado en un engaño que nadie era capaz de denunciar. Esa era la razón de que nadie recordara la grandiosidad que antaño albergara la ciudad, el poderoso Sindicato del Mar, las grandes avenidas trazadas en perfectas cuadrículas, el destellante sector financiero con sus altos edificios de acero y cristal, las calles comerciales repletas de gentes. El auto se detuvo de repente, el ayer se diluyó frente a una alta alambrada siena de óxido, la frontera, la linde que mantenía a salvo a las falsas islas vegetales de la muchedumbre urbanita. El comandante descendió del vehículo, los guardaespaldas y el chofer tendrían que aguardar su regreso en el exterior. Junto a la cancela le esperaba un hombre ataviado con desusados ropajes, sin dirigirle la palabra aquel individuo abrió uno de los portones, los goznes se lamentaron de su impuesta quietud, era como abrir un libro antiguo, el aroma del ayer se extendía al igual que las páginas del incunable que le regalara Ophelia.
Ignatius caminó por un sendero sin asfalto, cada cierto tiempo, en un lateral del camino se abría una vereda que conducía a una casa. –La cuarta a la izquierda–, se dijo a sí mismo, y mientras se demoraba en el recuerdo vislumbró en la lejanía un hombre que, sin verle en detalle, supo era su padre.
La condición de comandante, ser el único conocedor de las pocas probabilidades de éxito de la misión, le otorgaban algunos privilegios, entre los que se encontraban poder designar a dos tripulantes sin necesidad de que fuesen útiles al proyecto. La elección de Ophelia, en calidad de comandante médico, fue algo natural, el propio Centro Primario de Recepción y Evaluación Psico Mecánica lo tenía previsto sin que su consejo hubiese mediado. Había hecho el mismo ofrecimiento a su padre y éste, sin dudarlo, se negó a abandonar el planeta.
–Resistiré hasta el final. –le dijo en aquella ocasión y para su sorpresa, agregó algo que en un primer momento achacó a un simple presentimiento, –quiero ver con mis propios ojos como todo revienta. Siento que a esto le queda poco.
–¿Ahora eres adivino?
Le miró sin verle, como si en aquel preciso instante se hubiese vuelto invisible o translúcido, después, con voz cansada, casi inaudible, soltó una reata de afirmaciones en apariencia inconexas.
–Me lo narran los pocos pájaros que pasan hacia el sur, no hay abejas, murieron todas hace tres años, –señaló con el brazo en dirección al camino principal, –la semana pasada aparecieron decenas de conejos muertos, no había sido ningún depredador, se habían lanzado voluntariamente contra las alambradas de espinos, se retorcían agonizantes, temblaban con los ojos abiertos, me miraron y supe que la hora era llegada.
La extraña conversación se solapaba con retazos del libro de Ophelia. Se sorprendía a sí mismo meditando, recreando en la memoria situaciones pasadas y cuando el desarrollo del recuerdo llevaba minutos sucediendo, de repente el golpetazo, el cristal que interfiere el vuelo de la mosca, ese personaje con el que hablaba, un hombre llamado Ignacio Campoy, no era su padre. Confuso entonces rememoraba la escena, se desesperaba, ¿cómo no había sido capaz de percibir antes la confusión?, darse cuenta de que el escenario donde sucedía la acción no le era propio, ni familiar, que estaba lleno de artilugios, de conceptos pertenecientes a un tiempo lejano y acabado.
–El maldito IDMA, –mascullaba entre dientes, –nos van a volver locos con esos peligrosos experimentos.
Le informaron que la conexión entre diferentes dispositivos, dada la larga duración del viaje, era algo preciso, necesario. La inactividad cerebral durante el estado de criopreservación, consciencia suspendida, deterioraba irremisiblemente la psiquis del individuo, de ahí la gran mortandad porcina. Los sapiens necesitaban estímulos, engaños de realidad, para mantener un tono de pensamiento positivo y sano.
Su padre, el verdadero, le miraba con una amplia sonrisa iluminándole el rostro mientras intentaba ocultar, tras las espaldas y sin conseguirlo, un cigarrillo. El humo ascendía delator y vocinglero por detrás de la cabeza, un aura, un efluvio del pasado que de alguna manera le santificaba. Ambos hombres se abrazaron y el cigarro sin disimulo cayó al suelo.
–Sabía que vendrías, ¿para cuándo la partida?
–Quedan varios meses, –le aclaró Ignatius, –he venido ahora porque más adelante será imposible…
–No te preocupes, cualquier momento, sabiendo que existe un final, es el adecuado.
Caminaron en dirección a la casa, una construcción deteriorada a la que la intemperie, y la falta de cuidados, la habían transformado en parte inseparable del entorno. El color ocre, la maleza que por todas las hendiduras brotaba, no permitían diferenciar donde empezaba lo natural y acababa el fruto de la industria del hombre.
Delante de la construcción, cubiertas por un chambado en precario equilibrio, se encontraban dispuestas dos sillas y una mesa, y sobre esta última, una auténtica botella de vino con sus respectivos vasos de vidrio, todo un lujo.
–He evitado obsequiarte, como no ocurrió la última vez, con una ensalada a base de productos del terreno, –anunció el padre, –disfruté de tu azoramiento, del temor que sentías ante tanto verde envenenado, no deseo hacerte pasar por lo mismo,
Ambos rieron y, buscando excusa y socorro en el vino, mantuvieron una larga plática sobre el ayer, el único territorio común que compartían. Mamá enferma a causa del mercurio, esa displicencia, por parte de él, en no sentirse ni por un solo momento culpable de su muerte, a pesar de que la decisión de no abandonar aquel vergel mortal fue suya. La partida, el ejercito como posibilidad, las discusiones, todo resucitó sobre la desvencijada mesa, deshojado, sin el fuego que antaño prendiera acento e intensidad en las palabras. Resultaba triste recorrer un glosario de eventos esenciales y que nada del entonces provocara resquemor en el alma del hoy. Frío, lo único que sintió Ignatius fue un frío anormal en las sienes, un helor blanco que transformaba el pasado en algo ajeno, impersonal.
El sol, vengador sin saña, se deslizaba por el tejado de la chabola, miró el difmóvil para comprobar la hora, el brillo incandescente del astro impedía concretar con claridad la forma de los números. Seguro era tarde.
Fue a partir de entonces que la conversación, el entorno, se fue emborronado, la luz menguaba y el padre, el que se sentaba al otro lado de la mesa, apenas era una silueta indefinida. Los bordes se mezclaban con el fondo y éste, sin ser negro, devolvía una estampa de apariencia dibujada, a mano, imperfecta. Una idea se fue abriendo paso en la mente del comandante, una fugaz estampa recordada:

La casa, blanca. Las ventanas de un azul intenso y vivificante. Delante de la puerta hay una parra que despliega su sombra sobre un mobiliario de arcilla cocida y madera. Un cántaro grande y resonante, un botijo, una mesa esclava y dos sillas. Allí un hombre parece mirar la lejanía, un anciano alto y de frente despejada. Mira el azul del cielo sin detenerse en vuelos o ráfagas, contempla los azules de la mar sin fijar espumas u olas. Busca el azul, solo el azul. A su lado descansa un bastón delgado de bambú, fuma y tose, baja los ojos y se enfrenta a un pliego en blanco. Está escribiendo, sé que escribe sobre la vida y la gracia del azul. Quedo parado mientras le observo…

El terror invade el cuerpo de Ignatius, prevé una nueva injerencia del libro, malmetiendo, desvirtuando la realidad que le pertenece. La única posible, la suya.
Una voz, desde atrás, le advierte que es hora de partir, el tiempo ha sido agotado, un temblor insoportable recorre todo el cuerpo, dentro de la habitación Emmaline le acucia con frases y palabras sueltas, mostrando una encantadora sonrisa de suficiencia, triunfante, anuncia el resultado de la petición que el comandante le había encomendado.
–Todo bajo control, las constantes se han mantenido durante toda la conexión sin variaciones significativas, en un par de ocasiones se produjeron leves altibajos, nada inusual, –le guiñó un ojo y formuló una pregunta, –¿pudiste verle?
El hombre asiente, sus ojos parecen amar el vacío que contempla. Dormir toda la eternidad, tal vez ese el futuro que le espera. No termina de acostumbrarse. La muchacha insiste.
–Es una lástima que no hayamos podido monitorizar todo el proceso, es la primera vez que inducimos la presencia de alguien que ya ha muerto dejando que el sujeto activo mantenga cierto grado de consciencia. Bueno, –añade, –al menos has logrado lo que querías, despedirte de tu padre. Tenías razón, no es bueno partir dejando asuntos pendientes. –lo dice como si el finado fuese el comandante. –Espero, por mi bien, que la central no se entere, seguro me despedirían. Me debes una.

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