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(De Cuaderno del Otro Lado).

RENDIJAS.

Era el pensamiento rondando una idea, recorriendo los callejones laterales, demorándose en sacar conclusiones. Esa manera de pensar colateral. La única posible cuando el alcohol se ha aposentado entre las neuronas, porque necesito olvidar y todos los aromas no cesan de mentirme y, al final, inevitablemente me traen a ella. Vueltas por paisajes desconocidos hasta que, una ventana, un buzón de correos, me indica que el entorno resulta familiar. Retorno al punto de partida. En eso estaba, en semejante diatriba, terreno de nadie, gota que machaca con su terca levedad a la piedra. Y la luz, casi hiriente y desapercibida entre tanta oscuridad. Toda una paradoja que el pensamiento empecinado tolera. Esa la vez primera en que tomé consciencia. Seguro había estado ahí desde tiempo atrás. Con la cabeza sobre la almohada, la habitación apenas iluminada por los resplandores que, desde la ventana, invadían la intimidad de la obcecación gratuita. No existía un sótano, planta baja y final. Cimientos, eso era todo, o al menos, así lo creía. Pero la rendija, entre el rodapié de madera y el parqué, desmentía las medias certezas. Apenas era una línea que la luz, y la penumbra reinante, agrandaba artificialmente. ¿Efecto óptico? ¿Brillo cuyo origen se encontraba fuera de mi campo visual? Cualquier cosa nimia e insignificante, insuficiente misterio como para obligarme a abandonar la cama a esa hora. Era más cómodo mantener el pulso con el pensamiento, continuar girando en la noria que a nada conduce, a ningún lugar lleva. Mañana, si es que recordaba algo, comprobaría lo que ya sabía. Era un bajo sin sótano, por encima un nivel más. Casa en pleno centro urbano, bien comunicada, precio a convenir. Inmobiliarias abstenerse.

La fotocopiadora, su ronroneo de futuro, los papeles saliendo calientes y ordenados, casi húmedos. Cada vez que el rodillo invisible recorría el impoluto cristal de la máquina, un guiño luminoso se desprendía por el lateral del artilugio. Recordé, entre la fumarola de los efluvios del lúpulo, cerveza proletaria, la absurda luz que salía por detrás de la madera. Paradojas del insomnio alcoholizado. Hablaría con la casera, me aseguró que, bajo mi casa, esa que me costaba un riñón todos los meses, no existía ningún sótano, local o antro, dedicado a actividad comercial alguna, tranquilidad absoluta. Pero esa luz lo desmentía. Se hacía preciso investigar.

La cena pasó sin pena ni gloria en el restaurante de Luigi, ahora como solo, lasaña casera y burbujeante lambrusco. Casi inaudible, de fondo, la banda sonora de ñoñas canciones pretendidamente románticas. Invoco unos ojos, me falta tu aliento. Había cobrado el salario del mes y como siempre, lujos costumbristas, me permitía ese pequeño dispendio. Mientras esparcía el queso rallado por las junturas de la pasta, volví a recordar la rendija luminosa. El agua es viajera, una filtración es capaz de aflorar alejada cientos de metros de su origen. Pero no la luz, necesita superficies capaces de reflectarla, tampoco es imposible que suceda, pero sí poco probable. Tal vez el origen estaba en la propia habitación, esa pared separaba mi domicilio del exterior de la vivienda, no era un muro medianero entre dos casas. Afuera estaban las aceras, los coches aparcados y ni una sola farola cercana.
Mientras recorría las dos calles que separaban el restaurante del portal, ese camino que hacíamos prendidos del brazo, fui comprobando lo que ya tenía claro, ninguna fuente de luz cercana a esa pared podía ser el origen del brillo, casi molesto, que desde la ranura se proyectaba. Lo extraño era que, jamás antes, me había percatado de ella, seguro había brillado siempre en soledad, ignorada, tristemente innecesaria.
Cuando accedí al interior de la vivienda recorrí todo el salón sin encender ni una sola lámpara, conocía perfectamente la situación del mobiliario, la localización casi exacta de cada mueble, en algún momento temí tropezarme con tu figura. No en balde, cada vez que resultaba necesario visitar en mitad de la noche el retrete, abandonaba la cama y recorría aquel espacio de igual manera, a oscuras y con un brazo extendido delante de la cara. Aún recordaba el fatídico día en que, andarín confiado, me golpeé con la esquina del pasillo en pleno rostro. Temí por el tabique nasal, adormilado en ese momento, e hinchado ya frente al espejo.
La puerta del dormitorio, al abrirse, me mostró de inmediato el resplandor pegado al suelo como un reclamo publicitario, neón anunciando el estreno de una nueva banda. Música en directo. La sensación era similar a la que nos produce esa llaguita justo al lado de la punta de la lengua. No es una presencia rotunda, pero ahí está, invitándonos a frotarla inconscientemente contra el diente. Un dolor tolerable, mientras estamos ocupados invisible, pero a solas, con la mente vacía, retorna a exigirnos una atención que no deseamos prestarle. Agachado junto a ella, pasé el dedo índice por la ranura. Apenas era detectable, se hacía preciso un esfuerzo consciente para que, la información que el pulpejo transmitía al cerebro se transformara en presencia, en grieta real. Acuclillado, mirando una línea luminosa en mitad de la oscuridad, no podía dejar de sentirme absurdo, era como si me miraras reprobatoria por encima del hombro. Aburrido que busca en cualquier idiotez el margen de un misterio inexistente, porque la vida, eso que transcurre delante de mis narices, esta huera. Después de tu brusca partida ya no deseo, ni tengo, a quién entregarla.
Como una futura costumbre, una manía que estaba a punto de adquirir, el glosario de memeces rituales que me atenazaban de continuo era prolijo, volví a pasar la yema del dedo por la hendidura. Fue entonces cuando una desazón, una sorpresa casi terrible, acongojó mi ánimo hasta el punto de obligarme a saltar hacia atrás y, a retirar el dedo, como si una descarga eléctrica me hubiese sacudido. No, no fue nada físico, ningún dolor se transmitió a través del brazo, ni electrochoque, ni punción dolorosa. Fue la certeza, la incuestionable seguridad de que algo, desde el otro lado, había repetido el mismo gesto. Alguien, al unísono, había pasado el índice por la otra cara de la rendija, buscando lo mismo, cerciorarse de que era real, pese a la sutileza casi imperceptible de la muestra impresa en la madera. Un miedo, hasta entonces por mí desconocido, me obligó a encender luces, recular hasta la cama, y buscar entre las cobijas un olvido que se negaba a llegar. Me atenazaba una terrible sensación de pánico. Porque fuese lo que fuese, no eras tú.

En algún momento, una cuestión, un asunto, eso que comienza como una levedad de pensamiento, adquiere peso, se aposenta y se transforma en un monstruo, en una obsesión. La grieta en la madera había conseguido ascender a ese grado. Ya no era la anécdota que se desvelaba entre risas, ahora era el punto central de la habitación, el eje sobre el que se movía la casa entera, la razón oculta de mi vida.
Desde el salón, buscando el ángulo correcto, podía contemplarla. Moví la mesa del comedor y las sillas para, mientras cenaba, poder observarla. El sofá también fue desplazado, el orden, la arquitectura lógica que hasta entonces definía mi existencia, ahora era en apariencia un caos. Dejé de utilizar los servicios de la empresa que, una vez al mes, realizaba las labores de limpieza de toda la casa. No podía explicar a nadie el porqué de la anárquica distribución del mobiliario sin…, sin que pensaran que estaba volviéndome loco.
Pero no, mi mente analítica, ese afán que poseo a la hora de encarar un misterio, un análisis, me hizo comprar una libreta, tapas duras, azules, con una banda elástica para mantenerla cerrada, donde tenía pensado ir anotando cada variación, toda sensación transmitida a través de la rendija. La libreta y un viejo magnetófono. Adquirí un micrófono de alta sensibilidad, el equipo básico para desentrañar el enigma que, en apariencia insustancial, mediocre y, hasta cierto punto banal, estaba lanzando un mensaje desde el otro lado. Solía dejar la grabadora encendida antes de irme al trabajo, escuchar las grabaciones me ocupaba mucho tiempo, demasiado. Opté por proveerme de un programa para el portátil, descargaba el contenido almacenado en la película ferruginosa, transformándolo antes en preciso y frío lineal analógico, y unos filtros, unas alarmas implementadas en el software, avisaban, rescataban esos sonidos y los almacenaba en un fichero cuyo nombre eran la fecha y hora exacta.
Esas llamadas a rebato, que el ordenador hacía suyas, no sirvieron para advertirme que había olvidado felicitar a alguien, que pasé por alto el día de la madre, que no quedaba con nadie para hacer nada y lo peor, ya no te llevaba flores. No anunciaron mi lenta e imparable transformación en un ser anómalo y huraño. Mientras observaba desde el salón la luminosa ranura, imaginaba esos inevitables comentarios hechos por mis amigos, –siempre fue rarito, pero, desde aquello…–, no, se equivocaban, todo el tiempo fui mediocre, me mantuve dentro de las líneas paralelas donde todo es relativamente aceptable, jamás me dejé caer, pese a que en alguna ocasión lo deseara, por la vertiente que lleva a lo incorrecto, a lo no recomendable. Salvo cuando te conocí.

Un día feliz, una sorpresa llenando de gozo toda el alma. Tras escuchar cientos de archivos, esos que el programa considera atípicos y que en la mayoría de los casos solo albergan ruidos indescifrables o el inconfundible rastro de un mueble al ser arrastrado que, por extrañas cualidades de la acústica, terminaban impresos en la cinta, por fin detecte algo parecido a… ¿Unas sílabas? Un murmullo de voces, de voz en realidad, ininteligible, la frase inconexa e indescifrable que una voz, pudiera ser femenina, soltaba sin más. Tuve que acudir a los ahorros, al capital que hasta hoy he mantenido a salvo de caprichos momentáneos. Ese fondo de resistencia pergeñado para futuros imprevistos. Compre un filtro, un nuevo programa que desinstala, acota, pondera, unas gamas acústicas sobre otras, hasta que eso que hasta entonces era un bufido gutural, se transforma en prístinos sonidos, argentinas sílabas que conforman una frase, una exclamación. Tras filtrar una y otra vez el cacofónico estertor, éste compuso unas palabras encadenadas con algo de coherencia: –…aún me resulta inverosímil.

Por fin podía registrar algo importante en la libreta, hasta entonces solo anotaba…, tonterías, elucubraciones y pensamientos que provenían de mí interior, nada directo. Me consolaba pensar que esas fantasías, las hipótesis sobre la procedencia del resplandor, me eran, de alguna extraña forma, inspiradas, conculcadas por el ente que vivía del otro lado de la ranura. Sabía que me engañaba, esa metodología era falsa, no del todo desechable, pero entraba más en el terreno de lo filosófico y lo que realmente necesitaba era empirismo, algo demostrable y, porque no, tangible, medible, real.
Fueron precisas varias semanas, sin nuevos resultados, para que ideara una forma distinta de actuación. No podía confiar toda la investigación en los logros del sonido. Inspirado por una película de naufragios, decidí acudir al clásico sistema del mensaje inserto en una botella. Era evidente que por tan pequeño espacio no entraría objeto alguno. Mandaría la misiva sin soporte, tan solo el papel escrito. Esa idea, el nuevo método de acción, daba paso a una novedosa y torturante cuestión. ¿Cuáles serían las palabras elegidas? ¿Qué debía decir?
Seleccioné un tamaño de papel, de acorde a la rendija, que no permitía divagar en exceso, más bien no consentía ni una sola palabra gratuita. Conciso, directo, sin adornos ni abalorios. Necesitaría semanas, ya me iba conociendo, tal vez meses, para determinar con exactitud cada una de las palabras elegidas. Tenía pensado utilizar un tamaño de letra diminuta, sin por ello caer en lo imposible, para después, una vez enlodazado en desesperos y renuncias, escoger los términos y el mensaje más simple imaginado. Eso es ciencia, simplicidad, claridad que evidencia lo verdadero, lo que siempre estuvo presente pero a nadie se le ocurrió nombrar.

“¿Hay alguien ahí?” Esa pregunta, tras once días de cavilaciones, pasó a ser la entrada del mensaje. Tenía que ser “alguien”, no “algo”. Ese ser debía tener la cualidad de pensante racional y, por ende, entender los símbolos que traduciría en sonidos. Era absurdo, a veces mi baja moral me derribaba sobre un charco de realidad. Si en ese lugar recibían la misiva, no tenían porqué, necesariamente, compartir el mismo idioma y su representación por símbolos. Resultaban ser demasiados los arbitrios, los flecos sueltos sobre los que no podía actuar. Desconocía el lenguaje binario, las matemáticas no eran mi fuerte. El símbolo del carbono. Una representación, un dibujo de un ser humano. Si la fortuna jugaba un papel tan importante, y mis posibilidades académicas eran tan reducidas, tal vez el azar me fuera benévolo. Debía proseguir.
Esos altibajos eran constantes y se traducían durante el resto del día en forma de ausencias, en falta de concentración. Determiné adquirir un pequeño destornillador de relojero, fino, delicado. Lo utilizaría para empujar el papelito por la ranura.

Primeros días del cuarto mes, he cobrado y Luigi lo celebra ofreciéndome el mejor lambrusco que atesora y unos espaguetis especiales de la casa. Acepto porque hoy, tras la ingesta, introduciré el primer mensaje. “¿Hay alguien ahí?” Un dibujo, algo tosco, de un ser humano, y una frase final. “Me llamo Tobías” Como solo, mastico despacio, una incontenible efervescencia me obliga a moverme con lentitud, la excitación nerviosa me hace torpe, podría tirar algo y, aunque nadie conoce mis expectativas, el importante paso que estoy a punto de dar, prefiero seguir pareciendo ese ser insulso y patético que, de seguro, todos piensan que soy.

Toda la casa a oscuras, salvo una luz indirecta que he puesto en el suelo del dormitorio. Me he embutido unos guantes de cirujano, resultan innecesarios, pero la trascendencia del hecho me hizo pensar en ellos. Tumbado boca abajo, sosteniendo el mensaje, previamente plastificado, con unas pinzas de depilar. En la mano derecha el destornillador, el sonido del magnetófono a mis espaldas. Sobre el puente de la nariz unas lentes de aumento, la ranura destella hasta provocar daño. Estoy completamente preparado.
Lentamente acerco la misiva hasta la ranura, he elegido un tamaño ideal, introduzco el trocito de plástico hasta la mitad, con el destornillador, una vez las pinzas le han liberado, comienzo a empujar. Estoy muy nervioso, jamás llegue a pensar que pudiera moverme tan lentamente, apenas avanza el correo que quiero enviar al otro lado. Pulgada a pulgada, el mensaje va desapareciendo por la ranura, hay un pálpito detenido, el corazón apenas bombea, se adecúa a lo sublime de la situación, parece saber que este gesto insustancial, efímero, puede ser el primer paso hacia lugares desconocidos.
No fue un sonido, lo escuché, pero no sonó, el metal del destornillador chocaba, entraba en colisión con otro metal, una chispa inexistente recorrió todo el brazo hasta representar en el tímpano un encuentro, tradujo sonido y le dio forma, pero nada había producido ningún pequeño retumbo. La mano, la extremidad entera, comenzaba a retirarse sin orden dada, con un automatismo de auto conservación molesto y no solicitado. Los ojos, enormes por la acción del vidrio de aumento, atónitos, contemplaban la reciprocidad, el inexplicable viaje de ida y vuelta que estaba sucediendo. Sin sangre en las venas, con las imágenes aún vívidas, recordaba perfectamente como en los segundos finales, cuando la misiva estaba a punto de ser engullida y desaparecer dentro de la rendija, el papelito plastificado se escoró, un triángulo que el destornillador empujaba con desesperante lentitud. Y entonces sucedió la paradoja, por la misma grieta, en el espacio que quedó libre por la accidental desviación del mensaje, afloraba otro papel, pequeño también, perfectamente medido para entrar por la ranura y al unísono, la rendija se tragó el mensaje y escupió otro. Sentía tal emoción, tanto miedo, que dejé que la consciencia me abandonara, no me sentía con fuerzas para continuar. Deseaba desaparecer. Necesitaba recapitular.

He decido tomarme el día libre, argumentaré que algo que comí me sentó mal. El papelito está sobre la mesa del comedor, esperándome, aguardando que lo lea. No sé lo que pone, lo cogí con las pinzas y observé caracteres, letras. Un mensaje del otro lado. Espero que el sonido de volcán controlado de la cafetera anuncie la inminente llegada del café. Llenaré una taza y, sentado cómodamente, descubriré algo sobre lo que llevo esperando varios meses. Un mensaje desde el otro lado.
Bebo el agradable amargor, y sostengo en alto, con las lentes delante de los ojos, el mensaje, escueto, sorprendente y aterrador.
“¿Hay alguien ahí?” Un dibujo, algo tosco, de un ser humano, y una frase final. “Me llamo Tabita”.

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