“Estudio de Mercado” (De Cuaderno del Otro Lado) Relato por M. Martínez Fdez 3/3

DSC06052 (2)

(De Cuaderno del Otro Lado).

ESTUDIO DE MERCADO.
(Acto final).

Despertó cuando la luz, tamizada por las persianas, suspendía un universo de motas de polvo en medio del salón. No estaba acostumbrado a ver la estancia a esa hora, o estaba trabajando o, estaba trabajando. Los descansos se medían en horas, tiempo que normalmente transcurría por las tardes o las noches. Tabita tenía más suerte, una fortuna rítmica y periódica de asueto fijo, martes maravillosos.
No había olvidado nada de lo ocurrido, pero su mente se negaba a aposentarse, por el momento, en eso que hubiera calificado, a pesar de todo, como realidad. Buscó algo que comer, cogió unas galletas saladas y fue metiéndoselas en la boca con lentitud, gustaba de saborear los pequeños granitos de sal. Duros, raramente resistentes a la disolución. Junto a la caja descubrió una nota escrita a mano. Tabita le dejaba un mensaje corto y confuso. Con grafía diminuta y elaborada le informaba que había sufrido un desmayo, nada importante, según los médicos que le atendieron. El seguro no incluía la permanencia en el hospital, salvo accidente grave, por eso le trasladaron directamente a casa. Debía, en cuanto se sintiera con fuerzas, pasarse por la mensajería para rellenar un impreso, pura burocracia. Zenón dedujo que el asunto del robot había sido omitido, silenciado. Un nombre, la nota incluía un nombre, un tal Horacio Keepler, y un contacto alfanumérico de difmóvil, llamar, asunto relacionado con el seguro de la compañía. Antes de nada, pasaría por la barraca de Eugene, el paquete seguro se encontraba ya custodiado por el chino. Recuperarlo era algo que le producía cierto pavor. ¿Qué hacer una vez estuviese en su poder? El androide no le había dado ninguna instrucción concreta. Se ducharía primero, tal vez el agua le ayudara a clarificar ideas.

Anduvo entre el gentío pletórico, aquella extraña sensación de desocupado le satisfacía. Las personas, atareadas, corriendo sin justificación visible, parecían ignorarle. Todo sucedía a una velocidad que le resultaba rara, ajena a su estado mental. El mundo se le mostraba de forma distinta, temió, por un instante, que al día siguiente no deseara incorporarse a la vorágine que a su alrededor sucedía, a esa a la que irremediablemente se había acostumbrado. El olor a fideos cocidos le plantó de lleno en el hoy, tuvo la sensación de que se adentraba en un espacio distinto, un lugar nuevo que le exigía un compromiso cuya profundidad no llegaba a percibir. Por ahora.
Eugene, con el macilento gorro sobre la cabeza, removía una enorme cacerola envuelto en vapor. Parecía un ser que emergiera de los mismos infiernos. Nada más ver sus ojillos destellantes, el hombre supo que el paquete había sido entregado y que, por razones que se escapan a la lógica, aquel cocinero al por mayor sabía a quién debía entregarlo.
–¿Lo de siempre? –Preguntó sin mirarlo.
–Sí, con extra de verduras y pollo.
Delante de él, desprendiendo el inconfundible aroma del verde desecado y vuelto a hidratar, un cuenco servido con indulgencia excitaba sus glándulas salivares. Zenón comenzó a comer, como siempre, con la cara metida en el recipiente.
–¿Tienes algo para mí? –Preguntó con la boca llena de fideos.
–Varias cosas, –Contestó misteriosamente el chino. –Tengo un paquetito, sin remite, también tengo preguntas.
–¿Quieres saber?
–No, en absoluto, cuanto menos conozca en lo que andas metido mejor. Es otro el que desea saber.
El hombre sorbió el último fideo, inevitablemente frio en su extremo, bebió agua y entrecruzando los dedos de ambas manos, las apoyó sobre el mostrador.
–¿Quién quiere saber?
–Un tal Horacio Keepler, se presentó como supervisor de la compañía de seguros del depósito, ya sabes, las típicas preguntas para determinar si el desmayo, porque habló de un desmayo, –recalcó Eugene, –puede ser imputable a una forma de vida desordenada. Buscan una excusa para desentenderse del coste sanitario que supuso la ambulancia y el médico que te atendió.
–¿Qué le dijiste? –Quiso saber Zenón.
–No te preocupes por eso, le indiqué que comes con regularidad, comida sana y bien elaborada, como no podía ser de otra manera.
El cocinero mantuvo la mirada en el perol que sostenía con una mano, unos manojos de gambas se doraban dando vueltas en constante movimiento.
–Llevo mucho tiempo de este lado del mostrador, uno aprende a observar, ese tipo, el tal Keepler, no trabaja para el depósito.
–¿Para quién entonces?
–Para la policía, no para los chuchos que patrullan las calles, para esos no, más arriba, viene de más arriba. –Repitió sin dejar de remover con una pala de madera el contenido del bol metálico. –Sus formas, la manera de expresarse, me recordaron la de los antiguos “meta-cazadores”.
Los ojos del hombre, sin hablar, preguntaban, pedían a gritos mudos una aclaración.
–Se supone que desaparecieron, ya no resultaban necesarios, los “meta-cazadores”, los que retiraban a los androides. –El cocinero expelió algo parecido a una carcajada, un ruido seco y desagradable. –Siempre supe que no se terminaron de marchar, siguen ahí, estoy seguro, en la sombra, acechando.
El compungido Zenón, por momentos, iba sintiéndose acobardado, escuchar al chino le resultaba terrorífico. Aquella palabreja, “meta-cazadores”, le sonaba tétrica y peligrosa.
–Dame el paquete.
El cocinero vertió el contenido del recipiente que mantenía sobre el fuego, de un solo golpe, sobre la maraña de fideos, Secó sus manos con un extremo del paño que mantenía sujeto al delantal y se perdió tras la cortina de cañitas de bambú que tintineaba a sus espaldas. Al instante regresó sosteniendo con ambas manos algo sólido que ocultaba bajo un paño multicolor. Con teatral aspaviento tiró del tejido, para ofrecer, con una inclinación de cabeza, el recién desvelado misterio
–¿Una galletita de la fortuna?
El hombre asintió con la cabeza y extendió el brazo, delante de él, un cajón rectangular de madera mostraba un gran número de cápsulas de galleta, doradas, horneadas, y entre ellas, distinta y no más grande que sus acompañantes, la cajita que le entregara el androide. La cogió.
–La abriré en casa, con Tabita.
–Que los dioses te sean propicios. –Le deseó Eugene. –Por cierto, –agregó antes que Zenón terminara de separarse del mostrador, –Esta noche emiten el primer capítulo de “Supervivencia Extrema”, lo ponen en la WCRR, en directo, desde el continente Boreal. Asistiremos a las peripecias de varios elegidos, un niño, una mujer, un hombre y una anciana, y lo mejor, han incluido entre los afortunados a un perro que también malvive en un campo de esos, de refugiados, el can será otro de los protagonistas del show. Lo hemos conseguido, –añadió, –no hay perdón posible, condenados para siempre.
Mientras se alejaba, pudo contemplar la sonrisa ladina del cocinero, su voz destacando por encima del ruido ambiente, repitiendo, martilleando el aíre.
–Lo hemos conseguido. Sin perdón. Condenados por siempre.

Pensó que debería llegarse al depósito, conocer cuanto antes la idea que se habían hecho de lo ocurrido, saber si las imágenes infiltradas, tal y como aseguró el robot, no dejaban lugar a la duda o, por el contrario, un mal montaje les hacía recelar. Si era así, le estarían esperando para detenerle.

Fue un largo día, en el depósito le recibieron como a un héroe. Había conseguido, él solo, poner fuera de servicio a un androide, alguien, no recordaba quién, le comparó con un “meta-cazador”. Pese a todo eso, vítores y brindis incluido, le dejaron bien claro que, al día siguiente, a la misma hora de siempre, debería incorporarse a su puesto. Eso sí, le entregaron una medalla virtual que a nadie podría mostrar, remitida por el Ministerio de Seguridad Ciudadana. Entre muchas frases de corta y pega, estandarizadas, se le quedó una bailando en el cerebro, “te lo mereces”, después aparecía estampada, en la mención de honor digitalizada, la firma del delegado principal y bajo ésta, un escudito dorado del que no era capaz de recordar nada.
En la mensajería todo fue distinto, estaban al corriente de lo sucedido, pero, sus movimientos erráticos, y ese aíre de ausencia que parecía emanar de todo su ser, los mantenía alerta. No parecía el mismo y, ese ligero matiz, resultaba suficiente para despertar desconfianza. Incluso Mila, la veterana, le insinuó algo al respecto.
–Vete a saber lo que ocurrió en realidad. No abuses de tu suerte, –terminó aconsejando, –hay algo en esa historia que no cuadra.
Por un instante deseó que un camión la atropellase, si esas insustanciales suspicacias se transformaban en motivo de murmuraciones, sus días en “Ultracic-Express” estaban contados.

No ocurría a menudo, más bien no ocurría jamás, pero aquella tarde, como algo novedoso e ilusionante, compartiría el espacio y el tiempo con Tabita, era el día de descanso de ella y su baja justificada, de una sola jornada, le había deparado tan grata coincidencia. La vida, a veces, conseguía sorprenderle para bien. Antes de que ella llegará se hubo aprovisionado de algunas chucherías saladas para picar, metido una docena de cervezas en la nevera y comprado un pollo asado al estilo tradicional, todo un lujo. Justo a las veinte horas en punto, la WCRR emitiría su primer programa desde el mismo continente Boreal y en exclusivo directo sobre la miseria del alma humana. Ella llegaría a las diecinueve, aún alterada, trayendo consigo pedazos del exterior, de la agotadora jornada de trabajo, de las conversaciones intrascendente que se hubiera visto obligada a mantener y los iría desparramando por la sala, por el dormitorio, sin consideración alguna, hasta que el agua de la ducha terminará por arrancarle los últimos jirones. Conectó el televisor, las dieciocho treinta, el mosaico de imágenes compartimentadas, separadas por coloristas líneas fosforescentes, transmitían todo lo que estaba ocurriendo en el mundo en tiempo real. En la casilla inferior derecha, el anuncio constante del refresco, la botella perlada de rocío helado, el líquido oscuro entrando en los carnosos labios de una rubia impúber, juegos en una playa irreal, las olas rompiendo contra una orilla falsamente limpia de tóxicos. La vida es…, afirmaba, después anunciaba la retransmisión en directo de la Hambruna bajo su patrocinio, fondos recaudados en exclusiva para mitigar el hambre y la enfermedad. Parecía con ello señalar a la OMP, afearle la conducta. Beneficio cero. Altruismo al ciento por ciento.
Zenón había hecho trampas, un contenedor con doce botellines de cerveza para compartir, y un treceavo comprado en soledad para hacer más llevadera la espera. Quitó con los dedos la chapa y, a morro, dejó que el grato amargor del lúpulo fermentado le recorriera la garganta. Cuadrícula superior izquierda. Canal Geociencia. Hablaban del logro conseguido con el despliegue, exitoso, de un telescopio espacial en los límites de la Nube de Oort. Un hombre embutido en una bata, inmaculadamente blanca, describía lo arriesgado y dificultoso que resultó atravesar, primero, el Cinturón de Kuiper, hasta cierto punto entre cuerpos cuyas órbitas resultaban predecibles, para después, adentrarse más allá de Plutón en la aleatoria Nube y sortear, casi como jugando a una ruleta rusa espacial, un territorio vastísimo cuyas leyes, por desconocidas, parecían anárquicas. Estimaban que, en unos pocos meses, gracias al repetidor que orbitaba al otro lado del Cinturón, llegarían las primeras imágenes, en altísima resolución, de otras galaxias cercanas. Prosiguió teorizando sobre un descubrimiento realizado con micro lentes gravitacionales, no confirmado, que apuntaba a la posibilidad de exoplanetas pertenecientes a un sistema solar situado en la parte exterior de una galaxia próxima. Uno de aquellos planetas, al que definieron como hermano de nuestro mundo, le habían bautizado con el sonoro nombre de “Nova Hejmo”. Resultaba escandaloso, estaban gastando billones de pointcoin en aquel peregrino proyecto. La búsqueda de un sustituto del planeta donde malvivían era el propósito final del dispendio. Mientras, en el origen, en la cuna esférica, millones de seres humanos morían de hambre y un fabricante de refrescos conseguía publicidad, una audiencia demencial como hasta entonces ningún programa había convocado, retransmitiendo el dolor y la muerte en riguroso directo. Cuadrícula central ligeramente escorada a la izquierda y parcialmente, en su ángulo inferior derecho, ocupada por el refresco del demonio. Un presentador entrevistaba a los realizadores del evento, un hombre calvo y con un prominente bigote se esforzaba por intentar hacer comprender, a la audiencia, de la cantidad de medios que había sido necesario desplegar para poner en antena el programa.
–¿Qué pueden esperar los televidentes? –Preguntaba el acicalado locutor.
–Hemos intentado presentarlo dándole un formato de relato, –explicaba el calvo, –será la historia, sin intervenciones externas, de varios personajes, una mujer, un hombre, una niña y un anciano, –tras un teatral gesto de afectada complicidad, el del bigote agregó, –y lo olvidaba, también seguiremos las peripecias de “Mololo” un simpatiquísimo perro.
–¡Un perro también! –Festejó con falso asombro el presentador. –¡Pleno al cinco!

Tabita estaba a punto de llegar. Quitó el volumen del televisor, quería darle una sorpresa. Mientras aguardaba consultó la hora en el reluciente difmóvil, dieciocho y cincuenta y seis. En la pequeña pantalla del dispositivo aparecía el anuncio de una llamada sin responder, número oculto, a ningún particular, salvo a algún departamento gubernamental, le estaba permitido la utilización de una numeración no visible. Pensó de inmediato en el tal Keeper, tal vez le estaba buscando. Dudó un instante en si debía devolverle la llamada, decidió que sería más conveniente hacerlo y, sobre todo, antes del regreso de Tabita. Apoyó con temor el dedo índice sobre el texto y el tono de llamada estimuló sus órganos auditivos. Un zumbido largo e intermitente se entrelazó con su excitado cerebro. En lo profundo del alma deseaba que nadie respondiera. Sudando esperó paciente que alguien hablara. Uno, dos, tres. Cuarto tono, dos más y una voz mecánica le informaría, para su gozo, que había sido imposible realizar la conexión. Quinto zumbido. Respiración contenida. Sexto tono, largo, interminable, y el sonido indiscutible, odioso, anunciando que la comunicación se había establecido. Mantuvo un silencio expectante y pesado. Apenas podía percibir un sonido de fondo, un ronroneo de máquina encendida que no pudo identificar.
–¿Sí? –Se atrevió, por fin, a preguntar.
–¡Oh, no! Soy yo, el androide.
El corazón de Zenón galopaba desbocado dentro de la caja toráxica, la cerveza, las elucubraciones sociales frente al televisor, la esperanzada alegría de disponer de Tabita toda una tarde, habían suavizado por completo lo ocurrido. No, no fue un sueño.
–Tengo que verle, ¿le entregaron la cajita? –La voz del robot sonaba acelerada. –Recibirá en breve, mañana mismo, el encargo de una entrega real en la ruta verde, lo único falso será la recogida, en la ruta azul, para evitar a los drones. Una dirección donde le darán un paquete con su preceptiva etiqueta fluorada, junto a éste, y en el destino indicado, dejará los dos, el oficial y el oculto. –Se hizo el silencio, durante un breve intervalo, antes de que la máquina volviese a hablar escuchó el ronroneo de fondo. –Dígame algo. –Insistió el autómata.
Desde las escaleras le llegó el inconfundible sonido de Tabita luchando con la indócil bicicleta. Un batallar conocido. Desconectó de inmediato el difmóvil, sin responder, dejando una enorme duda en el cerebro impreso del robot. Mañana decidiría si seguir con toda esa locura. Un golpetazo anunció la entrada triunfante de la mujer, había vencido, una vez más, al díscolo y rebelde biciclo.
El rostro de ella mostraba sorpresa, no llegaba a entender como, un simple desmayo, era motivo suficiente para que le dieran el día libre. Frente a ella estaba la evidencia, Zenón en pantalones cortos, esos que usaba en los días de asueto, mirándola desde el desvencijado sofá con gesto indescifrable.
–¿Qué haces aquí?
Cuadrícula inferior izquierda, la inconfundible imagen de la morgue número trece, fija, inmóvil. Una hilera, como hormigas ordenadas, mandando un mensaje desde la parte inferior. Pie de página. Pie de foto.
–“Héroe anónimo intercepta, después de doscientos años sin que ocurriera, a un robot”.
El hombre muestra la pantalla con un movimiento lento del brazo, se detiene, y componiendo un gesto de retorno, señala su sonriente rostro. Mientras ejecuta esa hermética danza, en paralelo, va pensando. –Doscientos años, suficientes para que todos hubiesen olvidado las verdaderas razones, los motivos reales que devinieron en la proscripción absoluta de los autómatas. ¿Cuáles fueron las causas concretas?
–“La identidad del empleado, por razones de seguridad, se mantiene en secreto”.
Zenón repite el ademán, La mujer empieza a relacionar la noticia con el hombre que tiene delante. Éste explica, miente sobre lo ocurrido, ella, boquiabierta, le escucha relatar lo inverosímil, las susurradas advertencias sobre no decir nada, no contar a nadie. Frente a ella se encuentra el ídolo cuyo nombre ocultan. Mira con alternancia mecánica al televisor y al héroe que le habla. Lo abraza emocionada.
–Pero ¿es eso cierto?
Asiente orgulloso y con remordimientos, nada es verdad. Habla de la medalla, de la mención virtual, esa que no puede enseñarle y que duerme en un fichero encriptado del difmóvil. Si intentará acceder a ella, de seguro, sería interrogado, llamado a las oficinas centrales de la seguridad, ese edificio gris y sombrío del que cuentan auténticas barbaridades. No puede, ni quiere, cometer ese error.
Se siente como cualquiera de las cuadrículas que la pantalla muestra. Falso, peor aún, un burdo adorno que pervierte el contexto. Una traición que disloca lo real. Sabe que, entre todos, mirando para otro lado, hipócritas con excusas variadas, están construyendo un hoy de cartón piedra. Mientras ella se ducha, dejando recuerdos de la jornada ahogados en el sumidero, dudas, temores de toda especie se le asientan en la imaginación. Nada dijeron de que el androide había escapado, porque era evidente, de ahí la llamada, que debía haber huido. Diecinueve y veinte.
El delegado ejecutivo de la embotelladora de refrescos, cuadrícula central, contesta, expone los objetivos sociales y solidarios que el proyecto intenta lograr. Depósitos de agua potable, esa que parece gelatina, escuelas, hospitales. Voluntarios sonriendo. Desde atrás, un enorme cartel publicitario, clavado en mitad de la desesperación y la nada, muestra un enorme botellín irisado y apetecible. Tabita reaparece en camiseta y bragas. El calor se agarra al filo de la ventana, no corre la más mínima brisa. Cada año, la ola de calor llega antes, al comienzo de lo que antaño era la primavera. Después se queda, repta por las chapas metálicas y anida, seca los brotes absurdos que se aferran a cualquier grieta, los tiernos tallos bastardos. Diecinueve y treinta y cinco.
Sobre la improvisada mesa, dos rasillas sosteniendo un palé, varias bolsas de aperitivos, partículas coloreadas, aroma artificial, sabores asociados a la forma, sombras chinescas para los asalariados. En un recipiente de aluminio, rebosante de cubos de hielo opacos, agua del grifo, doce botellines de cerveza aguardan. Apenas quedan seis minutos escasos para que el nuevo formato publicitario comience con el espectáculo.
–No me lo puedo creer, aún me resulta inverosímil. –Afirma feliz ella.
Tal vez quiso decir increíble, piensa el hombre con media sonrisa pegada a la boca, labio invertebrado. Tabita nunca fue muy precisa empleando las palabras. Inverosímil.
–¿Qué pensaste cuando viste frente a ti al androide?
Sin saber el por qué, siente la necesidad de mentir, de no contarle la verdad. Podía enmascarar ese sentimiento argumentando una necesidad de protección, si ella desconocía lo realmente ocurrido no podría ser, cuando lo veraz aflorara, porque tarde o temprano todo se sabría, acusada de nada. Pero no era esa la cuestión, ya no.
–No pensé, –afirmó sintiéndose vil y despreciable, –actué sin más, recordé la pistola de electrochoque y la usé, fue cuestión de segundos.
–Es que me resulta inverosímil.
Insiste en la palabra, si la repite frente a desconocidos, y ella es de ese tipo de personas que repiten todo, puede encaminar la situación por vericuetos delicados. Increíble acuna en su seno una posibilidad, por remota que sea, pero inverosímil cuestiona la veracidad, planta en medio del oyente a la mentira.
–¿Inverosímil o increíble? –Pregunta Zenón claramente contrariado.
–¿No es lo mismo?
–No, no es lo mismo. –Aclara el hombre recalcando la negativa.
Tabita le mira de soslayo, el tono de la respuesta no le agrada, la condescendencia, dudar sobre lo que realmente quiere decir, le molesta. Esa actitud, empleada en otras ocasiones, la vuelve huraña, desdeñosa.
–Bueno, da igual, me parece las dos cosas, increíble e inverosímil.
Una fanfarria que pretende ser épica contrae todos los recuadros que se esparcen por la pantalla del televisor, una fuerza imaginaria hace girar el mosaico de imágenes atrayéndolas hacia el centro, se funden, y de la amalgama de colores brota una única entrada, con letras doradas puede leerse el título del programa, “Boreal”, las letras se comban y acunan bajo su grafía una propuesta, “Supervivencia Extrema-Cuaderno del Otro Lado”. El anunciado espectáculo ha dado comienzo. La voz del presentador, afectada, engolada para provocar interés, anuncia una vez más la intención, el logro que aquella emisión en directo pretende conseguir. Todos los beneficios publicitarios se destinarán a paliar la hambruna, hospitales de campaña, aulas prefabricadas donde justificar la miseria, la injusticia que el ser humano y, sus representantes, cometen día a día, a todas horas. Mientras las palabras, falsas y gratuitas, continúan desperdigadas, de fondo, van apareciendo la faz de los damnificados. Una mujer de rostro moreno, no exento de belleza, con grandes ojeras, habla, su voz no se oye, no resulta necesario. La imagen asciende hacia una esquina, ahora es un niño, sonriente, de dientes blancos y ordenados, se diría que está en un campamento de verano, sobre la cabeza una gorra con el logotipo de la marca de refrescos. Margen inferior izquierdo. Una anciana, ojos bondadosos y humedecidos en lágrimas, también dice algo que nadie escucha. Un hombre, mientras intenta construir con desechos una cabaña, parece contestar a alguien que le entrevista. Solo se oye la voz del presentador, habla sobre los dineros que piensan recaudar. La OMP ha quedado a la altura de una babucha. Un perro atraviesa un erial dorado, mira de reojo, resabiado se aleja sin dejar de observar a la cámara.
–¡Qué vergüenza!, un perro también. –Aúlla Zenón.
Tabita se ha colocado los auriculares direccionales, una manera, como otra cualquiera, de mostrar su enfado. El hecho demostrativo que precisaba, para justificar el no haber dicho la verdad, le es dado en bandeja al hombre. Ella, conectada al dispositivo, no puede oírle. Zenón es ahora la voz de la mujer de ojeras, de la anciana, aunque sus labios articulan palabras, el sonido queda anulado por las membranas vibrantes que cubren las orejas de la mujer. Aquel artilugio seguía maravillándole, solo era necesario mirar uno de los múltiples recuadros mostrados por la pantalla del televisor para que, a través del artefacto, solo llegase el sonido que se correspondía con esa imagen. El resto resultaba inaudible. Él abre otra cerveza, ella come aperitivos multicolores. Frente a los dos, el mísero espectáculo da comienzo.
–¡Una vergüenza!
Zenón tenía razones, ¿razones?, al menos eso creía, para mantener un silencio meditado sobre sus propias obsesiones. Bien sabía de la diferencia, de lo distinto y real que era haber sido abordado y enrolado por un androide con necesidades postales, de lo que tan solo, en ella, era una obcecación compulsiva. En eso Tabita le llevaba una enorme ventaja. La repetida historia, aquello que empezó como un episodio “simpático”, parte de la personalidad de la mujer, con el tiempo, con la reiteración extenuante, se transformó en un coñazo sin interés alguno. Cuando hablaba de ello la escuchaba, ¿escuchaba?, como quién oye a los pájaros cantar. No diferenciaba vocablos, ni le llegaba ni quería información. Un bla, bla, bla, que era capaz de anticipar, de traducir sin escuchar.
–La grieta luminosa, ¡vaya estupidez! –Se decía para sus adentros. –Seguro que aquella luz, la que salía por una rendija del entarimado, pertenecía a alguna vivienda, o a algún taller clandestino cuya entrada se encontraba disimulada, oculta, tras un cartel publicitario o un montón de cajas y basura.
La recordaba agachada, mirando el resplandor brillante brotando del piso. Tesis, ideas sobre un origen multidimensional, paparruchas para llenar un tiempo vacío. Realmente, de todo aquello, pensaba el hombre, lo que realmente se podía deducir era una triste advertencia. Ya nada llenaba o, mejor dicho, no había nada con que llenar algo. El mundo era plano, anodino, y de lo único que se podía hablar era de la falta de trabajo, la pesadilla diaria se había transformado en el eje motriz de la existencia. Lo consiguieron, éramos tan solo piezas productivas y, como tales, prescindibles por definición. El hijo de un dios transmutado en una rudecita dentada. La rendija luminosa de Tabita, eso sí que era una auténtica obsesión sin fundamento.
Zenón se colocó también los auriculares, ahora eran dos realidades distintas, cercanas, pero diametralmente diferentes.
–¿Qué estaría pasando por la cabeza de la mujer en ese mismo instante? –Se preguntaba.
Con disimulo bajó el volumen del dispositivo que le coronaba la cabeza, ahora no escuchaba nada. Cerró los ojos. Lo ocurrido en los últimos días era una invitación, no sentía, no pensaba igual. Le resultaba paradójico comprobar como, habiendo mediado tan solo dos parrafadas entre ambos, el aura heroica con que acababa de ser investido yacía desbaratada en el suelo. Recordó encontronazos similares, alternancias vertiginosas entre el arriba y el abajo. Pasó mentalmente lista al amplio muestrario de manías por ella atesoradas, mimadas. Un glosario de excentricidades inacabable y, sobre la cota más alta de la pirámide, la luminosa y exotérica grieta. Tabita acuclillada componiendo teorías, a cuál más fantástica, sobre el origen de tan cotidiana circunstancia. La tarima presentaba una fisura, los años no perdonan, una simple rendija por donde la luz penetraba. No se trataba de un fulgor arrebatador, apenas un resplandor que en completa oscuridad se transformaba en presente, durante el día, expuesta a la desazón de la vigilia, pasaba completamente inadvertida. Bromeó mucho, chanzas, chascarrillos, y al final, siempre, observando los ojos bovinos de ella, un amargor, una baba espesa, se le quedaba colgando del labio. No se merecía ese mezquino trato. Fue tal el asco sentido en tantas ocasiones que se encontró sopesando la posibilidad de marcharse, de buscar otra casa, otra compañía. Resultaba mezquino reconocerlo, pero desde aquel día dejó de engañarse así mismo. La magnífica ubicación de la vivienda, suficientemente alejada de cualquier sector, era la única excusa que le mantenía atado a la mujer, eso, y el compromiso que adquirió al ofrecerse como “complementario genético”. Condición previa e inexcusable para que Tabita aceptara tenerle en calidad de morador indefinido.
El Ministerio de la Descendencia aceptó la petición, siempre lo hacían. Previamente fue necesario someterse a ingentes pruebas de idoneidad y todas, absolutamente todas, dieron un alentador resultado positivo. Ochenta y siete por ciento de analogía, pocos “CG” conseguían un nivel tan elevado de afinidad. Ese entonces, las primeras semanas de convivencia, al evocarlas, se hacían presentes ante Zenón ataviadas con ropajes dorados y coloristas mariposas. Llegó a querer creer que, por fin, había encontrado lo que tantos ansiaban sin éxito, el amor.
Ahora “Boreal” se exhibía ante sus silencios compartidos, escurriéndose entre las paradojas y las santas mentiras. Mientras tanto la realidad, y cada vez que pronunciaba esa palabra un vértigo, un maremágnum de dimensiones continentales le zarandeaba la mente, se multiplicaba como un tumultuoso lamento. Era consciente que, desde un primer momento, fueron desfilando ante ellos planos paralelos, separados irremediablemente, sin convergencia, pero todos apuntando en una misma dirección. Una conclusión, no por sabida menos dañina y dolosa, afloraba desde el centro del pensamiento. Solos, en la más completa soledad deberían desandar el camino que a ningún lugar lleva, por única ayuda la ilusión de creerse acompañados, cada cual a su aíre, mientras otros espejismos no menos necesarios, amar, futuro, historia, les socorrerían en ese devenir que también mentía y al que todos, absolutamente todos, llamaban la vida.
–La vida, como si eso fuese algo… –Creyó decir Zenón, pero no estaba del todo seguro.
Solo una certeza albergaba su intuición, existía un momento, y el suyo parecía haber llegado, en que lo real, la visión que nos negamos a mirar de frente se nos planta cara a cara, y no hay vuelta atrás. Nunca antes, con tanto descaro, la humanidad se movía por realidades diversas. Estaba decidido a entregarse a la paradoja, caminaría sin asombro todas las sendas abiertas. Incluida la suya.
Sobre el palé, inaudible, el difmóvil sonó con insistencia, no recordaba habérselo quitado.

1709143519392.standard2-72.default.png

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s