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(De Cuaderno del Otro Lado).

ESTUDIO DE MERCADO.
(Segundo Acto).

Sentado sobre uno de los altos taburetes que se repartían delante del mostrador de la barraca, con la cabeza hundida en un tazón, fue comiendo los fideos con pollo ayudado por dos palillos. Pensaba en lo extraño de su proceder, por unos minutos había olvidado, por completo, lo ocurrido en los arrabales. La charla con el chino le había trasladado a la mañana, al pinchazo en la rueda de la bicicleta de Tabita, al comienzo oficial de la hambruna. Una inoportuna e injustificada percepción de peligro le obligó a mirar en todas direcciones, alzó la cabeza por encima de los que, a su lado, hincaban la cara frente a sus cuencos. La imagen de un establo retornó desde el pasado. El recuerdo de una excursión de infancia, terneros, cientos de animales comiendo a través de unas rejas y aquel niño terrible que afirmaba, ante la incredulidad del resto, que el preparado de carne era eso, novillos triturados.
Sorbió el último fideo, el extremo siempre estaba frío, desagradable, una sensación que resultaba insoportablemente ingrata. Mientras Eugene le devolvía el cambio, sus pensamientos tironeaban, le recordaban con insistencia la falta, el modo de proceder inhabitual en él. No había sentido la necesidad, el deber, de ir hasta la mensajería para comunicar la incidencia, el convenio le obligaba y en cambio allí estaba, en la barraca, comiendo fideos con pollo. No se trataba de un extravío, una ausencia, una falsa recogida. Le atacaron, destruyeron el difmóvil, y tuvo que salir por patas. Tenía que pasar por las oficinas de la mensajería antes de ir al depósito, no podía permitirse volver a olvidarlo.
Montó en la bicicleta con una mueca dibujada en el rostro, la voz de Eugene sonaba en sordina, soltaba una letanía sobre las imágenes del televisor. Seguía anunciando a todo aquel que le escuchaba la predicción que hiciera en el pasado, la hambruna podía ser un negocio en las manos adecuadas y con los medios precisos, una magnífica y rentable forma de ganar dinero a espuertas.
A esa hora, con la luz mortecina del atardecer coloreando los tejados, solía dormir una hora con las ventanas abiertas. Un lapsus antes de dirigirse al depósito, un paréntesis necesario que ese maldito día no podría disfrutar.

La rueda delantera de la bicicleta se encajó entre los estribos metálicos, el difmóvil, de haber estado activo, le hubiera indicado que la jornada había tocado a su fin. En cambio, adosado a la muñeca, permanecía mudo e inerte, estaba desconectado. Bajó la rampa que llevaban a los talleres y a la oficina, el turno de noche comenzaba a campar por las instalaciones, amontonaban paquetes en los carritos de aluminio y los iban depositando después en las bocanas de selección. Subió las escaleras que llevaban a la administración y golpeando la puerta con los nudillos, un repiqueteo rítmico, penetró sin esperar que le dieran la venia. El mostrador, a esa hora, estaba desierto, tras el tablero de madera tan solo se encontraba Jalila, la chica nueva que apenas llevaba en el puesto un par de semanas. Zenón la miró esperando que fuese ella la que refiriera algo sobre lo sucedido. La muchacha alzó la mirada, clavó sus pupilas en las de él y bajando los ojos, continuó enfrascada en sus asuntos.
–Imagino que ya tendréis noticias sobre lo ocurrido. –Comenzó a decir.
Jalila le volvió a mirar, parecía, por la expresión del rostro, que no entendía de qué le estaba hablando.
–¿Lo ocurrido? –Repitió la chica.
–La entrega última, –explicó Zenón, –la recogida en los suburbios, la entrega en la zona verde, los cuatro drones que me enviasteis.
La muchacha continuó mirándole con extrañeza, se ajustó las lentes y tecleó algo en el panel de control. Él la observaba mientras tanto, parecía buscar el recorrido efectuado por el repartidor, las entregas, las sendas seguidas, las posibles incidencias detectadas.
–¿Se te ha estropeado el difmóvil? –Preguntó sin levantar la vista de la pantalla. –No aparece en tu turno de hoy ninguna recogida en la zona roja.
El hombre permaneció en silencio, por alguna extraña razón, la afirmación de Jalila, pese a no ser exacta, no le pareció extraña. Tal vez aquella entrega no seguía los mismos circuitos que el resto. Se hablaba entre los mensajeros de algunos encargos que no quedaban registrados, leyendas urbanas de repartidores, Mila afirmaba que eran cuentos, historias que pretendían hacer de lo cotidiano, de lo aburrido, algo excelso y especial.
–Tendré que informar sobre el difmóvil. –La voz de la administrativa le arrancó de sus ensueños. –¿En cuántos plazos quieres pagarlo?
Le descontarían de la exigua soldada todos los meses un tanto, hasta que hubiese amortizado el valor de aquel maldito aparato.
–¿Cuánto es el máximo?
–Seis mensualidades, –respondió sin mirarle, –lo justo para que puedas seguir pagando el alquiler y mal comiendo. Espera un momento, tengo que actualizarte el nuevo terminal y transferir los datos grabados. Solo cinco minutos.

Derrotado por la intratable jornada, cansado de antemano, Zenón penetró por el patio trasero en las instalaciones del depósito. Siempre bajaba al sótano por las escaleras, en aquella ocasión prefirió utilizar el gran ascensor, pese a que al personal le estaba completamente prohibido. No le vio nadie, lo último que deseaba era una nueva amonestación, sobre todo si implicaba otra reducción de salario.
Al final del corredor se encontraba el centro de recepción, allí tendría que pasar las seis horas siguientes. Seguro que el siniestro Paolo, como siempre, se habría marchado antes de terminar su jornada. Una hilera de notas sobre la mesa, garabateadas a toda prisa y con letra endemoniada, eran el vínculo diario que mantenía con el turno de la mañana. Recordó la cara de Jalila, incrédula e indiferente, aquella entrega no existía, no aparecía reflejada en registro alguno. Resopló mientras se colocaba la bata gris, el anodino uniforme que debía lucir en la morgue. Desde donde se encontraba vislumbró las notas que Paolo le había dejado, se mecían acompasadas por la brisa que penetraba por los ventanucos superiores, desde el depósito tan solo podía contemplar, del exterior, los tobillos de los que por el patio andaban y las ruedas de los vehículos que circulaban. Un lugar triste y oscuro, siempre iluminado por la luz artificial de las lámparas que se distribuían por la techumbre. Tomó asiento y ojeó los papelitos, apenas era capaz de descifrarlos. Le daba igual, seguro que no decían nada importante.
Según las estadísticas realizadas por la propia empresa, y por razones que no explicaban en el informe, los jueves, es decir, ese mismo día, era en el que menos entregas se realizaban de toda la semana. Zenón confió en que una disciplina tan difusa y poco científica tuviera razón y que, eso, le permitiera descansar. Al fin y al cabo, ese recuento, con saldo a su favor, era el que le permitía mantener dos trabajos sin desfallecer. A partir de las cuatro de la tarde de esa misma jornada, debería estar montado sobre el biciclo y en plena forma. Algo, en apariencia, imposible.

A las dos de la madrugada la quietud en el depósito era absoluta. Consultó la actividad que mantenían otras sucursales diseminadas por diferentes y distantes sectores de la ciudad. Las estadísticas se equivocaban, las entregas registradas eran similares a las de cualquier otro día, salvo en la suya, la número trece. Ni una sola entrada hasta el momento.
El hombre cerró los ojos, si llegaba alguna ambulancia, o algún furgón frigorífico, el llamador le despertaría. No sería la primera vez, ni la última, que se permitiera dormitar durante el turno. Cerró los ojos.

Le despertó la bocina de un vehículo, en la pantalla de control vislumbró un furgón frigorífico que esperaba al otro lado de la barrera. Activó el interfono y pidió identificación. Aquella empresa era nueva, el código reflejado en pantalla se encontraba situado al final del inmenso listado de proveedores. “Bi-Onicorp”, el historial no presentaba entrega alguna, la mercantil llevaba un par de meses inscrita en el registro general de transporte de cadáveres sin que, hasta ese mismo día, hubiese entregado “paquete” alguno.
–Andén primero. –Se escuchó a si mismo decir mientras activaba la apertura de la barrera.
La camioneta avanzó hasta el lugar que se le había indicado y, tras efectuar varias maniobras, se acercó marcha atrás hasta situar los portones traseros de cara al muelle de carga. Zenón observaba medio adormilado, los cristales tintados del vehículo impedían ver el interior de la cabina, por inercia accionó el mecanismo y la cinta transportadora se puso en movimiento. Del interior del furgón emergió un bulto conocido, la bolsa oficial y homologada para la retirada de cuerpos yacentes, gris claro, etiqueta fluorada, aséptica y con asas para su transporte. El conductor bajó el cristal, sin descender del vehículo pasó por el lector la tarjeta de entrega, arrancó, y condujo hasta la barrera, aún alzada, perdiéndose en la penumbra de la calle. Los datos transmitidos resultaban confusos, la estructura de la referencia, el origen, la reseña que debía identificar al “fiambre” no se implementaban con el programa. Alguien tenía que haber metido la pata cuando autorizó a “Bi-Onicorp” a realizar entregas en la morgue número trece, sin antes haberle provisto de un sistema operativo compatible. Maldiciendo al destino Zenón se dispuso a bajar una planta más, allí se encontraban las cintas transportadoras que debían introducir a los cadáveres, convenientemente empaquetados y etiquetados, en las cámaras individuales de frío, ahora tocaba hacerlo manualmente. Todo un engorro.
Bajó las escaleras encendiendo a su paso todas las luces posibles, pese a la frialdad profesional que toda la instalación desprendía, no podía evitar sentir un escalofrío cada vez que, por alguna inoportuna circunstancia, se encontraba en la obligación de bajar a la antecámara de los infiernos. Un asa que se quedaba enganchada en la cinta, un bulto demasiado voluminoso incapaz de embocar la bocana, cualquier evento que se salía de lo normal le obligaba al temido descenso. Suspiró.
La sala inferior se encontraba desierta, la falta de coherencia en los datos grabados de la tarjeta de entrega impedía a la cinta transportadora entrar en movimiento. En esas ocasiones la solución única era introducir, manualmente, un código de excepción que permitiera a la carga entrar en una cámara fría provisional hasta que, a la mañana siguiente, los de administración solucionaran el problema. Tecleó los dígitos a la espera de que el programa le pidiera confirmación.
–Ahí os dejo un regalito. –Masculló en un susurro.
La cinta se puso en movimiento durante unos breves segundos para, después, detenerse en seco. La pantalla de la terminal, tintada de un rojo alarmante, anunciaba que el código era incorrecto. –Inténtelo de nuevo. –Aconsejaba la máquina displicente.
–¡Maldita sea¡ –Masculló claramente enfadado.
El destino estaba dispuesto a darle la noche, a complicarle un descanso que se alejaba, se perdía en oscuridades con el transcurrir de las horas. Comprobó que los dígitos de la tarjeta provisional coincidían con los que había tecleado, exactos, idénticos. Pulsó nuevamente el botón de entrada y la transportadora no efectuó el más mínimo movimiento. La pantalla continuaba, con empecinamiento, encarnada e intermitente. Dispuesto a no perder ni un minuto más, cogió una carretilla con la intención de transportar al cadáver hasta una cámara fría auxiliar. La que utilizaban para emergencias o autopsias de ejecución inminente. Arrastró el carromato hasta situarlo junto a la cinta, cuando su mano apenas hubo rozado la bolsa, un escalofrío le recorrió las espaldas. Dentro “algo” se movía. Si no hubiese recordado, de inmediato, el extraño episodio de la mañana hubiera pensado que se trataba de una broma, pero una extraña e inexplicable percepción de certeza le anunciaba que no, no se trataba de ninguna burla intencionada. Reculando, tanteando sin mirar la pared que se situaba a sus espaldas, notó el frío contacto de la caja de seguridad que estaba intentando encontrar. En su interior, no imaginaba para qué, se encontraba un dispositivo de defensa electrochoque. Rompió el cristalito y extrajo el artilugio, se trataba de una especie de pistola de colores estridentes. Le pareció de juguete.
Con temblorosa mano, sudor perlando frente y labio superior, Zenón comenzó a bajar, muy lentamente, la cremallera que cerraba el petate sin dejar de apuntar con el revolver eléctrico a la abertura que se iba mostrando poco a poco. El sonido arenoso, familiar, del cierre destrabándose, se acoplaba con el violento latido de su corazón rebotándo contra las sienes, De repente, como si de una caja de sorpresa se tratara, del interior surgió veloz la cabeza de un androide, la máquina, con el resto del cuerpo aún dentro de la bolsa, le “miraba” fijamente, si es que eso era posible. El hombre había retrocedido tembloroso, trastabillado, y dado con el cuerpo, todo lo largo que era, contra el suelo. No podía ser. Aquellos engendros habían sido prohibidos por el Ministerio de Asuntos Humanos. Hacía casi un siglo que no se tenía constancia de la existencia de un solo artilugio de aquellos. La tenencia, relación, o ayuda prestada a una de esas diabólicas máquinas comportaba, sin excepciones, la prisión a perpetuidad. Zenón era incapaz de asimilar aquel cúmulo, tan abundante y desproporcionado, de situaciones absurdas e inexplicables que le asaltaban y sorprendían en tan farragosa e interminable jornada. El ingenio le habló, una voz ferruginosa, un acento de chapa y herrumbre, recorrió el espacio que les separaba y aterrizó, chisporroteando, en sus oídos.
–¡Por fin le encuentro¡ Hemos estado a punto de darnos por vencidos.
El hombre, con el rostro festoneado por el pánico, era incapaz de balbucear algo coherente, las sílabas abandonaban la boca sin transmitir mensaje alguno. El artilugio continuaba “mirándolo”, los dos sensores visuales, colocados en paralelo a media altura de lo que se suponía era el rostro, titilaban procesando imágenes, parecía incapaz de coordinar, en el sistema dual de recepción de información, los sonidos inconexos que Zenón lanzaba con el movimiento sincopado de la mandíbula inferior. Los indicadores de video parpadeaban rítmicamente, el rostro del androide parecía falsamente sorprendido.
–No le elegimos por ninguna razón especial, –anunció, –si es eso lo que le inquieta, fue usted el primero en finalizar el turno, pensamos que así la intromisión pasaría inadvertida, eso es todo.
Al escuchar aquella confesión el hombre dejó de farfullar, parecía necesitar explicaciones. El robot, tras escanear la tensión muscular de las facciones de Zenón, entendió que debía aportar algunos datos más.
–Esa entrega, frustrada, no ha quedado registrada, nunca existió. Intervenimos el sistema de comunicaciones de “Ultracic-Express” y la insertamos, lo que ocurrió después no estaba previsto.
El ingenio se mantuvo durante unos instantes en completa quietud, se diría que esperaba alguna pregunta, un comentario, al menos, por parte del ente vivo. Pero el hombre se limitaba a mirarle con expresión de tórrido espanto amaneciendo en sus ojos.
–¡Me habéis jodido¡ –Aulló Zenón desencajado, utilizando el plural, tal y como había hecho la máquina.
–No se altere, ya le he dicho que no ha quedado registro alguno del incidente, solo la rotura del difmóvil y, a esta hora, le puedo asegurar que la incidencia está siendo borrada. Por cierto, –aclaró, –hemos ingresado en su “arqueo” el importe del nuevo intercomunicador, no queremos perjudicarle de ninguna de las maneras.
Una mueca, casi siniestra, se dibujó en el grupo fónico del artefacto, se suponía era una sonrisa.
–¿Perjudicarme? –Gritó con desespero el hombre. –No pareces enterarte, no me preocupa lo que ayer ocurrió, sucede casi todos los días, siempre hay ataques terroristas, mi verdadero y único problema eres tú.
El androide emitió, al escuchar aquella acusación, una serie de pequeños gorgoritos y burbujeos que fueron decreciendo para terminar en un silbido melancólico y pesaroso.
–¡Oh, no¡ –Vocalizó, con timbre de lata, el ser mecánico.
–Lo siento amiguito, pero ayudarte, ¡qué digo ayudarte¡, el hablar simplemente contigo, puede suponer cadena perpetua. –Mientras Zenón hablaba, con el pulgar destrababa el seguro del electrochoque. –Tengo que inutilizarte, es lo único que puede salvarme de esta terrible situación.
–¡Oh, no¡ –Repitió. –Traigo el paquete, es imprescindible y crucial entregarlo, prioridad absoluta, primacía de acción total.
–¡Me importa un bledo la entrega¡, se trate de lo que se trate. –Vociferó el hombre sin dejar de apuntar al muñeco. –Pides demasiado.
–¡Oh, no¡ –Redundó el artilugio entre ronquidos oxidados y toses ferruginosas. –No se precipite, puedo desconectarme temporalmente, realice un disparo sobre un objeto inerte, coja la entrega, haga la pantomima y ya nos pondremos después en contacto con usted. Se lo ruego, todo el futuro está dentro de esta cajita.
La máquina mostraba, entre sus brillantes dedos de metal, un pequeño paquete, no mayor que una antigua caja de cerillas.
–Para tu información, –advirtió Zenón, –todo esto está siendo grabado.
–Lamento contradecirle, –intervino el montón de chatarra, –en este instante los dispositivos de seguridad solo captan la imagen, estática y anodina, de una sala de recepción sin actividad alguna, estamos interviniendo las grabaciones, nos quedan…, cinco minutos y treinta y dos, treinta y uno, treinta, veintinueve, veintiocho…
El robot parecía haber entrado en un bucle del que era incapaz de salir por sí mismo, el hombre, sin dudarlo, tal y como hacía con cualquier otro tipo de máquina, le propinó un golpe seco, tras emitir un quejumbroso lamento de latón, se disculpó.
–Lo siento, no puedo remediarlo, es ponerme a cronometrar algo y no encuentro el momento oportuno de parar, como le decía, nos queda…
–¡No vuelvas a empezar¡ –Escupió el hombre ante el temor de que el autómata volviera a quedar atrapado en un contador infinito.
El artilugio pretendía componer una expresión que denotara sorpresa, pero contar con dos pilotos luminosos por ojos, y una ridícula y obsoleta pantalla de fósforo verde por boca, lo hacía en verdad harto complicado.
–Si quieres que te ayude dime primero qué contiene esa caja.
–¡Oh, no¡ –Repitió una vez más. –No autorizado. Nivel de acceso restringido. Contenido secreto. Identificador…
–No sigas, –le advirtió Zenón, –sin conocer previamente el contenido no pienso implicarme. Olvídame.
El robot, entonces, cayó en una especie de paroxismo electrónico, sus dispositivos externos brillaban, parpadeaban, se apagaban e, incluso, cambiaban de color. Un tropel de sonidos chirriantes parecía provenir del interior del autómata, al hombre le recordó el ruido que emitían los vagones de algunas líneas de transporte colectivo cuando cambiaban de rail.
–Autorización enviada. Solo concepto. –El robot detuvo su esquizoide temblor y, “mirando” al hombre, comunicó entre bisbiseos y gorjeos de lata, el misterioso contenido del minúsculo paquete. –Contiene semillas. Doce semillas vegetales, de valor incalculable, capaces de transformar mundos estériles en vergeles habitables. No queda tiempo que perder, –acució la máquina, –tenemos que rehacer el video. Coja la caja, vuelva a entrar en la sala y efectúe el disparo, sitúese debajo de aquella cámara, la pistola de electrochoque producirá un corte en la grabación, a partir de ahí el sistema se mantendrá apagado durante unos tres minutos, después se reiniciará.
Zenón cogió la caja de la mano del androide, pudo comprobar que, en el lateral, llevaba una etiqueta fluorada.
–La entrega es en una dirección de la pacífica ruta verde, –informó el ingenio, –tendrá que ser imaginativo para hacerla llegar a su destino. Gracias por todo. ¡Oh, no¡
Y sin agregar nada más, emitiendo un sonido gutural de hierros retorcidos, el autómata apagó los sensores luminosos situados en la “cara” y quedó completamente inerte. El hombre guardó la cajita en un bolsillo de la triste bata corporativa, retrocedió de espaldas hasta situarse justo en el lugar indicado y, apuntando la pistola hacia un montón de bolsas vacías y homologadas, apretó el gatillo. Una descarga azulina salió con violencia del cañón del arma en dirección a los fardos, quebrada, componiendo un falso rayo, hermosísimo, impactó sin dejar rastro sobre el fieltro grisáceo. La sala quedó de inmediato a oscuras, ni las luces de emergencia lucían. Incapaz de moverse, Zenón aguardó impaciente los tres minutos tras los cuales, según indicación del ahora inactivo ser mecánico, retornaría el fluido eléctrico. Tiempo eterno. En aquella quietud obligada, sin imágenes en las que posar la mirada, a solas con los pensamientos, poco a poco fue tomando consciencia de lo que acababa de hacer. Estaba aterrado. Sin pretenderlo se había convertido en aquello que tantas veces, en público y privado, denostó con fiereza desmedida. Era un terrorista. Sudaba, sin razón térmica explicable, sudaba.
El repentino regreso de la luz le crujió el ánimo, las imágenes comenzaron a enturbiarse en la cabeza, aún era capaz de identificar al robot, laxo, sobre la cinta, con el torso dentro de la funda de fieltro, parecía una marioneta a la que hubieren cortado los hilos. Temiendo perder por completo la consciencia, retrocedió tambaleándose hasta alcanzar el montacargas, apenas distinguía la botonera. –Ascendiendo, piso superior. –Anunció la voz artificial del elevador.
Cuando accedió al pasillo que llevaba al centro de control, lo recorrió sin apenas poder mantener la coordinación de sus movimientos, el sudor, ahora frio, le cubría el cuerpo entero, muy al fondo de la galería, lejanas e inalcanzables, distinguió unas luces mortecinas. Extrajo la cajita del bolsillo, buscó una funda aislante, necesitaba que la etiqueta fluorada no fuese leída por dispositivo alguno, y la introdujo dentro. Cogió una caja de tamaño algo mayor y metió todo el paquete en el interior. En un terminal de reenvío escribió la nueva dirección, “Barraca de Fideos, Eugene Nood” la pegatina resultante se fue adhiriendo al envase según salía de la impresora. Con falso disimulo, apoyado en tropiezos y titubeos reales, se dejó caer en uno de los sillones con ruedas. La cajita fue absorbida por los tubos distribuidores, suspiró aliviado, por la mañana saldría hacía su destino dentro del petate de algún compañero. Sudor helado en la frente. La mente derivando a negro. Zenón se desmayó preso de una emoción y un miedo insoportables.

(Continuará)

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