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(De Cuaderno del Otro Lado).

ESTUDIO DE MERCADO.
(Primer Acto).

Lo habían venido prediciendo desde varios años atrás, puntuales, alrededor del mismo mes, los noticiarios de todo el mundo alertaban de la sequía, de la falta de lluvias en las tierras del sur. El cielo negaba sus dones. Pero nadie nombró a la guerra, a las anónimas, a esos pequeños conflictos que quitan líderes, arrasan aldeas y masacran al futuro. Niños soldados, niñas putas, escuelas destruidas, títeres irrevocablemente rotos. Las fronteras solo servían para que el mundo, ese planeta desarrollado y blanco, creyera que la realidad existía, y que lo real, lo tangible, tenía límites, podía ser acotado. Las noticias, las grandes cadenas estatales y mundiales, evitaban entrar en detalles, no era necesario, no había un por qué. Algunos emporios televisivos organizaron cuestaciones, famosos del deporte y del espectáculo, gente guapa, recibían las llamadas en directo, miles de pointcoin, bastantes miles que, en realidad, no sirvieron de nada. Eso sí, la cadena consiguió superar todos los rankings de audiencia, batió récord.
Zenón comía la tostada sin dejar de mirar la pantalla, sostenía la taza de café en alto, indecisa, basculando sin llegar a ningún lado, cerca de la boca, sin tocarla, lejos del mantel. A Tabita, aquel no estar en parte alguna le sacaba de quicio. No era la taza, el recipiente solo era un reflejo, una reproducción de la mente de él, distante, ajena y clavada en el televisor. Ella sorbió el café, alzó la vista para comprobar qué era aquello tan importante, que mantenía al hombre con la frente fruncida y tensa. La voz del periodista daba cuenta, con un fondo de momias vivas envueltas en sudarios ocres, como siempre, de la hambruna que arrasaba todo el sur del continente Boreal. No era algo nuevo, al llegar el verano, indefectiblemente, aparecían los anuncios de refrescos helados y el hambre en el sur del planeta. Miró a Zenón y con el codo llamó su atención, unas gotas de café cayeron sobre el mantel, el balanceo pasaba factura.
–No es una novedad, pronto las organizaciones no gubernamentales comenzarán a repartir arroz, mijo, o lo que por aquel lugar coman. –Pasó el dedo por encima del papel como si, con ello, pudiera expulsar las manchas recién nacidas. –Baja la taza, –le recriminó, –o bébelo de una vez.
–Pareces no escuchar, –le reprochó el hombre, –la OMP realizó un llamamiento urgente la pasada semana, nadie ha respondido, ningún país piensa colaborar, no hay dinero. Apenas pueden mantener los gastos en sanidad de sus propios ciudadanos, ni las pensiones, ni las prestaciones más básicas.
–A última hora, alguien colaborará, y eso obligará a otros a soltar la “pasta”. Nadie querrá pasar por insensible, que le acusen, si mañana aprueba el presupuesto de defensa, que dejó morir a miles de personas.
–¿Tú crees? –Preguntó Zenón sin mirarla, –Los votantes respaldarán esa decisión, nadie querrá quedarse sin prestaciones, sin la beca. Dirán que la falta de inversión del sector público, el destinar fondos inexistentes para paliar la hambruna, provoca una imposibilidad real, cuantificable, de generar empleo.
–Ya verás como al final se arregla.
–Lo dudo, las fronteras se cerraron hace tiempo, incluso para los refugiados, hoy resulta imposible conseguir un crédito, hay escasez de todo y, a pesar de ello, qué hacemos, seguir votando.
El hombre, para alivio de Tabita, soltó la taza sobre el sucio mantel. El café derramado había dejado un reguero marrón, una suerte de islas en un mar de celulosa. En absoluto silencio se dirigió al pasillo, allí se encontraban las dos bicicletas. Recordó que había prometido arreglar el pinchazo, solo se acordó de su ofrecimiento cuando vio la goma de la rueda delantera laxa, abultada y deforme. No tenía tiempo, asumía que se trataba de una guarrada, que eso no se hace, pero era tarde y tenía que acercarse hasta el centro. A esa hora, las ocho y veinte, todas las calles estarían colapsadas por ciclomotores y biciclos, y entre ellos, los malditos peatones arriesgando su integridad, sin decoro ni vergüenza. Colándose entre los vehículos, zigzagueando como culebras volátiles. Serpiente volátil. Por una extraña asociación de ideas, de vete a saber el origen, pensó en dragones, alados, orientales, de esos que se parecen más a un lagarto que al ser poderoso y malvado que describían algunos cuentos. Miró el reloj, ocho y veinticinco. Un calor pegajoso lo ocupaba ya todo. La noche tampoco se había quedado atrás. Durmió con las ventanas abiertas, a pesar de que, a Tabita, esa costumbre le resultaba especialmente odiosa, sobre todo desde que aquel murciélago, desorientado y loco, se coló en el dormitorio. Memorable. Tabita corriendo por encima del colchón, gritando como una posesa, saliendo al balcón dispuesta a saltar al vacío si, aquel engendro alado, se le acercaba lo más mínimo. En aquella ocasión durmieron acurrucados en la terraza mientras, el mamífero volador, lo hacía colgado de una lámpara.
No podía distraerse con recuerdos, la densidad humana lo impedía, un tumulto de gente acelerada avanzaba en una sola dirección, contravenir la ruta, interponerse en su trayectoria, resultaba realmente peligroso. De pronto cayó en la cuenta de que había olvidado la mascarilla, un sabor amargo, que se alojaba justo al final de la laringe, se lo hizo notar con violencia. Tosió ocultando el rostro contra el brazo, tenía que conseguir cuanto antes un apósito, un filtro, que le hiciese más tolerable el aíre que inspiraba. Si se pasaba todo el día de un lado para otro, como era previsible, al final de la jornada escupiría algo de sangre. No era el resultado de un daño directo en los pulmones, al menos eso era lo que aseguraban las autoridades sanitarias, la tos, el picor en la garganta, eso sería lo que le erosionaría hasta sangrar. Tenía que pasar sin falta por la barraca de Eugene, antes incluso que, por la mensajería, allí compraría una mascarilla de esas de un solo uso. Se desvió por una de las callejas laterales. Cerca de allí vivía Marie, su hermano, un mocoso lampiño y de aspecto porcino, criado en una covacha sin ventilación apenas, era, en la actualidad y con solo trece años, todo un ídolo en la Liga e-Sports, al parecer arrasaba en un combate digital donde había que pegar tiros, trabajar en grupo, colaborar, y ganar al equipo contrario, eso sí, de una forma efectista, bonita y peliculera. Aquel mamón ingresaba todos los meses, sentado en un sillón anatómico y con funciones vibratorias, según afirmaba Eugene, unos doce mil pointcoin, eso tirando por lo bajo. El lechón de Marie, vilipendiado e insultado en la infancia por los otros chicos del barrio, ahora, era una figura apoyada por miles de entusiastas seguidores, página Web incluida.
Zenón se acodó en el mostrador de la barraca, un olor a fideos cocidos llegaba desde la trastienda, un vapor con aromas mantecosos que hacía revivir los sentidos.
–Olvidé la mascarilla en casa, ¿te queda alguna de las baratas? –El chino asintió con la cabeza sonriendo, sin dejar de mostrar su pulcra dentadura sacó de la nada un envoltorio morado, con letras impresas en negro, y lo dejó sobre la madera del tablero.
–Cuarenta céntimos.
–A la tarde te los pago, cuando venga a cenar. Hoy, por desgracia, después de la mensajería, tengo turno en el depósito. –Miró el difmóvil y automáticamente el monitor que colocado sobre una repisa amenizaba el tedio de la variopinta clientela de la barraca.
Eugene tenía la costumbre de mantener aquel viejo televisor encendido y con el volumen apagado, o al menos eso decía él. Zenón aseguraba que el sonido hacía ya muchísimo tiempo que dejó de funcionar. Lo que afirmaba el chino era una burda excusa para no tener que repararlo, si es que eso aún era posible.
Ligeramente ausente, sosteniendo la bicicleta por el manillar, y con la mascarilla cubriéndole nariz y boca, contempló al presentador de la WCRR mover los labios sin emitir sonido alguno, detrás de su empaquetada figura, las imágenes de algún lugar del continente Boreal se reproducían mudas. Resultaba irreal, un anuncio de película, muertos vivientes envueltos en túnicas sucias que, ya, en ese mismo momento, olían a mortaja. En el margen superior de la pantalla una cuadrícula se abría lentamente y mostraba, entre botellas perladas de rocío helado y sonrisas inmaculadas, el anuncio de un refresco de cola. Zenón no daba crédito a lo que sus ojos le mostraban, posiblemente, si aquel despliegue visual hubiese estado acompañado de sonido no hubiese resultado tan evidente, tan inconexa, la disonancia de aquella amalgama visual. La voz del chino Eugene le sacó a patadas del éxtasis.
–Míralos, a los que visten harapos, mañana, a esta misma hora, puede que estén muertos.
Ambos hombres quedaron frente a frente, el comerciante mantenía la enigmática sonrisa, el gesto indescifrable de un oráculo oriental.
–¿Se sabe algo de la ayuda internacional?
–Sí, que no la habrá, y si en un último momento deciden enviar algo, seguro será tarde. Unas fotos en la prensa, unos acuerdos que para nada servirán. Poco coste para adormecer la conciencia del primer mundo.
–¿Primer mundo? –Cuestionó Zenón. –Hoy me toca trabajar catorce horas, ocho en la mensajería y seis en el depósito, Tabita está de suerte, solo se pasará diez horas pegada al auricular y al micrófono, conectando gente, interaccionando problemas y soluciones. Y todo esto para qué, para veinte insanos metros cuadrados donde pasar la noche, con baño compartido y una dieta a base de precocinados que, seguro, nos está envenenando.
–Son los tiempos que nos han tocado vivir. –Respondió el chino alzando sus nebulosas y poco pobladas cejas. –Y recuerda, no te quejes, los del teatro, –y con un gesto de la cabeza señaló al televisor. –esos, están representando su última función.
Montó en la bicicleta, el olor del tejido tratado cubriendo sus narices y boca, le reconfortaba, era como respirar aíre puro, oxígeno con un leve toque químico, sangre evitada.
Había retornado a una de las venas principales, no podía llamarle arteria, las vías importantes, las que arrastraban a miles de personas, estaban reservadas en exclusiva para el transporte colectivo, movimiento de mercancías, o vehículos gubernamentales. Nada de ciclomotores o bicicletas.
Cerca de la avenida Pía tomó el desvió que le llevaba directo a la mensajería, “Ultracic-Express”, envíos sin demoras. Se dejó caer por la pendiente que llevaba hasta los sótanos y, una vez allí, aparcó el biciclo en los arneses metálicos destinados a ello. Cuando la rueda delantera penetraba en la ranura, de manera automática se activaba el contador de presencia, oficialmente, y durante ocho horas, su vida pertenecía a la Corporación del Transporte. El chip que llevaba alojado en el dorso superior de la muñeca izquierda, a partir de ese momento, abriría las puertas a las que tenía el acceso permitido, las otras no; indicaría a la central logística en qué lugar exacto se encontraba; le informaría, a través del difmóvil que llevaba en la otra muñeca, de las entregas, de los repartos, de todas aquellas tareas que debía realizar, con expresa indicación de los tiempos estándares necesarios para su ejecución. Por ese mismo conducto también le llegarían, si así fuese menester, aquellas penalizaciones derivadas del incumplimiento de los plazos medios de entrega estipulados, sustitución de rutas por otras no registradas; o abandono del deber por causas no justificadas fehacientemente. Total, mear, fuera de plazo, podía suponer una cena menos.
–O desayunas o meas. –Repetía Mila, la más veterana de los mensajeros, a todos los novatos que cometían el error de prestarle atención.
Aquella mujer tenía, desde la rodilla derecha hasta la articulación del tobillo, una prótesis de titanio. Esta tara, lejos de provocarle una disminución en su rendimiento, parecía dotarla de un suplemento extra de energía. Cuando todos se encontraban exhaustos o derrotados, ella era capaz de realizar un par de entregas más, y esa diferencia, sumada al hecho de haber permanecido en nómina durante diez años pese a todos los vaivenes y oleajes de las sucesivas crisis, la investían de un rango superior que nadie cuestionaba.
Cuando el reloj se puso a cero, todas las bocanas exhibieron el número de identificación que le relacionaba con el repartidor asignado e, inmediatamente, comenzaron a expeler paquetes, sobres, tubos de cartón y embalajes de todas las formas y volúmenes posibles. Cada envío llevaba adherida una etiqueta fluorada con código lector impreso, Zenón fue pasando su difmóvil por encima de las pegatinas y, en la memoria del dispositivo, se fueron grabando rutas, destinos, y orden de entrega. Sobre la pantalla del artilugio se podía ver, diferenciado por colores, el laberíntico día que le esperaba. Las rutas verdes, entrelazadas por cercanías de destinos, y numeradas desde el cero uno hasta el cuarenta y dos, marcaban el comienzo de la jornada, eran las entregas preferentes. Zenón se colocó el casco, desplegó la pantalla de interacción sobre su ojo izquierdo y, automáticamente, quedó conectada al difmóvil. Aspiró el aíre a través de la mascarilla, el leve toque químico le reconfortó el alma. Montó sobre la bicicleta, se ajustó la mochila de reparto, y de dos pedaladas, comenzó a subir la cuesta que le sacaba directo a la calle. Desde allí, y por una callejuela repleta de casetas de cartón y chabolas de desahuciados, accedería a la avenida Pía, columna vertebral para ciclomotores eléctricos y vehículos de tracción humana, los roadkers no podían transitar por aquel lugar, al igual que los peatones, solo les estaba permitido rodar por las aceras.
Todo cotidiano, la ruta comenzaba en la parte alta de la ciudad y, desde allí, iba descendiendo entre urbanizaciones fuertemente defendidas. Gracias al dispositivo que llevaba implementado en la piel, el acceso a estos barrios blindados resultaba fácil, así se evitaba los controles y cacheos a que eran sometidos el resto de repartidores y técnicos en los cuantiosos puestos de seguridad que jalonaban el acceso a cualquier complejo de viviendas. Los pudientes se habían organizado, comunidades, mancomunidades, una serie de zonas amuralladas o alambradas, torretas y puestos de guardia, sufragados íntegramente por los vecinos. Las empresas que ofertaban los servicios de los llamados ejércitos profesionales florecían entre tanta insegura abundancia. Ofertaban paquetes completos y diversos, un tráiler, dependiendo del volumen contratado, descargaba una caseta metálica que servía de acuartelamiento. Un diseminado de estas construcciones portátiles se esparcía por jardines y piscinas comunes, entrelazadas, compartiendo mojitos, aperitivos y cartucheras, bikinis, toallas y cargadores. Socorridos por drones vigilantes, cualquier intento de penetrar en algunos de los recintos era, rápida y eficazmente, abortado en cuestión de minutos. Rodar con la bicicleta por aquellos lugares, a Zenón, le resultaba especialmente desagradable. No podía dejar de sentirse en continuo peligro, una ruleta rusa que dependía de la salud mental de alguno de aquellos pirados con uniforme y era consciente que, sus vidas de mierda, les hacía proclives a perder los nervios, o la cordura, fácilmente.

Sobre el mediodía, una vez finalizado el reparto de la ruta verde, se encaminó nuevamente hacia la avenida Pía, le esperaba el itinerario azul, un recorrido por los barrios obreros. La diferencia, entre una y otra senda resultaba visible y olfativamente evidente. Nada más internarse por las primeras calles le llegó el olor, que la mascarilla era incapaz de frenar, de los contenedores de basura quemados. El servicio municipal de recogida de residuos no daba abasto, el recorte presupuestario había mermado los efectivos encargados de esta labor, las bolsas se amontonaban alrededor de los contenedores vertiendo su contenido. Fermentaban, se rompían, hasta que algún vecino, harto y cansado, decidía prenderle fuego a modo de protesta. Era escupir hacia arriba. Ese contenedor no era sustituido, y la amalgama negra, formada por el plástico de las bolsas y la basura calcinada, se adhería al asfalto como costra de reptil. Zenón pasaba junto a los restos aún humeantes, miraba de reojo, un olor nauseabundo lo impregnaba todo, para colmo, la mascarilla parecía estar agotando su vida útil. Una mancha grisácea, ribeteada en negro, cubría el tejido a la altura de la nariz. Suspiró y dejó que la mente le envolviera en la gaseosa de la indiferencia, caminaría, subiría escaleras pintarrajeadas, se metería en ascensores renqueantes, sonreiría a los niños que jugaban en los descansillos y a los ancianos que vivían en los huecos de las escaleras, esperando, deseando con fervor que la ruta azul terminara. Para su suerte, en la ruta roja, no tenía que efectuar entrega alguna.

Casi al final del turno, feliz porque le había ganado unos minutos de asueto a la jornada, saldo que pensaba gastar en un futuro, el difmóvil emitió la señal sonora de recogida. Una melodía que Zenón odiaba profundamente y que, indefectiblemente, siempre tremolaba cuando todo estaba a punto de acabar. Para colmo, el sobre debía ser recogido en la ruta roja, portes pagados, entrega en mano, dirección impresa en gelatina fluorada. Identificación del repartidor implementada en servicio de seguridad, alta accesibilidad.
Quedó perplejo, la conjunción ruta roja y alta accesibilidad resultaban, por definición, incompatibles. Solo quedaba saber la dirección de entrega, pero el hecho de la existencia de un control de vigilancia apuntaba directo a la ruta verde, la zona señorial. Su alegría se trocó en pesar, el saldo de asueto se vería aumentado, pero a costa de perder, cuando menos, cuarenta y cinco minutos en ese instante. Ese tipo de anticipos no le agradaban, el reembolso sería mañana, un futurible lejano e impreciso. Maldiciendo su fortuna, Zenón se subió a la grupa de la montura metálica y con pedaleo cansino, resignado, se internó en la avenida Pía buscando el sur, salida S3-22. A esa hora, dieciocho doce, la vía se encontraba parcialmente saturada, todas las salidas precedidas del número dos, se transformaban en un embudo lento, triste y desesperante. Las hormigas activas regresaban a sus agujeros, y él, deseoso de descansar al menos unas pocas horas antes de enfrentarse al depósito, decidió tomar un camino lateral que desembocaba cerca de la entrada E3-02, desde allí y hasta la salida que buscaba, la avenida resultaba fluida y dócil, todo un placer.

Antes de penetrar en los arrabales solicitó el apoyo de un dron, en menos de dos minutos se presentaron cuatro unidades que, de inmediato, se conectaron al difmóvil. En un lenguaje sencillo y simple informaron, mediante un mensaje de texto, que dos de aquellos artilugios le precederían, su función era determinar el grado de peligrosidad del sector en que se adentraba. Dotados de sensibles escáneres de infrarrojos eran capaces de detectar la presencia de un arma oculta bajo la ropa de cualquier viandante, y de acceder, a la base de datos de la policía, para determinar si el individuo en cuestión podía considerarse una amenaza potencial. Los otros dos aparatos llevaban implementada un arma de calibre mediano, sus proyectiles, capaces de atravesar paredes y metales poco densos, se acomodaban en dos cargadores de cien balas cada uno. Los cañones oscilaban circunvalando todo el perímetro, producían un sonido que le recordaba al de una cremallera interminable. Resultaba extraño, cuatro drones para recoger un paquete, era la primera vez que le enviaban, tras solicitarlo, ese elevado número de efectivos. Zenón tragó saliva convencido de que algo siniestro y peligroso se encontraba agazapado detrás de todo aquel misterio. Se internó por la calle 3215, era amplia, sucia y amplia. A ambos lados se esparcían, como recuerdos de un pasado lejano y casi olvidado, los esqueletos de varios automóviles. Las corazas de óxido que les cubrían se encontraban agujereadas por el paso del tiempo y por viejos impactos de balas, memoria de un tiempo bárbaro y cruel.
A la mediación de la calle el difmóvil cambió su tonalidad verdosa y retro por un intenso color rojo, los drones anunciaban con ello que había sido detectado un peligro inminente y cercano. Un sudor frío y enfermizo se posó de inmediato sobre la frente del hombre, las piernas se hicieron de goma, apenas si podía seguir imprimiendo a los pedales la fuerza necesaria para continuar avanzando. Zenón se detuvo. Los artilugios voladores parecían enloquecer por momentos, sus pequeñas torretas giraban buscando un blanco invisible, indetectable.
Todo sucedió como si el tiempo se hubiese ralentizado, un sonido seco, de tapón descorchado, sonó amortiguado y oclusivo. Justo delante de él, la tapa de una alcantarilla salió disparada en vertical y se detuvo levitando ante sus atónitos ojos. Los drones no tardaron en reaccionar, una lluvia de proyectiles comenzó a impactar contra el registro, las balas, rebotadas, machacadas por el golpe contra la gruesa lámina de hierro, salían despedidas en todas direcciones. Zenón se aplastó contra el suelo mientras mantenía su cabeza agarrada con ambas manos. Uno de los artilugios vigía cayó al suelo, chisporroteando y gimiendo, derribado por un compañero. En cuestión de pocos minutos tan solo quedó en pie uno de los aparatos voladores, su cañón humeante, incandescente, daba fe de que se había quedado sin munición. La tapa metálica, que hasta ese mismo momento se había mantenido girando sobre un eje imaginario, emitió un sonido de centella y salió despedida en dirección al dron. Éste recibió un impacto directo que lo lanzó lejos mientras dejaba, tras de sí, un camino etéreo de humo blanco. El sonido de una pequeña explosión se dejó escuchar en una callejuela cercana. El último ingenio volador acababa de ser destruido. El hombre se enderezó aterrorizado, tanteando el vacío alcanzó el manillar de la bicicleta y sin esperar explicación, ni buscarla, montó en el biciclo y pedaleando como un poseso huyó en dirección a la avenida Pía. De reojo comprobó que el difmóvil estaba apagado, el cristal se encontraba partido por la mitad y un trozo de plomo opaco sobresalía apenas de su suave y anatómico diseño. No pensaba, se limitaba a mover las piernas con excesivos, y hasta absurdos, impulsos, sin apenas posar las nalgas sobre el sillín. Llegar a “Ultracic-Express”, esa idea, sin ser consciente de ello, empujaba al cuerpo en un derroche de movimientos. Cada tanto giraba la cabeza y miraba hacia atrás, nada, ni nadie, parecía seguirle, perseguirle. Consciente de aquel huir sin sentido, frenó el ritmo, tal vez necesitase la energía que malgastaba más adelante, era razonable pensar que aquel incidente, el cual casi le había costado la vida, estaba relacionado con el paquete que se disponía a recoger. Tanto derroche, tanta sofisticación, no podía ser fruto de la casualidad. La tapadera de la alcantarilla era un dron modificado, posiblemente robado por algún grupo terrorista y posteriormente retocado para darle la apariencia de un objeto normal, cotidiano. Según los noticiarios, solían actuar así, jaqueaban las máquinas y las dejaban en estado durmiente, camufladas, hasta que precisaban de sus servicios.
Accedió a la avenida Pía por la vía E3-22, todo parecía calmo, apenas si una docena de vehículos transitaban por la sufrida calzada, más adelante, cerca de la sección segunda, el tráfico sería más denso, claramente peligroso. Toda la urgencia que pareció moverle en un principio se iba disipando, casi demoraba la llegada al fatídico sector. Entre sus nuevos temores estaba el que algún automóvil, insuficientemente identificado, le arrollase.
Enfiló la salida S2-27, prefirió rodar por calles secundarias, allí el desplazamiento mediante vehículos pesados estaba completamente prohibido, la presencia de algún transporte de mercancías, o colectivo, llamaría sin duda la atención del resto de transeúntes y le pondría en alerta. Mientras pedaleaba con ritmo lento, miraba a las personas que recorrían las aceras. Sus andares eran rápidos, se diría que desquiciados. La mayoría consultaba el difmóvil, ajenos al resto, imbuidos en los pensamientos que, aquella maquinita infernal, les iba procurando. Mensajes publicitarios, recordatorios fiscales, calidad del aíre, temperatura media, noticias. Recordó la conversación con Tabita. Era el primer día de la hambruna anual y nadie, ningún estado, había contestado a la llamada desesperada de la OMP. Pensó, antes de pasar por la central de mensajería, en llegarse a la barraca de Eugene. Estuviese ocurriendo lo que fuere, tendría que cenar antes de pasarse por el depósito, ya había perdido el corto espacio de descanso que se permitía entre trabajo y trabajo. Una hora y media que siempre, siempre, le sabía a poco.
El chino miraba la pantalla muda, los titulares pasaban lentamente bajo la figura del locutor, índice kattey, alza del sistema droindex, Eugene le observaba desde lejos, elevaba las melifluas cejas como si de pronto le hubiese reconocido, índice automak, sequía en el continente Boreal, devaluación del pointcoin, vuelve a mirar el televisor mientras se restriega las manos con un paño, entrega de premios…
–¿Te has enterado?
–¿De qué? –Preguntó Zenón con la mirada perdida.
–La hambruna ya tiene patrocinador, hace tiempo, casi en broma, imaginé esa posibilidad, y mira por donde, hoy, se ha hecho realidad.
–¿Patrocinador? ¿Qué quiere decir eso?
–Una multinacional del refresco y un fabricante de difmóviles han comprado los derechos de retransmisión de todas las noticias o reportajes relacionados con la hambruna. –El mensajero le miró, primero, con ojos de extrañeza y, después, absolutamente espantado. –No puedo imaginar las verdaderas intenciones, eso sí, han dejado claro que todos los beneficios que produzca serán revertidos para paliar el hambre.
–¿Qué ingresos puede generar una noticia que se repite todos los años?
Eugene removía con una gran espumadera de aluminio el contenido de una inmensa y profunda olla, un olor a pasta hervida se difundía por todo el entorno. Zenón escuchó a sus tripas protestar, un maullido, un ronroneo de gato afónico que le recordó debía comer.

(Continuará).

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