“El Autor” (De Cuaderno del Otro Lado) Relato por M. Martínez Fdez

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(De Cuaderno del Otro Lado).

EL AUTOR.

    Ella mantenía un libro sobre el regazo, el dedo índice intercalado entre las hojas centrales, a modo de señal, miraba hacia afuera, al jardín. El sonido desesperado de las aves, el día que se dormía por los cristales, violetas y anaranjados desvirtuando la estancia, todo, todo era ocaso apacible y aceptado. Formuló una pregunta, antes, una curiosidad que aún no había sido satisfecha, él continuaba asomado a la pantalla del portátil, sordo, transportado a lugares imaginarios.
–¿Utilizas un plan preconcebido para desarrollar el texto?
Una sola palabra, dicha cinco minutos después, le sobresaltó el ahora. Ya casi ni recordaba la pregunta.
–No.
–¿Nunca? –¿Por qué no aprendía a callar? Se preguntaba a sí misma.
El hombre alzó la cabeza, sus ojos se asomaban por encima de las lentes como queriendo ver algo oculto más allá, la giró y detuvo el movimiento justo frente a ella, sin verla ni presentirla.
–Nunca. –Dejó que un breve silencio construyera un paréntesis. –No, nunca, redundancia absurda.
–Corriendo el riesgo de que me mandes a freír espárragos, –insistió la mujer, –¿ahora es igual?, ¿no tienes una idea meditada de por donde va a ir todo?
Cuando ella finalizó la frase, él ya se encontraba de nuevo con la mirada prendida del teclado, un “nunca” flotaba por la habitación, el “no” le precedía airoso y triunfal. Tiempo atrás, en una conversación similar, aunque algo más fluida gracias a la ausencia de teclado y a la presencia de alguna bebida espirituosa, Autor había hablado de dios, de la creación toda. Un símil entre el universo y una página de papel en blanco. El Big-Bang comienza con una sola palabra, entonces emprende la expansión imparable, la materia y el texto ocupando espacio, creando formas y posibilidades.
–¿Seríamos capaces de imaginar el concepto vida si ésta no existiera?
Lo preguntó entonces, y el brillo de sus ojos aún perdura. Tal vez algún ente inimaginable, desde una galaxia lejana, ahora, en este instante, observa la luz producida por su iris hace unos cuantos millones de años.
–Dios nos necesita, –soltó entonces, –sin testigos, sin observadores, nada tiene consistencia, la cuántica lo sospecha, aunque nadie tiene los redaños de afirmarlo.
En esa misma charla inventó el término “lectores fedatarios”, o sea, aquellos que, mediante la lectura del texto, confirman o niegan la viabilidad de la narrativa, su coherencia.
–Ese dios es un escritor mediocre. –lo dijo sin pestañear siquiera, –el fruto del árbol del conocimiento estaba vedado, de esa manera, ¿qué análisis se puede esperar? Solo loas y beneplácitos. Eso desea, alabanzas que no le cuestionen. No se esmeró en exceso, a las pruebas me remito.
–¿Y si nadie lo lee? –Preguntó ella. –¿No existe?
–Caminaba por el filo de un acantilado…, –comenzó a decir él, –el agua era roja, alzaba espumas rosadas y un cielo gris, casi mercurial, dibujaba trazos de rayos insonoros y lejanos…
–¿De qué demonios hablas? –Le interrumpió la mujer.
–Te narro un sueño que tuve esta tarde, en la siesta. ¿Existió alguna vez?
Ella sonrió, la realidad nuevamente expuesta desde múltiples lados.
–Entonces, ¿de qué sirven los “lectores fedatarios”? –Preguntó, –Se podría afirmar que estamos frente a una forma, como otra cualquiera, de buscar reconocimiento, de necesitar la aprobación del otro.
–¡Espera, espera…! El lector solo da fe de coherencia, acredita viabilidad desde su conocimiento. Mi acantilado se precipitaba sobre un mar de sangre, ¿para mí?, perfecto, no existía discordancia, ¿para ti…?
–El universo depende de mediocres, –comenzó a exponer la mujer, –la creación toda en manos de pusilánimes, ¿es eso lo que afirmas?
Ahora quien sonreía era él. La pregunta resultaba innecesaria.
El sol se había marchado dejando un rastro de pájaros mudos y flores cerradas. La única luz visible en el salón, blanca, recortaba la silueta de un hombre frente a un portátil, el resto eran sombras, líneas níveas simulando realidades, apariencias de cosas y mobiliario.
–Sí, ahora es igual, tal vez te haga recordar una conversación que mantuvimos en el pasado, o ponga palabras en tu boca jamás dichas por ti.
–¿Jugando a ser dios?
–¿Por qué no? ¿Se puede jugar a otra cosa?

    Era temprano, la luz se filtraba por entre las ramas de los arbustos, un divertimento de tallos plasmaba sobre los cristales un teatro sin sentido, imaginar una historia, “observador fedatario”. Ese término era suyo, se dijo a sí misma. El libro yacía sobre la mesita, ningún separador señalaba dónde fue abandonada la lectura en la jornada anterior. Rebuscaría la marca oscura que deja sobre el mazo de hojas la apertura continuada de un texto. Una aproximación resultaría suficiente. Miró fuera, él estaba acuclillado delante de un parterre, llevaba calado el sombrero de las intemperies, como gustaba de llamarlo. –El gorro que impide ver el cielo y así evitar que el vértigo del vacío que se expande sobre nuestras cabezas nos arrastre hacia el exterior. –Dentro olía a café.
La tierra del plantío completamente seca, agrietada, recreando la superficie de cualquier zona desértica y sólida del universo, la campana de cristal cubriéndolo, creando un vacío donde el oxígeno no pudiera sobrevivir. Alrededor, encapsulados, gases de toda índole, amoniaco, argón, nitrógeno, hidrocarburos, y los tubos de metal conectados al vidrio, manómetros, llaves de paso. Él anotaba cifras sobre un papel adosado a una liviana tabla mediante una pinza metálica. Sobre la superficie, como un milagro inadvertido, dos docenas de tallos, verde limón, se desperezaban de un sueño interminable.
–¿Va todo bien? –Preguntó ella desde el marco de la puerta.
–Mejor que bien, ahora solo necesito que los muñecos completen la obra.
–¡No los llames así! –Se quejó la mujer. –Les molesta…, ten consideración.
–Tendemos a humanizar todo lo que convive con nuestra especie, –apostilló el hombre, –¿para cuándo nos animalizaremos nosotros?, o nos llenaremos de circuitos y émbolos. No tenemos remedio. Fue un error, un fatal cambio de planes.
–¿Sigues pensando que se equivocaron? –Preguntó ella mientras unía las manos justo delante de la falda.
–Sabes perfectamente lo que creo, el maldito sindicato tuvo que meter las narices, en cualquier otro momento no hubiesen contado con el peso social necesario para que fueran tomadas en serio sus demandas, pero en ese preciso instante… –El hombre se incorporó sin volverse, la tapa de vidrio dejaba ver las raquíticas plántulas emergiendo desesperadas. –Necesito que revisen los tres juegos de ADN, les falta algo, una activación que presiento les ha sido cerrada.
–Ya están avisados, vendrán, te conocen y respetan.
–Sabes lo que opino del respeto.
–Sé lo que piensas de muchas cosas…, de demasiadas.
Sin dejar de mirar al cielo, limpio, inmaculado, el hombre fue extendiendo sobre el parterre una liviana red enjaezada, en todo el mallado, con hojas verdes y falsas. El extraño invernadero debía pasar desapercibido a los ojos penetrantes y cristalinos de los drones.
–¿Preparo algo de comer?
–Abre unas latas, no tengo mucha hambre.

    Cuando el día se vistió de fuego y las sombras se aferraron al sólido pie de las cosas, él se recostó en el sofá, apoyó el brazo derecho sobre la frente, y con la mano izquierda tocando el suelo, invitó al sueño a que pasara. La siesta solía arrastrarse por el salón de puntillas, esquivando pilas de libros y los restos del almuerzo, latas de sardinas y pan de molde sobre una bandeja de madera, una botella de vino medio vacía. Mientras se iba abriendo el profundo abismo que le separaba del presente, con los primeros retazos de sueños perfilando líneas en la mente, el hombre se quejó a sí mismo de aquellos últimos seis años. Encerrado, recluido sin carencias. Afuera, sobrevivir, engullir a diario tres comidas decentes era un milagro que no todos podían invocar. Le garantizaron que no le faltaría de nada. Confidencialidad absoluta, protección asegurada y desaparecer. Eso era todo lo que le exigieron. Seis años así, muerto para el mundo, ese lugar infecto que tanto odiaba. Nunca llegó a entenderlo del todo, eran ocho personas trabajando en el proyecto final, cuatro ingenieros de genomas, dos botánicos y dos simples ayudantes. –¡Café!, tenga la bondad de esterilizar esos vasos de precipitado. –Esa su única contribución. Los limitados conocimientos que albergaba impedían que entendiera nada de lo que allí se estaba creando, en cambio… le dieron una casa en la zona verde, manutención sin escasez alguna, y un sueño cumplido, dejar de tener que tratar asunto alguno con la raza humana. Seis años fueron suficientes, al final se transmutaron en demasiados. Dormir cuando el sol corona el cenit y los pájaros de metal vigilan desde las alturas.

    Otra tarde y los recuerdos confundiendo luces, claroscuros del alma. Una casualidad, nada premeditado. Recordaba como aquel tarro, uno entre miles, había quedado sobre la mesa del laboratorio mezclado con otros que irían a la basura. El control era exhaustivo, a la entrada y a la salida, pero aquel día, en ese preciso momento, un instante diferente en el transcurrir del tiempo le dejó a solas y sin vigilancia alguna. Rememoraba el sudor frío que se instaló en el labio, la turbidez de la visión, la mano cogiendo el envase y guardándolo en la mochila. La puerta abierta, el de seguridad hablando por teléfono. Evocaba con cierta perplejidad como fue capaz, a pesar del temblor de la barbilla, de desearle una buena tarde al vigilante y que éste se giró entonces, apenas unos centímetros, para devolverle amablemente el deseo mientras, con una mano, tapaba el auricular. Caminó sin mirar atrás, al igual que quien abandona una cárcel. Liberado y temeroso de que, en cualquier momento, una voz, un grito de alerta le llamara, le detuviera en seco. Recuerdos en el lugar donde el tiempo estaba abolido, comer cuando la memoria te lo hacía saber, dormir por la tarde, y la noche, pasarla acuclillado junto al parterre comprobando como aquellas miserables plantas se negaban a crecer. El tarro contenía cincuenta semillas cuando lo abrió en su antigua casa, hoy apenas si quedan doce. Necesitó de treinta y ocho esquejes fallidos para darse cuenta de que precisaba ayuda. El experimento había sido un éxito, al menos así lo afirmaron los botánicos e ingenieros. Tres días después, con el vivero rebosante de vida vegetal, los del Ministerio de la Tierra se presentaron en el laboratorio, confiscaron toda la información contenida en los ficheros y ordenadores, se adueñaron de millones de semillas tratadas genéticamente y les comunicaron que el “Proyecto Universala Pano” había sido cancelado. No más subvención, nada de trabajar para el gobierno. Después siguió el acuerdo de confidencialidad, la casa, la manutención asegurada y la soledad. Mientras el Autor se va quedando dormido, envuelto en ensoñaciones del pasado, entre la bruma que edifican las pestañas contempla la silueta de ella junto a la puerta. Le mira, como suele hacer, en completo silencio.

Sentado frente al portátil, con la noche apoyada en los ventanales, el hombre escribe. Teme que el tiempo o los genocidas gubernamentales le borren la memoria. Crea un sendero de recuerdos, estaba con el envase, había obviado, tal vez por el miedo que tenía instalado en el cerebro, la inestimable ayuda que les habían prestado los androides. Aquellos artefactos prohibidos eran utilizados sin reparos de ningún tipo por los organismos oficiales. Máquinas negadas, omitidas hasta en el léxico, seguían prestando servicio al poder. Solo y únicamente al poder. Después, cuando su utilidad resultaba prescindible, eran eliminados. Ningún rastro, sin testigos que hablaran de un genocidio de metal y circuitos fluorados. La última tarde en el laboratorio, llevando ya cuatro torturadores días sin abandonar las instalaciones, prohibición absoluta bajo pena de encarcelamiento por sedición y traición al estado, una de aquellas máquinas, sabiendo cercano su final, le habló como nunca lo hubiera hecho antes. Sospechaba que el recuerdo había adornado aquel momento, pero no podía dejar de sentir que aquella triste marioneta, a la que habían amputado las piernas para que no pudiera huir, le habló con el corazón. Aluminio y cables. Le entregó un minúsculo artefacto de metal, liviano, imitando la forma de un pájaro y le pidió que, cuando llegara su fin, lanzara al aíre el objeto. Así lo hizo dos días después, cuando se disponía a abandonar su antigua morada para trasladarse al sector verde, con el furgón blindado esperándole en la calle, salió al balcón y sin mirar a ningún lado lanzó al viento el remedo de ave que el autómata le entregara. Después llegaron jornadas de abrir cajas, de repartir por una vivienda con tres habitaciones lo poco que era capaz de contener un solo cuarto. Entonces sobraba espacio. El hombre separa los dedos del teclado y deja que la cabeza se venza hacia atrás. Ahora escribe dentro de la frente, narra entre parietales, puntúa golpeando con el dedo índice en el canto de la mesa. Justo una semana después, rodeado de vacío y cajas destripadas, algo golpea contra el cristal de la puerta del jardín, en el suelo, brillante por los reflejos que el sol regala, descubre un pájaro de metal similar al entregado por el androide. Lo recoge y el calor vivo de la mano le presta vida, un mensaje grabado se deja escuchar, palabras sin acento, sílabas mecánicas.
–“Gracias, si alguna vez necesita ayuda, eche a volar al pájaro. Gracias”.
Los esquejes no crecen, mueren apenas alcanzados unos pocos centímetros. Solo quedan doce semillas. Mientras espera una respuesta, el Autor yergue de nuevo la cabeza y deja que sus diez dedos se sitúen sobre las teclas, escribe:

Ella mantenía un libro sobre el regazo, el dedo índice intercalado entre las hojas centrales, a modo de señal, miraba hacia afuera, al jardín. El sonido desesperado de las aves, el día que se dormía por los cristales, violetas y anaranjados desvirtuando la estancia, todo, todo era ocaso apacible y aceptado. Formuló una pregunta, antes, una curiosidad que aún no había sido satisfecha, él continuaba asomado a la pantalla del portátil, sordo, transportado a lugares imaginarios, adornos del recuerdo.
–¿Utilizas un plan preconcebido para desarrollar el texto?
Una sola palabra, dicha cinco minutos después, le sobresaltó el ahora. Ya casi ni recordaba la pregunta.
–No.

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