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Fotografía M.J. Carrasco

(De Cuaderno del Otro Lado).

TE LO MERECES.

    Le había insistido hasta la saciedad, esgrimido una serie de razones, a cuál más convincente, sobre lo innecesario y razonable de no llamar. Alegaba que solo eran siete días, siete míseros días, y que resultaba preciso, aunque fuese por tan corto espacio de tiempo, desconectar de la realidad, monótona, asfixiante, aburrida, de eso que él llamaba esclavitud consentida, o sea, el trabajo…
–Sobrevivirán sin ti, no lo dudes. –Argumentaba Ramón.
Leonor le dejaba hablar, escuchaba paciente lo que ya sabía, corroboraba cada afirmación, parecía aceptar los juicios, las razones, cualquier observador ajeno habría afirmado que ella, convencida y partícipe del criterio, jamás llamaría, pero ambos sabían que no era así. En un aparte, sin esconderse, pero sin que fuese excesivamente evidente, marcaría los nueve números en el móvil y preguntaría, –¿qué tal va por ahí? Como si la estuviese escuchando, pensaba el hombre con media sonrisa festoneándose en la imaginación.
Mientras recorrían el camino blanco que llevaba hasta la playa hablaban de cosas intrascendentes, de lo verde que era todo, de esa niebla que amanecía y que, después, parecía marcharse a algún lado para regresar, puntual, al caer la tarde. En realidad, el entorno les parecía casi salvaje, abandonar la senda resultaba, sin llegar a ser peligroso, un poco arriesgado. Una especie de rosal no domesticado cubría las márgenes del arroyo, armado con feroces espinas que, si intentabas internarte en la espesura, no solo te arañaban brazos y piernas, sus diminutas y eficaces púas se enganchaban en la ropa, una, diez, setenta, hasta dejarte inmovilizado, como una mosca en una tela de araña.
–¿Para qué dejar la senda? –Preguntaba retórica Leonor cuando él la invitaba a llegar hasta el arroyo. –Esas plantas las ha puesto ahí mamá naturaleza para algo, es una advertencia.
–¿Y los helechos también? –Preguntaba con retranca Ramón.
–No, esos están de adorno, para que quede bonito.
–O sea que todo lo que nos rodea está colocado ex profeso, a nuestro servicio, ya sea por razones prácticas o simple decoración.
–Podría ser así, ¿por qué no? –afirmaba ella, –y si no lo fuese, ¿qué más daría?
Tenía razón. La luz tamizada por unas nubes grises y uniformes, un verdor que excitaba los sentidos hasta embotarlos, el olor sutil de la tierra mojada, llena de vida invisible, dispuesta a entregarse a todos a cambio de… Tenía razón, pero ahora daba igual. Frente a ellos se abría una playa inmensa acunada por altísimos acantilados, una mar brava que se vestía con los mismos colores que el cielo, y lo que ya les resultaba excesivo, un manto de césped verde cubría la arena hasta casi la misma orilla, un talud marcaba el límite que, a cada poder, tierra y agua, correspondía. Ramón recordó haber visto grabado en algunas piedras, una especie de estrella, con brazos retorcidos en número de tres, que según le explicaron hacía referencia a esos dos elementos y a un tercero, el aíre. En aquella playa también se encontraba este último, más sutil e invisible, y de ello daban fe una treintena de gaviotas. Entre graznidos y gritos desgarrados, se mantenían estáticas sobre el aíre, apenas se apreciaba un temblor, el leve movimiento de los extremos de las alas. Leonor afirmaba que, en realidad, lo que estaban haciendo era jugar a volar
–¿Para qué van a jugar a volar, si ya vuelan? –Cuestionaba el hombre.
–¿No las ves? –Y señalaba hacia arriba con todo el brazo. –Se adelantan, están completamente paradas en el aíre y de pronto una, la primera, hace un extraño quiebro y retrocede un par de puestos, dejando el hueco vacante a otra que, automáticamente, acepta y ocupa.
–Tal vez las primeras soportan una mayor presión, por parte del viento, y se van relevando de esa manera. –Propuso Ramón no dispuesto a rendirse.
–O tal vez inventaron un juego para que, eso de la presión del viento, fuese algo menos aburrido y monótono.
–Claro, la cuestión es no dar el brazo a torcer. –Protestó el hombre.
–¿Es que siempre hay que torcerle el brazo a alguien?
No, realmente no resultaba necesario llegar a esos extremos y, menos aún, cuando el sonido de la mar, el murmullo espumoso del agua llegando a la orilla, impedía casi pensar. Lo ocupaba todo. Ramón afirmaba que aquel ruido, palabra esta última que a Leonor no convencía, lavaba el pensamiento, lo dejaba limpio de impurezas.
–No es un ruido, –argumentaba la mujer, –el ruido es lo que soportamos…, bueno, –titubeo un instante, –…llámala música, si lo que te preocupa es repetir la palabra sonido.
–Me niego a entablar otra discusión sobre definiciones…
–Tampoco me gusta esa palabreja. –Interrumpió la mujer.
–Llama a todo como quieras. –Terció Ramón no sin antes hacer una pregunta. –¿Cómo se llaman esas estrellas de tres brazos?
–”Trisquel”, creo, hace mención…
–No te hagas la erudita, –interrumpió el hombre, –ya sé a qué hace referencia…
Sobre el césped, algunas aves, posiblemente cansadas de “jugar”, caminaban indolentes con las alas a las espaldas. Los miraban con descaro para después continuar un paseo errático y sin un fin concreto.
–Eso es lo que tú crees.
–¿También eres capaz de discernir sobre las ocultas intenciones de esos bichos? –Preguntó el hombre sin esperar respuesta. –No he dicho absolutamente nada. –Corrigió de inmediato
Ella le miraba reprobatoria y pícara a la vez, aquella pantomima de rectificación buscaba en realidad solo eso, una sonrisa.
Sobre el mediodía desanduvieron el camino, una llovizna que no llegaba a mojar, les mantuvo mirando al suelo durante unos minutos. El hombre parecía enfrascado en algún pensamiento, gesticulaba con los ojos como si le estuviese hablando a un ser imaginario.
–Resulta curioso…
–¿El qué?… –Se interesó la mujer mientras le observaba con la cabeza ligeramente ladeada.
–Iba pensando en mi casera, sabes que aborrezco a los bancos, –aclaró antes de proseguir, –suelo abonarle la mensualidad en efectivo, nada de transferencias, y siempre el día cuatro de cada mes.
–¿Y…?
–Pues nada, para evitar que se desplazara hasta mi casa y se encontrara con que no estoy, decidí llamarla… –Ramón alzó los ojos y se encontró con los de Leonor.
Le pareció que ella le miraba con cierto grado de preocupación, casi como si esperase le desvelara un secreto misterio. –… algo curioso, no consigo recordar el número, sé que comienza por seis y que después va un cero…, pero nada más. –Los dos rieron divertidos.
      El sol hacía rato que se había marchado por detrás de las altas montañas, en el valle atardecía una hora antes. Una niebla, que Leonor hubiese calificado de “adorno”, retocaba, allí y acá, pedazos de los bosques.
–¿Qué cenamos ayer? –Preguntó la mujer.
–Ni idea, –le respondió Ramón, –es lo que tiene dedicarse a saborear la cocina autóctona, solo recuerdo que llevaba unos vegetales parecidos a las acelgas, o a las espinacas. En cualquier caso, estaba sabroso, de eso estoy seguro.
El resto del camino, hasta el restaurante, lo hicieron en silencio, cada cual perdido en sus propias ensoñaciones.
La mañana apareció cargada de nubes, uniformes, grises, y locas por descargar una lluvia fina, casi imperceptible. Decidieron visitar, bien temprano, una localidad cercana, tenían que aprovechar el escaso tiempo con que contaban. Según había leído Leonor, en una guía de viaje que fue incapaz de encontrar dentro de la maleta, aquel municipio contaba con un puerto pesquero desde donde partían, pequeñas embarcaciones, a faenar utilizando métodos y artes tradicionales.
–Seguro la dejaste olvidada en tu casa. –Había insinuado el hombre.
–¿Qué querrá decir con artes tradicionales? –Preguntó ella obviando el comentario de Ramón.
–Imagino que es eso de echar las redes al agua, moverse, y esperar que se vaya llenando.
–Y eso, ¿qué tiene de artístico?
–Nada, las artes son los utensilios que usan, las redes, los aparejos, no sé, todos los útiles necesarios para engañar y coger a los peces.
La mujer quedó pensativa, como si algo de lo dicho necesitase de un proceso digestivo más elaborado.
–¿Engañar has dicho?
–Claro, a los peces no se les invita a entrar en las redes, es más, algo me dice que no son muy colaboradores, imagino que por eso se le llama artes.
–Es curioso, –comenzó a exponer Leonor, –parece como si todo lo que precisara de la participación de otro, ya sea para comértelo, o simplemente para que te acompañe hasta la esquina, necesitase del engaño, del señuelo.
–No te diría que no, –convino el hombre, –pero es algo lógico, los intereses de cada cual prevalecen sobre los del otro, el pez no necesita excusas, nadie quiere ser el almuerzo, el aporte de energía necesario para que un desconocido continúe andando, y prevalezca, gracias a tú desaparición.
–¿Y para ir a la esquina? –Interrogó la mujer con la sonrisa del que lanza un trío de ases incuestionable.
–Ese concepto es muy genérico, no pretendas sentar las bases de un discurso filosófico apoyándote tan solo en una esquina…
Ambos rieron de lo absurdo que resultaba todo, en particular las palabras.
Una vez se encontraron discurriendo por la carretera, decidieron abandonar la idea del puerto pesquero, la calzada por la que transitaban era de una belleza exigente y, hasta cierto punto, hermosamente cruel. Dejarse llevar sin rumbo prefijado por el laberinto de caminos, les resultaba bastante más tentador.
Apenas si llovía desde el cielo, el agua que de continuo se estrellaba contra el parabrisas del coche provenía del excedente que acumulaban las hojas de los árboles. Lluvia en diferido, le llamó Leonor.
–Mira aquel caserío, –señalaba la mujer con la barbilla, –está en medio de la nada.
Delante de ellos, en un claro, se alzaba una construcción rural, piedra, madera y mucho conocimiento acumulado por generaciones, la sostenía sobre un suelo negro y mojado. Un amplio cercado contenía una treintena de vacas, orondas, despatarradas y de mirar dulce y feliz.
–¿Vivirá aquí alguien? –Preguntó la mujer dudando, de antemano, de la posible respuesta afirmativa.
–No, –respondió con seguridad Ramón, provocando un gesto de sorpresa en los ojos de ella, –según el último censo agrario este terreno pertenece a una comuna bovina, son las vacas las únicas propietarias. No lo ves.
–¡Tonto de capirote! –Le llamó ella entre risas.
La carretera, de una anchura insuficiente, seguía avanzando sin que pareciera tener un final, de vez en cuando localizaban otra construcción similar, algunas se encontraban justo al filo de la calzada, otras, en cambio, se erigían sobre una lejana loma o en la falda de una empinada montaña.
–Al final vas a tener razón, –apuntó Leonor, –solo hemos visto vacas, ni un solo ser humano.
–Vacas y cuervos.
–¿Qué función?, según siempre tu particular censo agrario, ¿tendrían los cuervos? –Preguntó retadora la mujer.
–Entran dentro del amplio grupo al que pertenecen los helechos, –respondió con sorna Ramón, –meros objetos decorativos. Algo para llenar de movilidad y volumen al aíre. Esta niebla parece darle a todo solo dos dimensiones, como si lo que vemos fuese un dibujo sobre papel.
Aquella última apreciación, sin que existiera una razón evidente, creó en el espíritu de ella una desazón indefinida.
–Llevamos un par de horas vagando sin que hayamos encontrado una sola indicación, deberíamos ir pensando en dar la vuelta, esto no parece tener fin.
Aquella posibilidad, viniendo de los labios del hombre, hizo aún más ingrata la sensación que le invadía a ella. Mientras el temor injustificado se iba apoderando de su alma, un deseo malsano de proseguir se le encajaba entre las mandíbulas.
–Continuemos un poco más, –se escuchó con sorpresa decir a sí misma, –el concepto de infinito no entra en esta realidad.
El hombre le miró de reojo, la precaria senda obligaba a mantener la mirada clavada hacia delante.
–¿Y si ese infinito se encontrara aquí? –Aventuró él.
–Su descubrimiento pasaría a la historia… y nosotros, mágicamente, también.
Era como si entre ambos se hubiera establecido una competición no anunciada. ¿Quién se achantaría antes? Parecían decirse sin palabras. Aquella actitud pueril e infantil les hizo continuar, a pesar de ser conscientes de que cada vez se topaban con menos caseríos y la niebla se espesaba como algodón de azúcar.
–¿A dónde han ido tus dos dimensiones? –Quiso saber Leonor.
–Si existe alguna realidad con una sola dimensión, ten por seguro que estamos en ella, apenas si distingo la calzada.
La lluvia ni arreciaba ni menguaba, aparecía sobre el cristal venida de la nada, ligeras estrellitas acuosas se acumulaban, construían galaxias y universos hasta que su abultado número las condenaba al colapso. Un sistema completo de planetas y soles se condensaban, por acción de la gravedad, sobre el cristal en un solo cuerpo y caía, se precipitaba hasta que era aniquilado, barridos por la eficaz tarea del limpiaparabrisas.
Al coronar una empinada curva ascendente, se toparon con la visión irreal de un cementerio. Una pequeña explanada se abría justo enfrente del recinto, apenas albergaba espacio para aparcar un solo vehículo, el hombre aprovechó para detenerse con la excusa de fumar un cigarro. La mujer declinó la invitación a salir del coche, la humedad reinante se pegaba a los huesos, ondulaba el cabello y dejaba empapada al alma.
–En tierra de nadie. –Escuchó desde dentro señalar a Ramón.
–¿Decías?
–Me refiero al camposanto, –aclaró éste mientras expelía un chorro de humo por la boca, –lo deben de haber construido buscando un lugar que no pertenezca a ninguna localidad concreta. Si no es así no le encuentro sentido.
–¿Muertos apátridas?
–No exactamente, más bien, desubicados.
–Y quién no lo está al morir. –Afirmó la mujer.
Se hizo un silencio incómodo apenas roto por el sonido de lejanos cencerros, por encima del deteriorado muro de piedra que acotaba la necrópolis, se podía distinguir algunas cruces, grises, cubiertas por la colorida impronta de líquenes y musgo.
–¿Continuamos? –No se trataba de una pregunta, era una invitación a proseguir que la mujer anticipaba a cualquier otra posible decisión.
–En marcha, –anunció enfático el hombre, –al encuentro de la nada.
Desde el interior del vehículo, la soledad, la falta de visión, se hacía más tolerable. Boccherini amenizaba el silencio, violines y violas conversaban, mantenían soliloquios, se imponían en una diálogo placentero y educado, matemático.
Antes de que alguno de los dos dijera algo, se miraron asombrados, Leonor se anticipó anunciando lo inesperado, lo deseado.
–Allí hay un coche, a su lado se encuentra alguien, preguntemos si esta carretera lleva a algún lado.
Pegado a una destartalada casa de piedra y madera se hallaba detenido un vehículo amarillo, alguien se afanaba, con medio cuerpo metido en el interior, manipulando algo parecido a paquetes y grandes sobres. Al escuchar el ruido del motor, la figura humana sacó la cabeza de la portezuela y se detuvo a esperar la llegada de los desconocidos. A medida que se acercaban, Leonor fue bajando el cristal de la ventana, el sonido eléctrico del ingenio que la accionaba bisbisaba tranquilizador y familiar.
Aquella providencial persona resultó ser una empleada del servicio postal local, una conversación improvisada, previsible en sus circunstancias, trajo el conocimiento de que aquella mujer realizaba a diario, e inmersa en aquellos agrestes andurriales, el reparto del correo, incluida la puntual entrega de un periódico. Ese saber recién adquirido les trajo a su vez la advertencia de que, aquella solitaria calzada, era el lugar idóneo para perderse, más allá se internaba en la alta montaña y lo que aquí nos parecía una densa niebla, en adelante se transformaría en un puré mantecoso y espeso.
–Hasta yo misma me pierdo a veces, –anunció feliz la cartera, –aunque a mí en realidad no me importa, diría incluso que me gusta.
Estaba claro, lo realmente acertado era dar la vuelta.
–Esperen a que quite el coche, aquí mismo pueden hacer el cambio de sentido.
Cambiar el sentido, despedida amable y agradecida, volver atrás, las luces rojas que se pierden por otra senda, desandar lo andado, sensación ineludible de haber comenzado algo que llega de repente, a pesar de saber perfectamente el desenlace, a su conocido fin. Leonor que habla y abre las puertas del misterio. Boccherini en sordina, condenado a ser la banda sonora que cede el espacio principal al diálogo de los protagonistas, a las palabras.
–¿No te ha parecido extraño?
–¿El qué, que fuera amable y sensata? –Respondió con sorna Ramón.
–La insistencia en que no continuáramos, la conversación toda, parecía declamara un guion aprendido de antemano, repetido en cientos de ocasiones.
–Miles, no cientos. –Corrigió el hombre.
–¡Qué más da el número! –Se quejó Leonor. –¡Hablo en serio!
–Y yo, aunque sonría, –explicó el hombre, –los idiotas como nosotros, esos que se aventuran por un camino de cabras ignorando por completo una meteorología adversa y el desconocimiento más absoluto de la orografía local, deben ser miles, la imbecilidad es algo que abunda, no te engañes, resulta más frecuente de lo que imaginas.
–Y si dudara de ello, en algún momento, siempre te tengo a ti.
–¡Touché! –Exclamó Ramón agregando de inmediato una respuesta. –Nos tenemos a nosotros, solo a nosotros.
–¡Touchée! –Repitió divertida Leonor.
El regreso les pareció más corto que la ida, era el mismo camino, la misma niebla intermitente, e igual el agua que se adhería al parabrisas, pero el recuerdo de algún rincón, de un árbol en concreto, o de un caserío en particular, hizo que lo desandado fuera más breve.
–Insisto en la idea de que aquella mujer, la cartera sonriente, nos asustó adrede. –Comenzó a reiterar Leonor. –Esa calzada de montaña terminaría desembocando en una comarcal, con sus señales verticales, sus maravillosos indicativos y, ésta, a su vez, entroncaría con una carretera nacional, con su trocito de arcén, con auténticas áreas de servicio…
–¿Era una mujer? –Preguntó con el ceño fruncido el hombre.
–¡No vayas a empezar! –Le recriminó ella. –A todo tienes que sacarle punta y, al final, la conversación principal se va al garete.
Ramón sonrió con los ojos perdidos, su boca compuso una mueca que pretendía emular un gesto divertido, ella, de reojo, observó aquel mohín, dedujo que, en realidad, el hombre había formulado la pregunta en serio. Antes de volver a hablar, intentó visualizar la imagen de la persona con la que habían departido hacía apenas una media hora, era incapaz de recordar su rostro.
–Ahora que lo dices, me pareció se trataba de una mujer, –admitió de repente ella en un tono quedo, –pero no estoy del todo segura. ¿Era rubia?
–Ni idea. en realidad, solo sé que estamos regresando, que algún motivo o razón nos ha obligado a volver, y que sea éste el que fuere, bienvenido, bien hallado, se acerca la hora de la cena y comienzo a tener hambre.
Durante el regreso al hotel, ya por una carretera convencional, Boccherini retornó para deleitarles. Leonor advirtió que la pieza que sonaba por los altavoces del vehículo parecía repetirse sin descanso, no era capaz de precisar en qué momento sucedía, pero en mitad de una melodía concreta, se percataba de que ya lo había escuchado, no una sola vez.
–¿Está averiado el reproductor de audio? –Aventuró la mujer.
–No, que yo sepa, ¿por?
–Repite ese minueto una y otra vez, sin descanso.
–¿Estás segura? –Preguntó él.
Se hizo el silencio. Cada vez que Ramón contestaba a una pregunta formulando un nuevo interrogante, en ella surgía la duda.
–No, no estoy segura, –respondió dubitativa, –de todas formas, estaré atenta por si vuelve a ocurrir, hazlo tú también.
Leonor comenzó a seguir los acordes, a tararear dentro de la cabeza, le resultaba curiosa la capacidad que tenía el cerebro para recordar una melodía, un olor, el color y la textura de los objetos más diversos. Aquel órgano, delicado, débil e indefenso, era capaz de hacerle sentir, con solo rememorarlo, la dentera que le provocaba arrastrar las uñas por la superficie de una pizarra. Recordó haber leído algo sobre un fenómeno llamado sinestesia, gentes que eran capaces de oler colores, o de asociar una tonalidad precisa a un número, saborear la música…, ¡la música! Se había dejado llevar por sus pensamientos y Boccherini se le escapó, una vez más, en algún momento preciso, alzó la mano y recondujo la pieza que estaban interpretando hasta enlazarla con una parte del comienzo.
–¿Lo has notado? –Preguntó ella a bocajarro.
–¿El qué? –Respondió lacónico el hombre.
–Lo de la música, la repetición constante del mismo tema, –él la miraba perplejo, –déjalo, hoy pareces estar en otra parte.
La tarde declinaba sin compasión, el sol se dejaba caer por algunas laderas tintando de oros árboles y silencio. Ramón se sentía ofendido. Aquella mujer no dejaba de acosarle con preguntas sobre cosas que no le importaban lo más mínimo. Bastante hacía conduciendo todo el rato como para, además, tener que estar pendiente de tonterías. La música, ¿qué pasaba con la música?, si no le gustaba la podía apagar, a él le daba igual. Es más, hubiera preferido ir en silencio, así podría escuchar el canto del bosque, el cobrizo de los cencerros, el azul soliloquio de las aves. El ocre sonido de los arroyos invisibles. La miró de reojo. Ella parecía contemplar un paisaje de bosques infinitos, Tal vez en algún otro lugar, en otras circunstancias, hubiese intentado conocerla un poco más. Se hubiera interesado por saber de su pasado, de sus gustos y preferencias, pero ahora, ahora solo se trataba de llegar al hotel y…
Leonor veía pasar las arboledas, por fuera y por dentro del cristal, el reflejo resultaba idéntico a la imagen real. El hombre que conducía a su lado le resultaba arisco, no le volvería a preguntar nada más, de eso estaba segura. Lo único que ahora importaba era llegar puntual a la cena, le gustaba respetar los horarios, si era a las nueve, pues eso, a las nueve. Menos mal que ya quedaba poco para llegar…
Amanecía en el valle cuando, un hombre y una mujer, coincidieron por casualidad en el zaguán del hotel. Se desearon educados los buenos días. Él salió y encendió un cigarrillo, exhalaba el humo mirando la lejanía, parecía esperar algo. Ella, tras entretenerse contemplando un óleo que mostraba redes y barcas en un puerto rural, salió, la mañana era fresca y agradable.
–¿También aguarda? –Le preguntó él.
–Si. –Respondió, parcamente, para después agregar, –estoy un poc
o nerviosa.
–No se preocupe, yo también.
Un microbús descendía por la carretera, bajaba la pendiente sin hacer ruido apenas, se detuvo justo delante de ellos. La puerta delantera del vehículo se abrió en una invitación sin palabras, el chófer, una mujer ataviada con un uniforme de cartera, les dedicó una amplia y dulce sonrisa.
Él, con un gesto de la mano, cedió el paso a la mujer, ambos entraron y se acomodaron en la misma fila de asientos, en paralelo, tan solo les separaba el pasillo central. El autobús se puso en movimiento de inmediato, una música, proveniente de los altavoces situados en el techo amenizaba el recorrido.
–Escuchan un minueto de Boccherini. –Anunció la choferesa.
El vehículo tomó el camino que conducía a la playa, los bosques parecían recién lavados y las aves, festejaban escandalosas la llegada de un nuevo día, Pronto vieron, al fondo del camino, una luz brillante e intensa, blanca. Los dos desconocidos se miraron sonriendo.
–¿Le importaría cogerme de la mano? –Le preguntó ella.
–En absoluto, será un placer, estaba a punto de pedírselo.
Ambos sonrieron cómplices. El microbús se internó en la luz blanquísima y los montes, los pájaros, los bosques infinitos, quedaron atrás, por siempre atrás.
(Relato Incluido en “Cuaderno del Otro Lado”).
Soto de Luiña (Asturias).
Julio de dos mil diecisiete.

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